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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Des-ordenamiento económico, esa vocación del castrismo.







Tan acostumbrados nos tiene el castrismo a sus autocráticos leñazos que terminamos por reaccionar siempre del mismo modo cada vez que las autoridades cubanas anuncian con sospechosa solemnidad algún “conjunto de nuevas medidas”, entonces, sin poder evitarlo, el cubano de a pie se lleva las manos a la cabeza y entra en el mismo estado de zozobra que precede la llegada de los soberbios huracanes. Es un elemental reflejo condicionado que el tiempo convirtió en la sensación inevitable, y como para no faltar a su vieja costumbre Raúl Castro acaba de dejarnos su regalito de despedida: un combo diseñado en las galeras del Consejo de Estado con el contubernio del politburó que ennegrece el horizonte y nuestro dantesco futuro.



El año que concluye ya había sido testigo de cómo la tecnocracia castrista tapió las puertas al sector privado que abastecía al mercado informal mediante mulas que importaban ropas, calzado y otros insumos, y vimos como llena de mala saña impuso las onerosas tiendas MLC –operadas mediante tarjetas magnéticas sólo recargables desde el extranjero– para acaparar toda la divisa en sus arcas y limitar en todo lo posible su circulación en la isla. ¿Resultado? Una devaluación cambiaria del CUC y del CUP que batía récords históricos al cierre del año. Esta medida resucitó las diplotiendas de los 80´ y no haría más que allanar el camino al segundo paso de un plan eufemísticamente llamado de “unificación monetaria”, postergado desde 2011 y destinado a subsanar un mal que mantuvo inoperante la gestión empresarial con su grave distorsión durante casi tres décadas.



Un eufemismo lo de la “unificación” porque cuando el devaluado CUC nos diga adiós en enero/2021 el país quedará, en términos prácticos, nuevamente con dos monedas dado que la dualidad CUP/DIVISA sustituirá a la dualidad CUP/CUC hasta ahora vigente –descontada la certeza de que las tiendas MLC, aun precariamente, serán las únicas abastecidas. O sea, que la pretendida “unificación” será más ficticia que real y nada resolverá, como tampoco valdrá de nada abandonar la nefasta práctica utilizada hasta hoy de igualar sólo en las transacciones empresariales la relación 1 CUC/1 CUP porque la nueva tasa a ser utilizada de 24 CUP/1 USD tampoco será realista, sino una arbitrariedad más que continuará distorsionando los índices productivos.



Pero como si fuera poco Raúl Castro cierra este año gris con broche de mierda y lanza un último libretazo llamado a jodernos la vida al 95% de los cubanos. Porque nada más puede pensar un jubilado, por más que le quintupliquen su chequera mensual, si igual ve quintuplicada su tarifa eléctrica y aumentado en igual proporción el costo de cada alimento de su canasta. De nada servirá lanzar a circulación millones de pesos destinados a devaluarse en el acto: sin el respaldo de una adecuada cobertura de la demanda tendremos en las manos moneda falsa, papel volátil, y estaremos ante un inútil intento de paliar el temporal sin resolver en lo esencial ningún problema.



Condenada sin remedio al fracaso llega a destiempo una política que ni siquiera menciona medidas dirigidas a emancipar la actividad de las pymes, a estimular y proteger al pequeño empresario o al productor agropecuario, ni al producto de su trabajo, o a dotarlos de una personalidad jurídica que posibilite legalizar debidamente un comercio ordenado y contemple un sistema universal, igualitario, justo y sensato de tributación; entonces, y sólo entonces, otro gallo cantaría.



Mención aparte merece en este bodrio, por ser una arbitraria inmoralidad, lo que devino en la guinda del pastel para la emigración cubana: la obligación de tributar a La Habana el 4% del ingreso mensual bruto devengado por su trabajo en el extranjero mientras se detente la condición migratoria de residente permanente en Cuba, aun cuando no se radique de forma permanente en el país. La medida, contemplada en la Ley 113 desde 2013 (fea cábula) entraría en vigor a partir de enero de 2021, decisión que ha sido recibida con franca hostilidad por nuestros emigrados en todo el sistema solar y sus familias en Cuba.



Esta leonina imposición es un atraco a mano armada y será muy difícilmente asimilable para quienes no radican físicamente en la isla, sino que visitan a su familia durante unos días cada año y son residentes permanentes sólo en términos migratorios -lo cual es, por supuesto, pura semántica- y que por tanto hace años, o décadas, no hacen uso efectivo de servicios públicos en la isla sino eventualmente, cubanos que además se dejan la piel trabajando en el extranjero bajo disímiles circunstancias para sostener a sus familias fuera y dentro de Cuba, pero que sobre todo –y en esto radica la gran cuestión– se saben tributando ya en esos respectivos países, donde por supuesto pagan un seguro social y sí hacen uso efectivo de los servicios públicos. Esta doble tributación que ahora exige el régimen de La Habana es inaceptable, y jamás encajará en la lógica de un emigrado que además deba tributar por partida doble para el mismo oprobioso régimen que le empujó a abandonar su tierra.



Otras medidas menos radicales, por supuesto habrá, que podrían estudiarse para cubrir gastos del cubano que no desea cambiar su condición migratoria porque visita eventualmente la isla mientras reside en el extranjero –existen seguros de viajes, posibles tarifas diferenciadas durante sus visitas para determinados servicios, por sólo citar ejemplos– pero algo muy diferente presupone meter la mano en el bolsillo de los emigrados cada mes, porque en este caso estamos ante un excesivo abuso, es un auténtico atraco a mano armada, y evidencia la mala fe de quienes otra vez chantajean con prohibir al emigrado la entrada a su propio país –pues tal será el castigo de los insubordinados– y toman como rehenes a millones de familias en Cuba cual moneda de cambio en esta jugada sucia del estalinismo tardocastrista.



Aunque llamarle libretazo a este desatino sólo cobraría sentido a la luz de la chanza criolla, porque evidentemente estamos ante un combo de medidas tan draconianas como bien premeditadas. Algo tan abarcador y de implementación tan compleja sólo puede obedecer a una resuelta intencionalidad y ser producto de la perversión de algún bien oportunista hijo de puta. Algo así implica la resuelta decisión de jodernos la vida, y viene a ser la tácita respuesta para quienes aún no comprenden por qué Raúl Castro dejó sin ratificar aquellos Pactos de Derechos Civiles y Políticos, y Económicos, Sociales y Culturales que en un rapto de alarde pueril y derroche de consumada demagogia firmara Fidel Castro en febrero de 2012.



¿Resolverán estas medidas el problema cubano? Que no será así lo dejó bien establecido el mismísimo secretario de Raúl Castro, su pelele Díaz-Canel, y todos lo tenemos claro. ¿Aliviarán algo las carencias de nuestra mesa, o llenará alguna canasta básica? Esa respuesta en Cuba la saben hasta los parvulitos. ¿O acaso no harán más que agravar la deuda pública y comprometer aún más el ya astronómico déficit presupuestario? Eso en lo entiende hasta el que asó la manteca. ¿Acaso aumentar salarios sin un respaldo productivo y sin un aumento proporcional de la oferta no es igual a llenar un valde sin fondo y sólo devaluará aún más brutalmente la moneda en curso? Es algo que aprende hasta el alumno menos dotado desde su primera clase en cualquier facultad de Economía, incluso en la Universidad de La Habana.



Es obvio que el más recalcitrante castrismo optó por seguir arando en el mar. La camarilla de secuaces oportunistas en el poder guarda la certeza de que esta no es más que otra paja mental, y lo saben porque también sobradamente saben qué cabría hacerse para sacar al país del atolladero. Claro que lo saben bien, pero la alternativa que contempla deponer sus privilegios de clase y devolver al pueblo sus auténticos derechos, iría en detrimento de su egoísta y aburguesado modo de ver el mundo.



Aunque nada más cabría esperarse del castrismo, sino que persistiera hasta el final en su antológico parasitismo. Pero estos delirios pueden ser su último estertor, la confesión definitiva de un régimen agónico que se sabe fracasado, que se reconoce incapaz de generar riqueza y por eso sale a robarla al mundo. Para la ocasión sola se pinta la máxima de Luis XV, que con él pareciera repetir el octogenario castrense menor cuando tira todo a la mierda mientras piensa –si acaso piensa todavía– ¡después de mí el diluvio!… y los cubanos ¡que se jodan!



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