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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Enterrar junto a las cenizas el mito.









Ahora en mitad de mi vida, un poco más viejo, tal vez un poco más sabio, releo con nuevos ojos aquella mirada. Si alguna vez fue de otro modo ya lo he olvidado pero ahora, disipadas las pasadas brumas, detrás esos ojos sólo veo a un cobarde. Mucho se ha escrito sobre los rasgos necesarios para que alguien se imponga sobre millones de coterráneos que habiendo tenido posibilidad de elección han terminado fatalmente siguiéndole para pagarlo después bien caro. Ríos de tinta han corrido para intentar explicar lo que en buena medida sigue siendo un asunto esquivo, pero en el caso concreto de Fidel Castro los cubanos sí podemos sacar modestas conclusiones.



¿Se impuso Fidel Castro porque fue el más inteligente? No; fue la Cuba prerrevolucionaria pródiga en espíritus de altísimo calibre que brillaron a nivel continental y mundial en casi todas las áreas del conocimiento y las letras -sólo nombrarles haría interminable este post- sin que ninguna anidara en una mente tan retorcida. ¿Se impuso entonces por ser el más audaz, acaso el más valiente? Cuesta creerlo cuando se sabe que durante la acción del Moncada ni siquiera tuvo la entereza de bajarse del auto mientras el grupo de avanzada sí tuvo el arrojo suficiente y lo pagó con su vida.



Si vamos a hablar de audacia y temeridad la Historia cubana es pródiga en ejemplos, y no habría que ir tan lejos y recordar al Generalísimo que batido en primera fila le llegaron a matar dos caballos en una misma batalla pues machete en mano solía batirse cuerpo a cuerpo como un soldado más, o al titán de bronce abatido después de recibir 27 balazos. Para hablar de temeridad y valor bastaría redordar aquel grupo del Directorio con Echevarría al frente ejecutando el golpe más audaz de la Revolución cubana en el corazón de la sangrienta Habana donde campeaban los más rabiosos perros del batistato; a eso le llamo yo tener cojones y no a dar órdenes desde la retaguardia como hizo siempre Fidel Castro, posando con su riflecito en la Sierra o después saltando en Girón desde un tanque frente al oportuno lente de Korda, siempre tras el alto al fuego, siempre tan fotogénico y tan light, tan a salvo.



¿Acaso se mantuvo en el poder durante más de medio siglo por ser un brillante economista que desarrolló el país? Una mirada a nuestra desoladora pobreza tras 30 años de subsidios dilapidados basta como definitiva respuesta. ¿O fue gracias a su extraordinaria locuacidad, enfrentando razones y argumentos sólidos ante un parlamento libre? ¡Jamás, ni una sola vez! ¿Se expuso acaso alguna vez a un auténtico escrutinio popular, al margen de presiones, donde Liborio no se jugara su trabajo, la expulsión de un hijo del campus «de los revolucionarios» o su propia libertad? ¡Nunca tuvo timbales para tanto!



Toda ese antinatural y enfermizo poder fue ejercido del modo más vil por un cobarde parapetado tras un totalitarismo diseñado a su medida, y es aquí donde nuestras preguntas conducen a la repuesta más simple: bastaba con la mezcla de un narcisismo de manual, de un inescrúpulo total que le permitió traicionar sin guardar lealtades y de una ambición sin límites, sumados a una completa indolencia ante el sufrimiento ajeno, para explicar el éxito de Fidel Castro, en fin, las típicas claves de un psicópata en toda regla que llegaba en el momento exacto al cándido mundo de los 60 resultando en esa mezcla fatal que todavía mantiene vivo en alguna medida el infundado mito del barbudo justiciero.



¿Fidel vive? Sí, sin duda, como gestor del incomprensible odio que aún azuza al fanático imbécil a perpetrar el mitin de repudio ordenado por otros que a la sombra se llenan los bolsillos, el idiota devenido en ser no pensante, en punta de lanza que perpetúa su propia miseria y a pesar de todo no se percata de que sólo custodia la finca Birán.



Sí, Fidel Castro todavía vive en nuestra ruina, en nuestra mesa vacía, en nuestros presos, porque cada preso político es una bofetada suya a mi pueblo y un aldabonazo que recuerda a cada hombre honesto en el mundo que Cuba vive en afrenta sumida, y que la orden de combate escuchada de la boca del payaso de turno aquel glorioso 11 de julio fue en realidad emitida por el mismo Fidel Castro que todavía muerto nos sigue jodiendo la vida.



Hace 6 años que descendió el monstruo al infierno pero atrás quedó su legado, su brutal y nefasta herencia de indignidad que sepulta nuestros derechos bajo un pesado mantra de cinismo y terror, los definitivos signos cardinales de la más depurada y pérfida dictadura conocida por esta América nuestra tan pródiga en falaces tiranos. Hoy Fidel Castro continúa siendo el cadáver insepulto que campea por las calles cubanas contaminándolas con hedor a azufre y para sepultarle no bastará con triturarlo y disimular el polvo tras el coprolito que mancilla la tierra sagrada de Santa Ifigenia: para sepultar definitivamente a Fidel Castro habrá que sepultar con sus cenizas también sus mitos, para que un día no lejano cualquier cubano pueda gritar sin temor a viva voz dentro y fuera de Cuba que ese hombre fue, por sobre todas las cosas un traidor y como tal se reseñe en los libros que mañana lean los niños en una Cuba sin tiranos.



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