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El sofá reversible





Hay un cuento que por cotidiano en el mundo actual, ya va resultando aburrido. Es el del marido posmodernista que sorprende a su amada esposa, la mujer de su vida, entollada hasta los güevos en el sofá de la casa. Raudo, a fin de lavar su honor, bota el sofá.



Algo semejante, piensan analistas presurosos, está sucediendo con un grupo de intelectuales cubanos. Un grupo cada vez más numeroso, posicionado dentro y fuera del país, cuya catarsis, por profunda, por resonante, ha puesto en estado de alerta a quienes en el Gobierno tenían diseñado el porvenir. ¿Algo, dije? Casi un alud, que empezó a principios de este año con la sorpresiva aparición de Luís Pavón en un programa televisivo dedicado a exaltar y difundir los valores de la nación, la honra y prez de la patria.



¿Quién, y por qué, se preguntaban despavonidos, pudo planificar semejante ultraje? ¿Qué hace de nuevo en la calle Pavón: ahora mostrando fotos y trofeos de su pasada importancia, así como si regresara del Olimpo después de un viaje muy largo?: iban y venían diciendo desesperados los email.



El pavonoso Pavón nada menos, insistían, como si repitiéndolo dejara de ser cierta aquella bofetada televisiva; Luís Pavón Tamayo en persona, que por años, que durante varios años fuera, allá en la muy oscura década de los 70, presidente del Consejo Nacional de Cultura (hoy Ministerio de Cultura), y al cual se le atribuye haber ideado y puesto en práctica tormentos que todavía en el Infierno no existían? ¿Por qué? ¿Con qué fin?, decían.



¿Un balón de ensayo lanzado por algún estalinista sembrado en la cúpula del Gobierno? ¿Sabotaje a la gestión de gobierno de Raúl Castro?



Raudo, ante la pavonosa situación creada, el Secretariado de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), que "comparte la justa indignación" de dichos intelectuales, los convoca, los escucha, evalúa con ellos los hechos, y, nada, todo está bien, falsa alarma, sacarse del bolsillo el frasco de los tranquilizantes y a dormir de nuevo a pierna suelta, que la vida es corta.



Ver al respecto la declaración que emite y publica en el periódico Granma el 18 de enero. Joyita histórica, por cierto, en la que al hacer mención de los peligros que entrañaba el enemigo anexionista metiendo ya la mano en lo que era un debate entre revolucionarios (dicho así como si lo estuviera diciendo de pasada), me retrotrajo a los sombríos años 70.



Uno de esos días de aquellos años, un miliciano de mediana edad que había perdido un ojo en Girón encontró en los chícharos del almuerzo del comedor obrero una cucaracha casi viva y tuvo que callarse en el acto, soltar la cucaracha y avergonzado sentarse de nuevo delante de su plato cuando, cebado y terminante, en el más perfecto silencio, se extendió desde el otro extremo del larguísimo y oscuro recinto el brazo del administraidor del comedor para señalarle con el índice un cartel en la pared con la vieja consigna de esa época. Con letras muy grandes y muy rojas, decía el cartel: SILENCIO. EL ENEMIGO ESCUCHA.



Ojo, agrega el Secretariado de la UNEAC en su declaración, que en la reunión con los intelectuales "justamente indignados" desde el principio se contó "con el más absoluto respaldo de la dirección del Partido".



Lo primero, la novedosa y elegante versión del viejo cartel del comedor obrero ordenando coserse la boca con un alambre ipso facto, no me sorprendía. Lo del respaldo del Partido, sí. Eso me sorprendió. ¿Nueva señal de los nuevos tiempos? No hay que ser doctor para sacar la cuenta que saqué. Si el Partido respalda a quienes condenan a Pavón en el pasado y tienen miedo de su sorpresiva e inexplicable reaparición de ahora, entonces el Partido decidió condenarse a sí mismo; sin pedir perdón, el Partido se ha declarado culpable.



¿O deberá creerse, pregunto, que el Partido permanecía absorto mirando un prolongado partido de fútbol en los tiempos en que Pavón andaba operando por esos mundos, sin dios (digo, sin Partido) y sin ley?



Sin ánimo de disculparlo, Luís Pavón Tamayo, y esto de sobras lo sabe la intelectualidad cubana, es, tan sólo, en el ámbito de nuestra cultura, el Fulgor Sedano de la Comala de aquellos tiempos. Eso tan sól



No obstante, Pedro Páramo, que también sabe hacerse el loco, ha captado el mensaje. Sabedor de que no siempre es inteligente gobernar haciendo del pasado espejo del porvenir, las cautelas para decir sin que lo parezca de quienes al observador indocumentado le han parecido repetir la estrategia del marido posmodernista del cuento, no lo engañan. Él sabe que al pasar estruendosos apedreando las ventanas de Pavón esos intelectuales de repente "justamente indignados" (que por su número ya son multitudes), no están botando el sofá. Están, todo lo contrario, haciendo Historia.(Haciendo Historia, no contándola). Están (estamos) diciéndole a Pedro Páramo que su tiempo ha terminado. Que en Comala los muertos han empezado a resucitar.



Rafel Alcides



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