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Spanish post from Sin Evasion by Miriam Celaya

Fábula de Miguelito y el “Haier”

Este domingo de febrero, en San Valentín, mi vecino Miguelito estaba de plácemes, aunque no era exactamente debido al día del amor. Recién terminó de pagar su refrigerador Haier, de fabricación china, que adquirió casi una década atrás por obra y gracia de la última sub-revolución orquestada por el Revolucionario en Jefe, Castro I –conocida como “revolución energética” – poco antes de abandonar definitivamente los podios y micrófonos.



Hay que reconocer que Miguelito, un tipo honesto en grado sumo, no se ha saltado ni uno solo de los plazos de pago de su refrigerador “lloviznao”, nombre con el que fueron popularmente bautizados estos equipos debido a los continuos chorros de agua que inundan su interior. Se dice que casi nadie, de los “beneficiados” con uno de estos artefactos de frío, terminó de abonar el modesto importe del equipo, apenas 6 mil pesos cubanos (equivalentes a 250 CUC), pagaderos en plazos indefinidos a través de un descuento directo del salario mensual a quienes tienen vínculo laboral con el Estado. También se dice que fueron excepcionales los casos de quienes liquidaron al contado la nueva adquisición del electrodoméstico, a fin de abaratar aún más el importe del equipo.



Como era usual en los proyectos impulsados por Castro I, el despliegue escénico de sus delirios justificaba ampliamente cualquier despilfarro. Así, mientras duró la campaña energética hubo una gigantesca movilización de inspectores, policías, trabajadores sociales, camiones de transporte, cederistas y estudiantes de apoyo, todos volcados –cual otros tantos Aladinos del siglo XXI– en la sustitución de equipos viejos por nuevos.



La compra de grupos electrógenos que fueron ubicados en diferentes localidades, así como la distribución a miles de núcleos familiares de ollas arroceras, hornillas eléctricas, y otros equipos, sumada a la sustitución de los viejos artefactos eléctricos de fabricación soviética o estadounidense, por nuevos equipos chinos, menos consumidores, desataron una suerte de frenesí modernizador en toda la capital.



Fueron los tiempos en que se recogieron decenas de miles de bombillas incandescentes de los hogares cubanos por parte de los contingentes de “trabajadores sociales” –los abanderados de la ocasión, hoy extintos– y sustituidas por “bombillas ahorradoras”; mientras eran desmontados miles de equipos de aire acondicionado soviéticos, aún en funcionamiento, y entregados nuevos equipos chinos a sus dueños.



Y también tal como solía suceder en todas las descontroladas campañas de Castro I, se desató la especulación, y vimos menudear los traficantes –especialmente entre los trabajadores sociales e inspectores asignados a la sagrada misión del momento– dedicados a la venta ilegal de los viejos artefactos de refrigeración, rusos y americanos, que eran recogidos de los hogares. Incluso por un pago adicional “por la izquierda” se podía sustituir un refrigerador o aire acondicionado que llevaba largo tiempo roto.



Nadie sabe cuánto costó exactamente en divisas aquel postrer delirio del Innombrable. Cierto que los viejos equipos electrodomésticos eran grandes consumidores de energía, y que para entonces la generosidad del petróleo chavista inundaba el horizonte cubano, así que el Gobierno se podía permitir una campaña populista de grandes magnitudes. No obstante, hasta hoy se desconoce el costo de tan inmensa movilización, ni el monto de la deuda adquirida con China, proveedora de los nuevos equipos, o los compromisos de pagos a esa nación asiática, usurera por antonomasia.



Tampoco se supo cuál fue el destino de las decenas de miles de cacharros removidos de los hogares y transportados, sin muchos controles, hacia dudosos almacenes por flotillas de camiones estatales.



De cualquier manera, y tal como había ocurrido con la masiva entrega de bicicletas a inicios de los años 90’, el entusiasmo de los cubanos por los Haier fue desbordante, aunque a la mayoría no les guste recordarlo.



Y puesto que los magros ingresos de Miguelito, como de tantos otros hogares de Cuba, no le permitían desembolsar el total de efectivo que requería un pago al contado, eligió pagar su Haier a plazos. Con la picardía natural que creen poseer todos los nativos de esta Isla, suponía que teniendo en cuenta la edad del Magno Orate –y asumiendo que “el proceso” de pago duraría lo que le quedara de vida a éste– el refrigerador le resultaría extremadamente barato: un plazo de poco más de ocho años le parecía tan largo, que ni Castro I acabaría de cobrarlo, ni él –Miguelito– terminaría de pagarlo. Sencillamente a aquél “no le quedaba tanto tiempo de vida para eso”. Y con un guiño cómplice instaba a todos los vecinos a elegir ese tipo de pago. “No paguen al contado, no sean brutos, ¡esto no va a durar tanto!”. Aunque tampoco han durado mucho algunos refrigeradores Haier. De hecho, el de Miguelito ya ha sido reparado en dos ocasiones.



Pero este domingo de San Valentín mi vecino acaba de sufrir una amarga sorpresa: justo mientras ojeaba el periódico Juventud Rebelde, donde una foto en primera plana mostraba al otrora Invicto Comandante, hoy un encorvado anciano de mirada enajenada, junto al Patriarca de Moscú y de Toda Rusia que está de visita en La Habana, la máquina de su Haier se detuvo. Su refrigerador chino dejó de trabajar –esta vez definitivamente, según sentenció un amigo, técnico en refrigeración, que vino a revisarlo– exactamente al cumplirse el último de los pagos que, por 60 pesos mensuales a lo largo de más de ocho años, ha estado descontando el Banco del salario de Miguelito.



Ahora, mientras se lamentaba de su mala suerte, mi vecino ha encontrado consuelo en la enseñanza: “Debí saber que ese viejo tramposo no iba a invertir en nada que fuera capaz de sobrevivirlo”. Y salió hacia la casa de su madre para recoger un refrigerador americano, marca Westinghouse, que ella nunca quiso cambiar, y que le ha prestado para que “resuelva”, hasta que Miguelito pueda comprarse uno propio.



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Spanish post from Sin Evasion by Miriam Celaya