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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

¿En peligro real los colaboradores cubanos en Venezuela?



Por Jeovany Jimenez Vega.



Los estratégicos vínculos entre La Habana y Caracas han propiciado que desde el momento de iniciada la Misión Médica oficial de Cuba en Venezuela, esta haya tenido particularidades propias en su metódica si se le compara con las misiones análogas en el resto del mundo.



El degradante trato dado por el Gobierno “revolucionario” y “socialista” de la isla a estos profesionales en cada latitud del globo contempla toda una gama de vejaciones, tan extensa como denigrante, que despertaría la envidia de los teóricos fundamentalistas más radicales del capitalismo neoliberal. Pero en el caso venezolano siempre ha destacado una constante –de la cual sin embargo no están exentos los colaboradores de otros países: la prohibición, tácita o explícita, de trabar cualquier relación con la población local, ya sea en forma de relación de pareja o de cualquier otro nexo demasiado “cercano”.



Bastaría recordar cómo hace poco asistimos a un sisma en la Misión Máis Medicos, de Brasil, debido a la negativa del Gobierno cubano –nunca de la parte brasilera– de permitir a la familia de los colaboradores permanecer en ese país ante el temor a deserciones masivas. No obstante, ha sido en tierra bolivariana donde con mayor rigor se ha aplicado esta metodología de sometimiento, porque sin duda fue allí donde logró consolidarse el más descarado y arquetípico de los variadísimos esquemas de explotación diseñados por el régimen de La Habana.



Motivos de seguridad frente al vandalismo vulgar fue el pretexto esgrimido por los explotadores castristas para justificar esa obtusa postura. Por eso ahora, a la luz de la gravísima convulsión política desencadenada en Venezuela ante el desastroso gobierno de Nicolás Maduro, este socorridísimo argumento entra en franca contradicción con el sentido común: si tanto preocupa a La Habana la seguridad de sus colaboradores ¿acaso no va siendo ya el momento de que Cuba los retire definitivamente de ese país? Si fueran auténticos los motivos enarbolados para justificar esas metódicas prohibiciones ¿por qué se les exige todavía que continúen trabajando, como si nada pasara, en medio de esta escalada galopante de violencia? ¿Acaso no se percatan en La Habana de que en medio del caos de esta Venezuela ingobernable la situación de miles de cooperantes se ha vuelto extremadamente vulnerable?



En etapas pasadas, durante las casi dos décadas que ha durado el experimento Castro-Chavo-Madurista, ya se produjeron múltiples muertes violentas entre los colaboradores cubanos, en todos los casos tratados inexorablemente bajo estrictos métodos de secretismo y censura: ataúdes que llegan sellados a Cuba, prohibición terminante a examinar los cuerpos incluso para familiares cercanos, desinformación sistemática de las autoridades respecto al espinoso asunto y mutis total de la prensa oficial sobre el tema.



Duele decirlo, pero es sólo cuestión de tiempo que estas desgracias se repitan, pues hoy son más altas que nunca las posibilidades de que pronto lamentemos algún caso grave de agresión o muerte a colaboradores cubanos. ¿Podría llegar como arremetida de violencia física focalizada en una región? ¿O como linchamientos a cuentagotas? ¿Acaso en forma de masacre en un CDI? No se sabe, pero algo es indudable: el venezolano promedio guarda un odio visceral contra la presencia cubana, porque sabe que sobre La Habana pesa una considerable cuota de responsabilidad sobre la insidiosa instalación, directa asesoría y sostén de esa dictadura que les arruina su país.



Ese ciudadano que en Venezuela se ve privado de derechos civiles, y sometido a inauditas privaciones materiales, no desea discernir entre un médico y un agente de la SE cubana, para él ambos representan indistintamente frentes de una ofensiva castrista común, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que jamás un colaborador cubano en activo se ha pronunciado públicamente contra las atrocidades de la dictadura de Maduro. Todo esto ha llegado a condicionar tan negativamente la opinión pública venezolana, que es imposible prever hasta dónde sería capaz de llegar una multitud ciega de ira.



Si bien es cierto que los líderes de la oposición venezolana, cohesionados alrededor de la MUD, preconizan la protesta pacífica, nunca se tendrá garantía absoluta de que esto se respete sobre el terreno, sobre todo tomando en cuenta las violentas réplicas de las fuerzas represivas del madurismo y la impunidad con que operan sus hordas paramilitares, adoctrinadas y tácticamente asesoradas por una Seguridad del Estado cubana en cuyos inescrupulosos manuales puede estar contemplado el sacrificio profeso de algún que otro cubano en aras de “evidenciar” las constantes acusaciones de terrorismo a la oposición –lo cual, de paso, añadiría oportunamente algún rostro a su cínica lista de mártires desechables, siempre usada con fines discursivos puramente pragmáticos.



Tengamos en cuenta que en medio de esta caótica batalla flota a la vista de todos, enarbolado por ambos dictadores como un elocuentísimo chantaje emocional, el estandarte de la Misión Médica cubana. Esta es una realidad innegable, y es la causa primordial de esta aversión generalizada contra todo colaborador de la isla, algo que puede salirse fácilmente de control al fragor de estas enconadas protestas, lo cual perfectamente pudiera cobrarse un costo impredecible en vidas cubanas.



Pero la dictadura castrista no está dispuesta –cuesten los riesgos o los muertos que cuesten– a ceder su suculenta cereza. Todavía los 55000 barriles diarios garantizados por Maduro, aun representando la mitad de las regalías pasadas, son prácticamente el único grifo “seguro” de petróleo para Raúl Castro, la crítica vía de oxígeno que lo mantiene a flote. Mientras para Maduro este turbio intercambio representa una vía expedita para continuar inflando sus presupuestos, en lo que representa seguramente una impúdica operación internacional de lavado de dinero.



Raúl Castro sabe que en Caracas se juega el todo por el todo. Por eso la orden desde La Habana sigue siendo inequívoca y firme: su sicario en Caracas debe resistir hasta el último Bolívar, hasta el último represor y hasta la última bala. El pueblo venezolano también sabe que hoy en sus calles no sólo se juega su libertad, sino el balance continental estratégico del poder político en América Latina. Las profundísimas implicaciones regionales de una victoria sobre la dictadura de Maduro, a producirse tarde a temprano, cobrarán una importancia que trascenderá con mucho las fronteras venezolanas. La intensidad de esta confrontación queda así explicada.



Con tan grandes intereses en juego es predecible que la actual ola de protestas continúe indefinidamente hasta que el poder ceda o se agote la oposición. Ni una alternativa ni la otra parecen estar a la vista a corto plazo, pero algo sí es seguro: los profesionales cubanos que todavía permanecen en Venezuela corren un peligro real y constante, y están asumiendo un riesgo irracional debido a la tozudez y la codicia de crápulas políticas instaladas a ambas orillas del Caribe.



El altruismo esgrimido por la hipócrita diplomacia de Raúl Castro cuando asegura que estos profesionales, a pesar de los evidentes riesgos, se mantienen en Venezuela por pura abnegación personal y la ferviente “vocación filantrópica” del gobierno cubano se vendrá abajo en cuanto se derrumbe la dictadura de Nicolás Maduro. Entonces Venezuela precisará de médicos más que nunca, pero ante la segura negativa del gobierno entrante de seguir sosteniendo a la dictadura de la isla –pues con seguridad decidirá pagar a los galenos que decidan quedarse sin intermediación del gobierno cubano– automáticamente, a la vista de Raúl Castro, todos los venezolanos dejarán de ser seres humanos necesitados de atención médica, y ese será el predecible momento en que el dictador cubano ordenará el inmediato regreso de sus legiones de esclavos, porque jamás ha pretendido, ni de lejos, mantener allí una misión “humanitaria” sin ánimo de lucro.



Por estas y otras razones cualquier daño, mutilación o muerte cobradas por la violencia política sobre algún colaborador cubano en Venezuela será, ante la Historia, responsabilidad directa de Raúl Castro y la codicia de la dictadura que sostiene.





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