Translate a Post

No translation yet

Show Translating Help Box

Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

“La red Avispa”: una polémica queda servida.





Hace unos días pude ver el polémico film “La red Avispa“, dirigida en 2020 por Olivier Assayas, que versa sobre el conocido caso de los cinco espías cubanos condenados en EE.UU. y liberados en el contexto de la distensión unilateral propuesta por Obama y jamás secundada por La Habana. Le precedían críticas insípidas, pero por un sano hábito de valorar por mí mismo para hacerme una opinión definitiva, le dediqué sus dos horas para redondear mi criterio.



Me pareció un tratamiento bastante frío para una historia con mucho más potencial en términos dramáticos, que no extrae todo el zumo contenido de unas pasiones atizadas durante más de medio siglo por antagonismos enconados. Se percibe la narración bastante llana, que no atrapar en toda su riqueza la madeja de heroísmos y vilezas inherentes a conspiraciones de esa envergadura, protagonizada esta vez por personajes cuyo perfil se me antoja demasiado plano, sobre todo porque de una realidad tan polarizada se espera cualquier cosa -y quien conozca a los cubanos sabe por qué- menos excesos de prudencia o parquedad en las pasiones -como lo demuestra la encendida polémica generada en la comunidad cubana de Miami tras el reciente estreno del filme en Netflix.



Sin embargo no creo que al espectador le llegue el presupuesto golpe de odio en toda su potencial virulencia, al menos no tal como sabemos que cohabita, maldito odio recíproco, y que ha envenenado las dos orillas del estrecho, por tanto tiempo ya que nos parecen siglos. No pasa inadvertido lo poco enfático de los planos, ni la falta de secuencias más incisivas -recursos que habrían cargado de mayor tensión y aportado más dramatismo a la trama- todo lo cual redunda en un desapasionado enfoque, y en un ritmo parsimonioso más bien parco en sus necesarios climax.



Asistimos a una historia que recurre a estereotipos predecibles que no muestran en toda su plenitud conflictos más bien llevados con tibieza, con diálogos encartonados por momentos y distantes personajes cuyo antagonismo debería respirarse con más intensidad siempre y cuando de cubanos se trate. Ni siquiera los más convincentes protagónicos de Edgar Ramírez, Wagner Moura, Ana de Armas o la Penélope logran salvar la honrilla de este filme que, supongo, esté ya destinado al polvo del olvido.



Por alguna razón dispuso la ley de la serie que también por estos días viera yo otro filme, casi análogo en su propuesta, pero cuya calidad contrasta con “La red…”. Se trata de “La noche de 12 años“, una cinta de 2018 dirigida por Álvaro Brechner, que narra la agonía en prisión de varios ex-guerrilleros tupamaros esgrimidos como rehenes por la dictadura militar, mantenidos en régimen de aislamiento y tortura durante 12 largos años. Aunque hubo otros casos, esta narración se concentra en la historia de tres convictos, uno de ellos el futuro presidente uruguayo José Mujica.



Las diferencias cualitativas entre ambos metrajes pronto se hacen palpables: aquí el hilo narrativo se mantiene certeramente tenso durante toda una trama que describe con cruda intensidad -no exenta de guiños de agrio humor- el escabroso drama vivido en aquellas cloacas donde tres hombres intentaron mantener, todo cuanto humanamente les fue posible, su dignidad contra todos los horrores -si a algo podía llamársele dignidad en aquel justo momento.



Aunque una sabia economía de recursos evade sin concesiones la violencia explícita, se percibe a las claras la sorda brutalidad del aberrante régimen, esa bestialidad subterránea tan propia de las dictaduras cultivadas en su época a todo lo largo y ancho de esta América servil -ambidiestras dictaduras, dictablandas, variopintas dictaduras nuestras- cuyas dentelladas y poder aprensivo sólo pudo y puede percibir en su real dimensión quien haya vivido bajo alguna de ellas. Es tan claro y definitivo el despotismo aquí expuesto como el oculto -esa anciana que pregunta por su hijo y espera todo un día sólo para recibir la humillante burla, ya de noche, bajo el inmisericorde aguacero- que no precisa el discurso de mayores bofetadas ni porrazos. Y sin embargo, ni siquiera la incertidumbre perpetua o la degradación más ultrajante escamotean la vindicación que también alcanza a humanizar al carcelero -signo final de redención logrado en las palabras justas- en fin, todo un tributo a esa contención inherente al buen cine elevado a rango de conmovedora obra de arte.



Pero no es la mera apreciación de estos filmes lo que me incitó a escribir este post. Apenas desplegados los créditos de “La red...” ya me aguijoneaban las preguntas. La curiosidad me espoleó a cuestiones inevitables: ¿acaso estos cinco hombres se habrán planteado en algún momento, ya en libertad, si lo que hicieron mereció la pena? ¿Se habrán cuestionado, durante estos últimos años, esa “verdad” que representan? Más allá de los discursos y las entrevistas ¿no alcanzan a comprender que este país continúa siendo arruinado precisamente por los mismos que los embarcaron en su misión?



Advierto que no cuestiono la pureza de principios. Comprendo perfectamente que alguien pueda arriesgarlo todo, y hasta morir, cuando media la convicción inconmovible de que se obra por algo justo. Ni siquiera propongo un juicio moral, no juzgo a estos cinco hombres por lo que hicieron en sí, pues creo comprender sus razones. Creo y respeto la firmeza de convicciones, pero igual creo que aún desde su más pura candidez, esta firmeza no excusa ciertas consecuencias -y en este punto sería mejor preguntar a las madres, viudas y huérfanos de los fallecidos en las avionetas derribadas de Hermanos al rescate.



También los gendarmes de las SS hitlerianas ejecutaban a sus víctimas con un supremacista disparo en la nuca convencidos de la pureza de sus principios. No, definitivamente no basta con la sinceridad de los principios. El hombre debe ser, además, justo, ético y racional cuando se aferra a ellos, pues de lo contrario puede terminar obrando en contra de toda lógica o sentido común.



Existe algo llamado realidad objetiva que suele golpear en el rostro con la fuerza de un martillo cada vez que sales a la calle, y que debe ser al final todo lo que importa, y aunque creo, repito, en la sinceridad de los hombres -porque se necesita mucho coraje para dejar atrás familia e hijos y arriesgarlo todo por seguir tus convicciones- también me cuesta muchísimo creer que personas evidentemente inteligentes no alcancen a percibir el caos en que se ha hundido su país bajo la bota del castrismo, y entonces una cosa lleva naturalmente a la otra, y tampoco logro dilucidar cómo personas que ayer tuvieron integridad suficiente para arriesgarlo todo desde el altruísmo -no lo pongo en duda- hoy no tengan la hidalgía de cuestionarse siquiera las causas del desastre.



Cuando veo a Gerardo Hernández hablar a estas alturas de agricultura urbana y de rescatar tácticas de supervivencia usadas durante la desesperación de los 90 mientras siguen llegando noticias, ¡después de 60 años!, de cosechas completas perdidas por la archidemostrada inoperancia de la única empresa estatal socialista autorizada por el gobierno para el acopio, enmudezco de estupor. Todos recordamos cómo Fidel Castro llamaba a sembrar cada pedacito de patio y a criar -no importaba si vivías en Guines o en el corazón del Vedado- nuestros propios animales aunque fuera en la bañera, y mientras nos pedía altruismo -Fidel Castro, quiero decir- se dedicaba él mismo a degustar con capitalista exquisitez quesos y primorosos vinos de cientos de dólares.



Ya hace de esto ¡30 años! En 1990 rondaba yo mis 20 años, y como casi todo joven, a esa edad también fui soñador y crédulo, y me entregué sin reservas a mi sueño mientras lo creí legítimo. Sentía que era tiempo de sacrificios necesarios, pues como todo era una crisis presuntamente coyuntural, sólo sería cuestión de apretar las nalgas y darle a los pedales porque cierto futuro luminoso seguía esperando con paciencia, siempre a la vuelta de la esquina. Al menos así lo creímos millones de cubanos, ¿y qué otra cosa puedes hacer cuando tienes 20 años sino soñar, soñar, soñar…?



Pero luego llegó el maleconazo, el final de los 90 trajo un poco de oxígeno, y más tarde los petrodólares de Chávez le tiraron el cabo definitivo a Fidel Castro. Lo demás es historia conocida, pero 30 años más tarde Cuba sigue clavada en el mismo sitio como una puntilla debido a los caprichos de cuatro vejetes cagalitrosos, ya casi nonagenarios, que siguen atornillados al poder chochando con el futuro de 14 millones de cubanos.



Por eso no alcanzo a comprender que hombres ya maduros, de consumadas vivencias, como esos de “La red…” -y mucho mejor informados que la media- se vayan a dormir cada noche sin confrontar su conciencia con la almohada, sin cuestionarse si aún siguen considerando igual de justo aquel lance, si todo mereció la pena cuando es un hecho tangible que este país hace mucho tiempo se fue al carajo, cuando los mismos dirigentones y generalotes de siempre siguen viviendo entre lujos en tanto el pueblo sigue igual de aterrillado y este camino, se sabe ya, no conduce a ninguna parte.



Porque más allá de todo está el golpe de martillo de esa realidad ineludible que arde en la calle, que asalta en cada esquina, en cada larga cola innecesaria, en esas miles de carencias absurdas sufridas por ese pueblo al que juraron un día deberse. Entonces, para continuar defendiendo semejante absurdo sólo quedan dos opciones posibles: o son simplemente cinco vulgares hipócritas -como hay por cientos de miles- hablando mierda mientras ocultan lo que realmente piensan, o bien optaron por medrar -como tantos cientos de miles- pegados a alguna teta de la vaca y eligieron vivir de espaldas a su pueblo.



No existe otra postura posible, nadie puede, desde posiciones creíbles, defender algo indefendible. Porque el cuento chino del bloqueo se les desplomaría al recordar los 30 años de subsidio soviético y la más reciente propuesta Obama denegada por sus mismos jefes; el tango de la salud pública y la educación gratuitas se evapora frente a miles de instituciones sanitarias y docentes insalubres, al perpetuo desabastecimiento de las farmacias y los salarios miserables de médicos, enfermeros, maestros y auxiliares, y sobre todo al ser contrastado con el inescrutable tributo -demasiado caro- pagado por mi pueblo en forma de adoctrinamiento masivo y aniquilamiento de un civismo llamado a vindicarnos y aún en espera de tiempos mejores.



Entonces por analogía se llega al triste convencimiento de que estos cinco hombres son hoy -y más allá de que lo sepan o lo acepten ellos mismos- también rehenes del régimen castrista que un día ayudaron a sostener, tanto como aquellos tupamaros lo fueron en las oscuras mazmorras de la dictadura uruguaya. Diferentes signos y similares condenas, diferentes destinos humanos y similares tragedias humanas.



Aunque también cabría advertir que detrás de todo, como telón de fondo común, se devela la mano oculta del expansionismo norteamericano sobre América Latina. Nadie olvide que los Estados Unidos, con una gran dosis de culpa, apoyó la dictadura de Fulgencio Batista, cuyos excesos en última instancia gestaron a ese otro monstruo llamado Fidel Castro, los mismos que luego, intervención directa de la CIA mediante, fijaron el cuartel general de la Operación Cóndor en el ensangrentado Chile de Pinochet, para desde ahí fomentar y apuntalar cuanta dictadura militar masacró pueblos por toda sur y centroamérica durante las décadas que siguieron a la Revolución cubana -entre ellas por supuesto la que torturó a José Mujica.



Contrastante evolución la de los cinco espías con la de aquel otro que desde el fondo de una celda terminó convertido en el cuadragésimo presidente de Uruguay, el memorable viejito que viviendo en las afueras de Montevideo -y dejando mal parada a la malversadora corruptela de la izquierda latinoamericana del segundo milenio- salió a trabajar a la Torre Ejecutiva cada día en su viejo Volkswagen como lo haría un maestro o un panadero más, y regresaba siempre a trabajar su finquita como cualquier vecino de barrio; así durante sus cinco años de mandato, para luego retirarse sin más a su misma casita y volver a su finquita de siempre como si tal cosa, con su leal esposa -hoy senadora, y que llegó a ser vicepresidenta del país para luego también regresar a su casita de siempre. Parecería imposible que en esta América históricamente plagada de antológicos ladrones, pueda uno pasar cerca de semejante templo a la dignidad, señalar con el dedo y decir simplemente: ahí viven Pepe y Lucía, ex-presidente y ex-vicepresidenta nuestros. !Ah… cosas de esta pintoresca, real-maravillosa latinoamérica nuestra!







If you would like to sign your translation, add your name to the others (if any) in the box below. Please make sure it says: "Translated by:" in front of the names

Check this box if you want other people to HELP FINISH this translation, or SOLVE PROBLEMS in it.

  Type what you see in the image (without spaces) 

Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega