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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

¿Por qué pueden mantener preso a Luis Manuel?







Ha transcurrido casi un mes desde que Luis Manuel Otero Alcántara fuera detenido en su domicilio y trasladado por la fuerza al Calixto García, hospital habanero que desde entonces se mantiene sitiado por la Seguridad del Estado. Los menticieros oficiales han publicado varios videos manipulados donde se ha mostrado a un Luis Manuel desorientado y confuso que parece no discernir por qué continúa en aquel lugar, y hasta llegó a circular la denuncia anónima de un presunto trabajador de ese centro, donde se asegura que Luis Manuel está siendo sometido –léase torturado– a procedimientos electro-convulsivantes, lo cual presuntamente explicaría su evidente deterioro.



Hasta hoy aún la familia más cercana de Luis Manuel continúa excluida de visitas, así como cualquier miembro del Movimiento San Isidro, víctimas también de esta arremetida donde han mediado las más variadas amenazas y represalias, desde la típica advertencia policial hasta reclusiones domiciliarias que se han prolongado durante semanas. Mientras tanto, según la versión oficial ya el activista ha depuesto su huelga de hambre y mantiene parámetros vitales normales. Sin embargo, hasta el momento de esta publicación el líder de San Isidro continúa prisionero, una evidente contradicción que nos conduce a la obligada pregunta: si Luis Manuel está presuntamente sano, salvo y ya depuso su protesta ¿por qué se le mantiene aún detenido y aislado de sus familiares y amigos? ¿Por qué, teniendo en cuenta la gravedad de este ultraje, paralelo al encarcelamiento de los activistas detenidos en la calle Obispo, no se ha producido una reacción más enérgica de los movimientos San Isidro y 27N, e impresiona reinar un relativo silencio en el resto de la oposición alrededor de casos tan escandalosos?



Un enfoque superficial del asunto centraría la atención en las demandas inmediatas de Luis Manuel –a saber, el cese de la hostilidad contra los activistas y la devolución de sus obras– pero este sería un enfoque demasiado sesgado pues dejaría fuera de ecuación variables determinantes. Para el régimen podría ser hasta conveniente en términos tácticos ceder a las demandas de Luis Manuel; poco significaría devolver sus obras al activista de frente a la connotación que un gesto así de “compasivo” representaría de cara a un Biden que luego de lanzar guiños de distención ahora pisa el freno y observa en standbye –algo que tiene al castrismo en ascuas, aun cuando asegure lo contrario– por cuanto sería prudente resolver el caso aunque sólo fuera por no atizar el fuego.



Tomemos en cuenta que antes La Habana lidió con crisis más graves y en contextos más complejos, como aquella huelga de hambre de Coco Fariñas que siguió a la muerte de Zapata en 2010; entonces la prensa internacional enfocaba la atención en unas Damas de Blanco que resueltas exigían la liberación de los encausados de la Primavera Negra. Aquella crisis hubo de ser manejada durante el primer mandato de Obama, pero bajo la presión de una Posición Común que aún cerraba a La Habana las puertas de Europa. En cambio hoy el gobierno de Díaz-Canel no está en el foco mediático mundial, y aunque se hunde sin remedio en una crisis económica irreversible no está precisamente bajo bombardeo desde el punto de vista político –de hecho, desde hace medio año el régimen cubano es ¡miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU!¿¿??!



Hoy el mundo no muestra mayor interés por Cuba; otros temas como el conflicto en Palestina, la situación bielorrusa, la creciente tensión entre EE.UU. y Rusia o su guerra comercial con China, e incluso la crisis colombiana, centran su atención, y es justo en esa inatención hacia el tema cubano donde encontramos una de las claves de la actual ola represiva de la dictadura cubana, dato que respalda a quienes se han opuesto a acercamientos y diálogos light desde una lógica incontestable: queda demostrado que esa cíclica agresividad de la dictadura siempre ha sido directamente proporcional al grado de distención política y suele girar en sentido inverso a la repulsa internacional.



A esta evidencia debe agregarse otro factor de primer orden: el todavía intacto potencial represivo de la dictadura. Si razonamos desde la objetividad, libres de las catarsis y los engañosos triunfalismos que tanto gustan de presagiar desplomes inminentes, observaremos que hasta el momento la dictadura ni siquiera ha necesitado instrumentar medidas extremas –entiéndase grandes despliegues de tropas especiales y el uso de brigadas antimotines o unidades regulares del ejército– para controlar los efímeros focos de insubordinación. No olvidemos que este ingente aparato represivo que espera ávido de acción –carne de cañón inculta, adoctrinada y ciega– es el mismo que asesoró, comandó y participó en la ejecución directa de la violentísima escalada represiva durante la grave crisis que en 2017 ensangrentó las calles de Venezuela: fue aquel un gran laboratorio de ensayo donde el castrismo puso a prueba las tácticas represivas y de contención más extremas, y nadie lo dude, tomó nota de todo.



Al poner en perspectiva estos escenarios se advertirá que a pesar de su insostenible situación económica la Cuba de hoy está aún lejos del clima premonitorio de una explosión social semejante, algo inexplicable para quien se asome a nuestra realidad a vuelo de pájaro y no haya vivido bajo un totalitarismo estalinista. El castrismo ha tenido holgado tiempo para cristalizarse, y ha sido tan agresivo y sistemático en sus adoctrinamientos que ya parece incorporado a los genes mismos de generaciones enteras de cubanos, de ahí que hasta ahora a los esbirros les haya bastado con activar esos reflejos condicionados apelando con relativo éxito a su recurso supremo: la indefensión aprendida, esa piedra filosofal de todo régimen absolutista, devenida en la mejor arma del castrismo.



Por eso no es contra Luis Manuel, ni contra los activistas de la calle Obispo, que hoy se libra esta batalla, sino contra 14 millones de cubanos. La dictadura sabe que esta guerra la gana o la pierde en la psiquis colectiva, por eso es hacia ese miedo insondable y total que dirige este prístino mensaje: ni siquiera lo intentes, nunca valdrá la pena oponerse, contra el Gran Hermano nada puedes. Dilúyete en tu condición de banderilla agitada en la masa informe, confórmate con ese, tu lugar y tu destino, donde serás el estandarte elevado en mis desfiles, mi medio básico, esa estadística maleable siempre inútil cuando piensas, el andrajo impersonal que deshecho y reutilizo, insecto apenas, protoplasto, gargajo que esputo cuando quiero. Nada reclames, nada exijas, contigo siempre haré lo que de mis cojones me salga y cualquier lance en contra será una estupidez que te haré pagar bien caro.



Este aberrante y despótico manejo del caso Alcántara a la vista de todos debe entenderse como una declaración de principios en toda regla, con la cual la dictadura nos alecciona y persigue humillarnos deleitada en su soberbia. Al castrismo se le antoja orgásmico percibir cómo nos paraliza su veneno y le place vernos ensortijados en nuestra zona de confort mientras despedaza a otro cubano como se traza una raya más en la piel del tigre. Este impúdico secuestro es un abierto desafío a la sociedad civil y un pulso a la oposición para tantear hasta dónde se atreven en este preciso momento en que las redes sociales recién imponen su dinámica a pesar de la escasa penetración de Internet y la sistemática censura, otorgando mayor inmediatez y visibilidad a denuncias e iniciativas ciudadanas cada vez más numerosas y osadas, algo advertido por el régimen con mucho nerviosismo.



Pero nunca ha sido lo mismo llamar al demonio que verlo llegar. Si bien es cierto que el régimen mantiene cercos policiales, que ha mantenido a más de un activista en reclusión domiciliaria y llevado a cabo numerosas detenciones, de ningún modo creo que se haya ocupado de todos puntualmente hasta hacer inoperante esa red que desde grados de confrontación variables se había pronunciado públicamente antes y después del 27 de noviembre, y sin embargo ahora, a casi un mes de detenido el líder de San Isidro y en medio de un insultante silencio oficial, no ha logrado la proyección suficientemente enérgica que favorezca la liberación de Luis Manuel y del resto de los activistas prisioneros.



Imaginemos con que orgiástico gozo los verdugos mirarán en este preciso instante a los ojos de lo que de Luis Manuel haya quedado después de esta tortura, y le preguntan dónde se han metido todos aquellos hermanos de causa que protestaron contra el 349, o el grupo de amotinados frente al Ministerio de Cultura aquel día de noviembre. ¿Acaso tampoco les dirán nada los activistas que esperan juicio junto a presos comunes desde la protesta de Obispo? ¿Cómo no está el pueblo de San Isidro, de La Habana y de Cuba entera preguntando sin reposo a las autoridades en sus respectivos lugares, en la dirección médica del “Calixto García” o directamente al ministro de Salud Pública por qué a ese joven que lucha por los derechos usurpados a todos los cubanos se le mantiene preso en un hospital habanero?



De todo esto se concluye que la dura guerra por la libertad de Cuba no puede ser acometida con la intensidad pasional de un sprint destinado a sofocarse en los primeros metros, sino como una carrera de fondo concebida en términos estratégicos, donde sólo triunfarán la firmeza y la perseverancia; es una guerra que sólo podrán librar los elegidos, aquellos realmente dispuestos a jugarse la piel y llegar a los finales.



Una vez pasada esta ola represiva quedaremos aleccionados sobre lo inútil que siempre será intentar puentes de idilio entre un pueblo sometido y sus tiranos, habremos comprobado cuán poco valen las catarsis y que las dictaduras no se tumban con canciones, pero también seremos más maduros y será mayor nuestra certeza de que la libertad llegará sólo cuando este pueblo vibre en resonancia con su dignidad, asuma riesgos para conquistar sus derechos y se atreva a saltar al vacío. Cuando por fin hayamos asumido ese como el único modo en que un pueblo se sacude los tiranos, sólo ese día –ni una hora más, ni una menos– podremos hundir la daga en una definitiva estocada hasta el corazón de la bestia. Será justo ese día en que pierdas tu miedo, cubano que me escuchas, cuando se derrumbe la dictadura.







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