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Mensaje de Francis Sánchez

Arturo Arango se pregunta por qué los jóvenes no entran en esta polémica. Voy. Nací el mismo año del Congreso de Educación y Cultura en que Fornet cifra el inicio del "periodo gris". No sé si aún soy joven, no sé de qué forma el desencadenamiento de este "susto" me pertenece, y si es principio, mitad o final de tragedia, novelón o comedia… ¡Sí me duele esta intelectualidad cubana de la que soy parte, lo que va quedando de nosotros! Es deprimente.



Amir lo ha sugerido con aprensión, lo tengo advertido hace rato: vivimos en lo fundamental fuera de la historia, nos fueron poniendo —y nos acomodamos— al margen, hasta esta posición de cada día, amnésica, inofensivamente al margen. Habrá círculos del infierno más inclementes, celdas de castigos peores, por estrechas, y circunstancias de castigos y ostracismos tal vez más crueles para los huesitos humanos que pueden repartirse los cangrejos, como lo que vivió un Delfín Prats sin derecho incluso a ejercer lenguaje de mudos, o aquel calvario (?) que pudo significar para algún escritor tener que trabajar en las sombras de la Biblioteca Nacional, cuando no de alguna municipal. Pero no debe de haber al cabo, en nuestra historia, un campo de acción intelectual tan estrecho, asfixiante y por eso tan ridículo, como este del que hemos hecho folclor los escritores e intelectuales cubanos en general durante las últimas décadas.



Veo normal que se tema por el regreso de esas "torturas". Pero a mí, entre finales de los ochenta y buena parte de los noventa, nadie me condenó a vender tapitas de litro de leche puerta por puerta, ni a cambiar ropa vieja por libras de arroz en las arroceras del fin del mundo —una parte del fin que queda cerca de la costa sur de Sancti Spíritus—, y nunca tuve la suerte de contar con un verdugo en la esquina contraria —como decía aquel boxeador de un filme: "en el ring al menos sé de dónde vienen los golpes"—, que una "parametración" me obligase a cortar hierba en los naranjales para venderle a los cocheros. De todo eso hice, también temo tener que volverlo a hacer, digo, y no sé a quién temerle. ¿Pobre de mí que ni Pavón tengo?



Vuestro barullo es bastante habanero, así vuestras referencias tienen el don extenso de la mercancía con valor simbólico nacional e internacional. Las desgracias humanas arrastran la característica de padecerse siempre demasiado concretas, con fecha, lugar, rostros exactos, pero cuando se vive en un cuartón de provincias la contextualidad de la queja o la comunicación se nos hace polvo en las manos, nuestra sangre como "evidencia" se confunde rápido con la tierra que pisamos, y esas exactitudes difícilmente llegan a hacerse visibles más allá de "la pocilga" (como le decía Arzola al hato de Ciego de Ávila).



Si Arzola hubiera escrito que yo y Adrián fuimos a sacarlo de aquel cuartel de Jatibonico donde le habían dado buena tanda de patadas, nuestros nombres no ilustrarían nada. Si yo contara aquí ahora mi calvario vivido —hace muchísimo menos que lo que dista de los años 70, nací ese año— en una oscura editorial provincial para publicar un libro de cuentos, por tener un nombre sospechoso el libro y yo detrás más de un agente en busca de sospechas, agentes con nombres que no dirían nada a nadie —nunca tronados, siempre promovidos— poco aportaría a esta tragicomedia cuyo tramado central es capitalino.



Si jugáramos a otra cosa que no fuera la ingenuidad y el miedo a cogernos la manito de escribir con la puerta, temeríamos algo peor que estos "crímenes" intelectuales, estos "verdugos" gremiales, jugaríamos a ser menos "intelectuales de farándula", esta versión carnavalesca del "artista de capilla", pues en esa otra dirección es como me imagino que debió continuar en serio el juego de aquella línea ascensional de lo mejor de la intelectualidad cubana del siglo XIX, con Martí a la cabeza, y no menos cívica, comprometida y abierta en el XX, con Varona, Fernando Ortiz, Mañach, Villena y tantos.



Para esa tradición que nos juzga desde los genes, los acicates, los problemas culturales siempre estuvieron en el pellejo de todos los cubanos. Es patético este circuito cerrado que hemos aceptado como el nicho ecológico donde debemos vivir y desarrollarnos en lo literario y extraliterario, sin cámara de ecos posible, al margen de los tantos y tan cruciales dilemas de la vida, sin pertenencia a un cuerpo y una fluencia vital que rebase nuestra suerte, preocupados no más que del ciclo de nuestra subsistencia cultural. Circuito que construimos a diario, donde transmitimos y retransmitimos una imagen de nosotros mismos tan ñoña, caricaturesca o reducida.



¿A correr y juntarnos porque salió Pavón en la televisión? ¿Salió caminando una cucaracha que creíamos muerta? Me parece algo divertido en medio de la casa en que vivo, que es tan grande y tiene pendientes problemas y sustos tan graves. Por poner un ejemplo: ¿algún intelectual cubano se ha pronunciado sobre el "plan carretera"? "Plan imagen", creo que le dicen también. Vas mirando por la ventanilla de un ómnibus y crees que te enteras: a lo largo de la carretera todos construyen, todos cambian paredes de tablas y ladrillos por gruesos muros de bloques, echan techos de placa, sustituyen bohíos y casas regulares por casas buenas, etc. Yo me enteré mejor: a mi tía, que vivía al final de un terraplén por donde sólo pasa algún que otro tractor, se le quemó su casa con todo dentro. Así, sin nada, mi tía lleva ya casi dos años, porque están priorizadas las construcciones de aquellos que viven donde puedas verlos cuando pasas en auto.



Me parece indecencia mayúscula que en mi hogar, mi país, con un déficit habitacional tan grande, se juegue de esta manera con una necesidad así, al punto de definir el problema, la respuesta y la economía de los recursos básicos como cuestión de "imagen" pública. ¿No puede ser esto síntoma de un mal gravísimo? ¿Cuándo en la historia de Cuba este dejó de ser el tipo de problemas de sus intelectuales? Desgraciadamente para todas esas personas que viven lejos de las carreteras y fuera, muy fuera de los foros públicos y especializados —ni imaginar que tengan dirección de correo electrónico—, desgraciadamente para el devenir de una nación cuyas necesidades entroncarían siempre con los valores éticos, para la identidad y el sentido de la dignidad del cubano, tales imágenes no entran en nuestros circuitos cerrados, no escribimos de eso, nuestros debates no desbordan nuestros eventos culturales y no escapan al marco ministerial, nuestras revistas especializadas no tienen secciones para eso.



¿Pavón creó el Congreso de Educación y Cultura? ¿Allí los documentos rectores se aprobaron sólo con su voto? ¿Él llenó las calles de la isla con lemas como ese: "La calle es de los revolucionarios"? ¿Es tan difícil imaginar a quién pedirle cuentas en una sociedad tan centralizada y con tanta concentración de poderes?





Pareciera que el largo proceso de evolución de los escritores desde 1959, con nuestro profundo complejo de supervivientes sociales, nos ha llevado a adaptarnos a lo que en algún momento fue una malformación: saber exactamente en cada momento y lugar cómo mirar para el "otro" lado.



La valentía me parece algo peor que un despilfarro cuando los golpes van a parar al chiquito. Es muy lindo, glamoroso casi, ponerse un nombre al pie de una vitrina, viniendo de una época así, al parecer cerradita: "periodo gris", y tener hasta "verdugo" condenado por un tribunal y que concede entrevistas a la televisión. Pero, víctimas de entonces, sobrevivientes, incluso si quieren ocuparse apenas del pisotón al escritor o al artista, queda mucho por ver aún aquí, ahora, todos los días. Y me abstendré de llevar nota de cada joven o menos joven trastocado en "apestado" por determinados periodos o perpetuamente, no sólo en La Habana, también en lugares intrincados de la geografía nacional, como Holguín, quizás por ser un criticón, o por pasarse de determinadas rayas, algunos tan jodidos que ni nombres tienen para que un alguien se cuide de borrarlos u otro alguien se afane en rescatarlos.



Pediré que se atienda a un síntoma peor, más nefasto, que no es el "martirio", ni la inclemencia asumida, algo en definitiva consustancial al destino del hombre de alta cultura al menos en nuestra tradición idealista, sino el decadente síntoma de la simulación y el vasallaje, la carrera por ser un intelectual en tono "correcto".



La televisión en estos días, a propósito del cumpleaños de Fidel, nos ha traído a determinados personajes tan o más preocupantes que Pavón. Parecen nuevos, desconocidos, pero tienen nombres y rostros de escritores —muchos jóvenes, algunos muy jóvenes— que creíamos conocer desde hacía tiempo, veníamos compartiendo ideas con ellos, creyéndoles lo que escribían, y de pronto están ahí, trajeados, interpretando discursos y papeles tan distintos, de un oficialismo ramplón. La AHS los aúpa como la nueva "vanguardia".



¿Por qué los necesitan a ellos en esa postura? ¿Por qué ellos necesitan montarse esos personajes? ¿No será síntoma de una fragilidad gravísima? ¿Será que, según la idea que tienen de sus vidas, y de acuerdo con las aperturas que la sociedad se permite, no les queda otra salida para que los acepten e "imponerse"?



Ya están en la televisión, ganarán más premios, recibirán condecoraciones, ocuparán puestos académicos, integrarán delegaciones oficiales al extranjero: son confiables. Es como funciona un sistema discriminatorio que a veces ni se pule y agota en el cerco a la oveja negra, sino precisamente en la promoción y calidad de vida del intelectual que actúa en falso u oportunamente conforme.



La oficialidad refrenda a ese tipo de intelectual, que evita un comportamiento problemático, capaz de convertirse en vocero coyuntural, o de prestarse para confundirse entre la masa coral, dando la imagen de que las consignas y los discursos gastados, impersonales, también provienen de los cauces por donde se van armando las calidades artísticas de estos creadores. Intentamos, aprendemos a sobrevivir en las grietas del pedazo de espacio al aire libre que nos tocó. Este efecto camaleón es, también, aceptémoslo, herencia de nuestros periodos grises, legado de nuestro afán de supervivencia y nuestro endémico instinto de adaptación. Lo peor es que vida pública y oficialidad en Cuba llenan el mismo espacio, y las grietas que la política deja en la realidad pueden hacerse tan pequeñas que finalmente ni Dios habite en ellas. Entre ese miedo que nos sube la adrenalina, miedo a otros, como a un decrépito Pavón, debíamos dejarle lugar a un poquito de vergüenza por nosotros mismos.



Francis Sánchez



Ciego de Ávila



Mensaje de Francis Sánchez a Orlando Hernández



Por casualidad he podido leer este mensaje tuyo a Arango, lo digo así porque está a mitad de una tira de mensajes que recibí a partir de un envío de Desiderio para ti. Y me ha gustado mucho, pero mucho, todo lo que dices, ese mensaje no lo conocía. No te conozco, tú no me conoces. Afirmas: "Me gusta insistir en esta idea de hacer de este asunto un problema social y no simplemente gremial. En verdad sería muy triste que todo esto cayera dentro del ridículo buzón de quejas y sugerencias del Ministerio de Cultura..." Apoyo eso, es de lo mejor que he leído.



Yo escribí en un arranque algo a lo que titulé "Las crisis de la baja cultura", lo envié a la lista de direcciones que tenían aquellos mensajes originales que habían caído en mi bandeja de entrada, parece que tú no lo has recibido, verías que —creo— coincidimos en algo esencial. Tampoco he tenido casi eco, a no ser un mensaje de Ena Lucía, y el apoyo de otros escritores desde distantes riberas, como Amir, Sánchez Mejías, Arzola y Soto. Me imagino que la situación de estos en la diáspora es siempre así de acuciante, están humanamente más necesitados de juntar el alma con esta tierra. Es una necesidad, y una distancia esencialmente sicológica que entronca con la del joven (no sé si soy joven de edad, al menos sería un tipo de "joven" en términos axiológicos, sin el peso de los años y los anaqueles llenados como para merecer la convocatoria a una carta-demanda de pocos, una reunión de menos, una discreción casi de nadie...), y entronca con el "apartamiento" del guajiro del "interior". Con ese silencio, un poco que me siento ninguneado, codeado, empujado definitivamente fuera del grupo que, tras unos primeros llamados a la inclusión amplia y diversa, finalmente pudiera armarse como otra cofradía no solo de desesperados sino de gente de alto rango y prudente, con fines muy tácticos, que toma precauciones y se preocupa sobremanera por a quiénes llega el eco, quiénes deben o no opinar, y deriva por boquetes como pueden ser una carta firmada, una reunión estrecha, etc. Lo que me hace sentir que, entre otras cosas, el no ser habanero es una "impronta" seria en estos casos.



A Desiderio le preguntaría, si cree que no es dañino el debate académico, ¿entonces cree que era dañino lo que estaba pasando en este intercambio por correos? ¿Y la solución estaba en pasar a esperar conferencias? ¿Por qué enseguida se callaron, luego que a muchos como a mí los habían embarcado en tan sensible polémica, pasaron a "esperar"? Cosas tan o más fuertes que las que se han dicho en estos mensajes, ya han sido publicadas, incluso en Cuba, incluso por él mismo en La Gaceta, ¿y qué ha pasado? ¿En la revista Temas qué tremendas verdades no se han publicado, joyas que van a parar a cofres o pozos? ¿No conoce Desiderio en carne propia lo que es carecer de una telaraña social sensible a estos pataleos, una cámara de ecos real? La carabina de Ambrosio puede tirar y tirar bien, dar en más de un blanco, ¿y qué? No se trata de ensartar unas cuantas verdades y hacer los cuentecitos, eso ya ha salido en no pocos ensayos, poemas, cuentos, artículos, entrevistas, etc., convirtiéndose las mismas emisiones en emulsiones que aíslan y volatizan los problemas. Discrepo de Desiderio en algo que me parece gracioso y deja a las claras el punto en que tanto a ti como a mí puede parecernos inútil este esfuerzo: lo justifica basado en que "ese período y los fenómenos de ese período que sobreviven o reviven en los subsiguientes permanezcan tan desconocidos o inexplicados para tantas y tantas generaciones que no lo vivieron como jóvenes o adultos" ¡Alguien tan erudito como él confía tanto en el acopio, en el peso y la inclinación gravitatoria de la información! Dejémonos de boberías, no nos pidan que callemos para escuchar al venerable anciano, no se convoque al didactismo también con la falsa esperanza de hallar el eslabón perdido, aquí lo esencial, lo necesario que hay que saber sobre esos años todos lo sabemos muy bien, pues creo que nadie por ahora va a escribir un guión para una película sobre esos años, no se trata de descubrir gazapos o reunir curiosidades. ¿Que no se han enterado determinados políticos, funcionarios, etc.? Pues creo que su modo de "no saber" encaja sobre el fondo de otro tipo de sabiduría que no es el simple cotejo que se siembra o se cosecha en los salones académicos. No quieren saber el futuro que queremos. No aceptan aprender del futuro. ¿Cuándo, por ejemplo alguien tan inteligente como Desiderio, ha tenido la suerte de que a partir de sus exposiciones cáusticas se abra, en algún medio, un diálogo agudo con esos que "saben" o "no saben" pero deciden? Intelectuales críticos de todas partes del mundo vienen a Cuba, intercambian con nuestros más altos dirigentes, sugieren, discuten, se ponen bravos, se pelean y se reconcilian, se les concede entrevistas, se les atiende, se les crea eventos para el debate, ¿y los de aquí, los "míos, por qué no son "lo primero"? Evito hacer historias "provincianas", cómo "el debate" que alguna vez estuvo entre las prioridades de las instituciones del Ministerio de Cultura nunca prendió en cotos de menor realeza, serían historias muy vagas, aunque quizás menos aburridas.



Comparto, con tus dudas por ese ciclo de conferencias, mi escepticismo. ¿Por qué no una mesa redonda con un panel integrado por diversas tendencias? En nada más "sano" terminaremos que no sea la metafísica y una catarsis en la habitación del fondo. Es el consuelo de los que debemos gustar más del camino largo de las parábolas y las paradojas: poner la esperanza en que, por arte de birlibirloque, los que nos miran o nos mirarán entiendan que, cuando nos ocupábamos de problemas "nominalistas" teníamos el alma más puesta en las cosas que en sus nombres, y que cuando bajábamos a las tumbas, saqueábamos, discriminábamos y remodelábamos viejos enterramientos, era porque teníamos ciertas inquietudes sobre la comodidad de nuestras casas y ciudades. Le escribí a Desiderio preguntándole qué pasaría con esas conferencias de Ambrosio y demás, ¿las circularán por correo? Te dice él que el éxito depende también del público: ¿cuántos caben en ese lugar? ¿pondrán guaguas y nos darán albergue a los del interior? ¿cómo podremos interactuar los guajiros? ¡Cómo descreo de esos foros cerrados, elitistas, gremiales! Y esas asambleas y congresos que empiezan con un informe oficial para ser "aprobado", y donde todos le hablamos siempre a una presidencia impávida, rezando para que tomen nota de lo que decimos y nos interpreten bien y nos incluyan en sus palabras de clausura y tomen las pastillas que tengan que tomar para que se acuerden al otro día... ¿El problema básico no está en que la sociedad en sí misma no es ese foro donde todos hablemos con todos? La premisa esencial creo que es construir una sociedad que sea en sí misma el ágora, a la que no haya que llegar desde muy lejos o por vías muy inseguras, donde simplemente todos ya estén como de hecho estamos, con los medios naturales de esa sociedad como los periódicos, la televisión, la radio, los correos, y si no, mientras tanto, por lo menos, construir un modelo de esa sociedad. De pronto en este intercambio de mensajes lo mejor que veía era eso, el funcionamiento efectivo de un pequeño modelo de espacio de discusión abierta. Es lamentable que el "Pavón" que a todos se nos ha colado dentro empiece a trabajar siempre más temprano que otras prioridades, y nos ponga a trabajar para él, exigiendo tonos correctos, buenos modales de unos y otros, discreciones, marginar del tema a los de otras orillas, a los vanidosos, a los heridos y rencorosos, a los académicos o a los vulgares, a los "abstractos" o a los concretos, fijar lugares de reuniones asépticas, etc.



Si el detonante del fenómeno fue al principio muy gremial, me pareció ingenuo, pero si a estas alturas se le busca una salida de ese tipo, sería el colmo de la chapucería. Lo mejor no está por pasar, lo mejor estaba pasando ya: pensar duro y abiertamente, dialogar atrevidamente, intercambiar criterios... Cuando eso muera (¿ya murió?) nada mejor puede sobrevenir. Quizás hay generaciones que no necesiten tanto esto, les bastaría con terminar sus años soleándose en la orilla silenciosa de un mar en calma. ¿O en efecto se trataba sólo de un trámite para sacar un salvoconducto? Por lo pronto, te envío mi trabajito "Las crisis de la baja cultura", verías que traté de pensar desde la primera persona del plural, no me siento tan lejos del problema como de La Habana, ni tampoco libre de culpas, tengo las mías y tengo fondo para las de todos los míos, mi generación y las otras, mis queridos o admirados colegas y los otros, mis compatriotas de a diario y los otros, y por ahí en lo adelante... Ah, y no trataría de pasar a la "inmortalidad" por esta "candela" (con ese asunto llegó la primera bola de mensajes a mi bandeja de entrada), ni más rápido que nadie, así que creo que debo irme desentendiendo de lo que creí que era una convocatoria constructiva y abierta por parte de colegas a los que respeto y no un eventual reciclaje de almohadas y trapos finos. Estas opiniones mías puedes dársela a quien quieras, mi trabajo "Las crisis..." igual, aunque ya desde entonces para acá pudiera haber gastado millones de kilobytes en nuevos renglones.... Gracias por prestarme atención si lo haces. Hoy en todo el día no he podido enviar un solo mensaje, entran pero no salen. Ojalá con este para ti tenga suerte.



Saludos



Francis Sánchez



14 de enero de 2007



Mensaje de Francis Sánchez e Ileana Alvarez a partir de la Declararción de la UNEAC



Secretariado de la UNEAC:



Ahora no sería honrado quedarnos callados. No nos sentimos identificados con el espíritu y la letra de la Declaración que han hecho pública, por su pobreza de miras. Lejos de aclarar, confunde.



La UNEAC es tan responsable como cualquier otro nivel de institucionalidad en la política cultural, su gestión dentro del tramado de esa política es un puntal del que depende en alto grado cómo sintamos sus miembros mayor o menor respaldo. Se ha descuidado la representatividad de las diferencias, necesidades y aportes de los intelectuales cubanos.



Mensaje de Francis Sánchez en respuesta a Fernando Jacomino, Vicepresidente del Instituto Cubano del Libro



Jacomino:



Ahora me voy a dar un baño de agua fría, caminar, y tratar de enfriar mi cabeza, porque esto sí que no lo esperaba. Te hago una nota breve, sólo para decirte que pretendo superarme a mí mismo en el ánimo (Ileana me pide que la incluya en esta declaración, como tú la incluyes en tu "desenmascaramiento"), y no te dejaré sin respuesta, por muchas razones, porque debe ser un privilegio que alguien como tú se tome este trabajo con nosotros, en medio de tantas funciones y tareas como dices tener, si me imagino que en esa atmósfera de trabajo debe estar el conglomerado enorme de escritores cubanos, sobre todo de la capital, que se han puesto a pensar en la red por estos días, y los no pocos que han circulado su desacuerdo con la declaración de la UNEAC, etc. Debería agradecerte desde ya que me dediques tu tiempo y tu inteligencia, pero no veo sólo eso, por supuesto que no, parece que me he hecho definitivamente merecedor de mucho más. A un texto de Boitel podía-debía pasarlo por alto, por considerarlo muy bajo. Temía que ese mensaje de Boitel no fuera un dardo aislado. Este tuyo, tiene muchas "significaciones", viniendo de tu oficina, manejando datos --incluso económicos-- que sólo tú puedes manejar en tu carácter de alto funcionario. En fin, espera --y esperen en breve, todos lo que me acompañan como destinatarios en tu correo (de Cuba, España, etc.)-- mi respuesta. Salgo a respirar por la boca y vuelvo en unos minutos, a responderte, si Dios quiere.



Francis



Lunes, 5 de febrero de 2007



Nuevo mensaje de Francis Sánchez en respuesta a Fernando Jacomino



No dudo que de haberte esforzado, hubieras podido elaborar conceptos y hasta rebatido o puesto en jaque alguna idea de las expuestas en mi texto "La crisis de la baja cultura", al que haces referencia; sin embargo, veo que preferiste hundirte en ese enconado desmontaje de mi biografía personal en puntos tan domésticos, tan poco productivos para el imaginario colectivo, como mi vida privada, mis ingresos financieros y mi libre albedrío en definitiva. Ahora, en el margen que dejas no logro que quepa una polémica medianamente digna entre nosotros.



Lamento que la opinión tan alta que tengas de tu persona o de las funciones de tu cargo, te haya hecho suponer que mi mera comparecencia ante ti en una reunión cuya organización nunca consensuamos y a la que yo sólo favorecí al asistir, iba a dejar abolidos mis derechos a expresarme en lo adelante sobre la Declaración del Secretariado de la UNEAC o cualquier otro tema cómo, cuándo y dónde estimase pertinente. Esa carta se leyó como bien dices “al finalizar la reunión”, no había ocasión para debatirla ni se pidió más polémica después del arduo debate de esa noche en que no nos quedamos callados. No obstante, ponte el mismo sayo: ¿por qué en esa reunión no vertiste ningún criterio sobre mi persona, mi artículo “La crisis...” que ya conocías o mis finanzas? ¿Por qué callaste en aquel que según tú se suponía marco idóneo para ventilar discrepancias y ahora apareces con esta “Carta a Francis” enviada a muchos confines?



De igual modo, lamento que tengas una idea tan estrecha de las preocupaciones sociales por las que puede clamar un intelectual.



Quizás has legado a los estudiosos de las pifias en política cultural un hito, un documento sintomático. Además, no dejará de extrañar a muchos que, en medio del debate espontáneo entre tantos intelectuales, me haya tocado recibir en mi pecho y mi “provincia del interior” la excepcional descarga del alto funcionario, cuando apreciaciones tan o más fuertes que las mías se han venido articulando en el mismo contexto, antes o después, por un sinnúmero de intelectuales cubanos, la mayoría mejor posicionados.



Para mí, el colmo de vergüenza “ajena” es asistir al acto en que tú, funcionario público de alto nivel que debe custodiar los intereses de los escritores, haces públicas mis retribuciones financieras. Me las sacas en cara desde tu oficina y, de paso, a todos y cada uno de los escritores cubanos a quienes se las enseñas, dejándonos saber que todos y cada uno de nosotros debemos aprender a vivir con la certeza de que nos llevas las cuentas un centavo sobre otro centavo, un verso sobre otro verso, y que nos las puedes sacar en cara y en público cada vez que digamos algo que tú no compartas. Confieso que ni yo mismo he llevado control tan estricto de mí.



Caes, incluso, en algo de que se cuidan hasta los guapos más incultos: si yo soy el autor de “La crisis de la baja cultura” que tanto te ha irritado, ¿por qué “darle” también a una mujer, mi esposa? Respiré aliviado cuando terminaste de pronto esa carta diciendo que se te quedaban “cosas” por decir, pues por el camino que ibas llegué a suponer que ni nuestros dos niños se salvarían de la fortaleza de tus convicciones.



Ya una vez, como resultado de un análisis promovido por escritores avileños en el marco institucional respecto a nuestras necesidades, mandaste a pedir las cuentas de un grupo selecto de autores de Ciego de Ávila, y posteriormente esos resultados estadísticos fueron sugeridos amenazadoramente en la segunda de las reuniones en Ciego que mencionas (6 de mayo de 2006). Para mayor desgracia, sólo tres días después de tal reunión, el saldo de nuestras ganancias fue circulado por la red provincial de correos electrónicos, muchos aquí lo leyeron. Entonces quisimos aceptar el cuento de que había sido una mano oscura y desconocida la que hizo circular ese correo desde la Editorial Ávila. Hoy me confirmas en la sospecha de que las casualidades, a veces, no existen.



Para justificar esa “Carta...” tan desinhibida y enérgica contra mí (y contra mi esposa), creo que sobraba la alusión al pecado mortal de haber incluido a Antonio José Ponte como destinatario de algún correo electrónico y ese pánico al contagio con el espacio externo, el enemigo, etc. Además, ponte otra vez tu propio sayo: en tu carta pública venían destinatarios de lejanos confines: Felipe Lázaro (España, editorial Betania), Editorial Popular (España), Etnairis Rivera (Puerto Rico), Ernesto Ortiz (pinareño, en Cuba trabajaba en la revista Vitral, reside en Europa), Emilio Ballesteros (España, dirige revista Alhucema), Fredo Arias (México, dirige el Frente de Afirmación Hispanista), Gregorio Echeverría (Argentina).



Me propongo no dejarme amargar por tu presunción de que vivo en un país que tú o alguien me ha prestado. Asisto a eventos, publico libros, hago jurados, trabajo y luego cobro lo que me deben, camino por las calles, respiro y hablo y escribo porque... existo. Tú barajarás impunemente mis finanzas a la luz pública pero no administrarás jamás mi existencia ni los derechos naturales de que se compone mi vida. Mientras siga viviendo, repito, no me dejaré amargar por la posibilidad de que algún funcionario pueda echármelo en cara mañana como un tiempo que le debo.



Precisamente creo que ya te he dedicado demasiado tiempo, siendo tú el funcionario que has demostrado ser, tan fuera de lugar, colado, polizón en un debate altruista entre intelectuales. De este tipo de cruce de cartas, con nuestras distintas condiciones, nunca se hizo alta ni mediana cultura. Yo no soy Lezama ni tú eres Mañach.



Francis Sánchez



6 de febrero de 2007



Mensaje de Francis Sánchez a Sigfredo Ariel



Sigfredo:



Ese grupo de jóvenes reunido fuera de Casa de las Américas creo que hizo una metáfora, pudieran aparecer eternamente en esas fotos como una metáfora de muchas cosas y muchas gentes que, o están en efecto siempre fuera de la agenda, a veces sólo al margen, o si no lo estamos, vivimos con el riesgo de empezar a estarlo en cualquier momento por decisión más o menos "secreta" de alguien... Tu vergüenza puede ser la misma mía, como la de todos los que no subimos ese día las escaleras de Casa de las Américas. Un mínimo sentido de solidaridad humana nos dice que basta con que una persona injustamente pueda ser ninguneada, excluida por mecanismos no casuales, sino cargados de intencionalidad --como este de hacer una conferencia en un espacio vedado al público no gremial, con trámites de invitaciones reservadas a las élites, ningún cupo para la posibilidad de un asistente normal de la calle con el único derecho de sentirse interesado y llegar más temprano que nadie como a un teatro o a un cine o a cualquier debate normal--, basta con que eso ocurra con uno solo de nosotros, para que por decencia nos implique a todos, por ética, nos está ocurriendo a todos, si dejamos atrás el pragmatismo ramplón y egoísta de la peor anticultura. La explicación necesaria, no sólo para ese público sino para todos, debía remitirse a momentos y días antes de que el salón se llenara: ¿por qué se organizó como se organizó hasta garantizar que esos jóvenes nunca pudieran estar adentro?



Sentir y compartir un poquito de vergüenza ha sido un paso muy honesto. Por cierto, quizás hayas leído un texto con que Boitel ha atacado, "en defensa de la humanidad", a este mortal. ( si no lo tienes, puedo enviártelo). Que yo pueda ser herido en lo personal, mi conciencia tapada con trapos, o incluso yo mismo borrado de la faz de la tierra por la santa intercesión y clarividencia de Boitel, no debe ser un mal de interés público, o al menos no tan grave para la cultura, como el mecanismo reaccionario al que responde y que activa un pensamiento donde la mediocridad y el fundamentalismo parecen tocarse por las puntas, aparentemente formulado desde y hacia la cultura en su sentido más amplio. Y por eso, y porque a la infamia sólo hay que dejarla hablar y traerla a la luz para que se acuse ella misma, destaco una perla de su pensamiento culturológico (el subrayado es mío):

Y en el caso particular del bardo, del creador en definitiva, la búsqueda del bien está en ese diálogo con su historia, con su realidad, por ello los intelectuales de nuestro país ahora más que nunca son parte de ese espacio abierto, de estar frente a la historia y nadie puede juzgar que ese movimiento de intelectuales que existe de modo espontáneo, heterogéneo y múltiple, tenga hoy un compromiso que no sea ese acercamiento a la Revolución; la propia poesía es un verdadero ejemplo, toda la poesía cubana hoy está validando ese compromiso.


¿Toda? ¿Toda la poesía? ¿Toda la poesía cubana? ¿No habría manera de salvar un poquito de diversidad en este "quinquenio" soñado a lo Boitel, para la poesía y la cubanidad y la autenticidad de tantos compromisos individuales posibles? ¿A cuántos más hay que seguir dejando fuera? ¿No será que todas las banderas del oportunismo y el reduccionismo ideológico de Pavón pueden ser aún desplegadas por ciertas manos? Nunca nadie me invitó por supuesto a esa conferencia. Por la provincia asistieron otros, funcionarios... Ahora fíjate que Boitel hace, precisamente desde una posición oficialista, en defensa de las instituciones que yo aparentemente no critico sino que "traiciono", un ataque descalificante al estilo de los usualmente reservados en nuestros predios para "traidores", como si alguna vez yo hubiese firmado un contrato por el precio de mi alma y ahora lo hubiese roto, habla incluso de la línea entre los que se van y los que se quedan, es como si ya me quisiera dejar precisamente "afuera" y sin llave.



La sensibilidad, la poesía, el dolor, la vergüenza y la fragilidad compartida entre todos, como por ti ante los jóvenes que no encontraron abierta la misma puerta por donde pasaste, debe unirnos en un sitio más hermoso que el de ayer o el de mañana, sin edad, ni afuera ni adentro.



Soy uno más entre los incontables hombres de la orquesta, que no me he ido de Cuba para opinar, que no fui invitado a esa conferencia, no estaba sentado "arriba" ni podía estar haciendo bulto "afuera", nunca he dejado de colaborar como he podido en nuestra vida cultural, quizás nunca deje de vivir-resistir-participar-escapar en las entrañas de esta isla, y no me siento obligado a validar ante nada ni nadie estas ni otras razones.



Saludos.



Francis Sánchez



2 de febrero de 2007



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