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El derecho del "ente más infeliz"



“… el logro supremo de la vida reside en el ejercicio de la libre elección”. Thorton Wilder, Los Idus de Marzo.


José Martí ―tan citado por todos, todo el tiempo― escribió muchas veces sobre el derecho del “otro”. Es memorable el final de su carta a Máximo Gómez: “un pueblo no se funda, general, como se manda un campamento”. Y, también: “el respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aun del ente más infeliz, es en mí fanatism



A raíz del debate provocado por la presencia en la televisión cubana de tres personajes de triste recordación para la cultura ―Pavón, Quesada y Serguera― se han publicado muchas opiniones, de escritores residentes en Cuba y en el extranjero, de diferentes edades, que viven fuera de Cuba hace años, o hace muy poco. Creo que es la primera vez que un debate así, gracias al poder del correo electrónico (que en Cuba es un privilegio tener, no un derecho) se ha hecho público y ha trascendido los límites territoriales (aunque nada se ha dicho en la prensa nacional, o sea, el debate es público sólo para los que tienen acceso al correo electrónico, que son pocos). Quiero hacer algunas reflexiones sobre este tema, como han hecho todos; quiero recordar cosas del pasado y del presente porque, me parece, podría ser un buen momento para definir conceptos y proponer cambios.



La Revolución cubana, que se ha proclamado siempre “martiana” es, en mi modesta opinión, lo más anti-martiano que pudiera imaginarse, con relación, específicamente, al asunto de las libertades individuales (de expresión, asociación, movimiento, etc. No estoy hablando de los otros derechos humanos, como seguramente me recordaría algún “compañero”. Es cierto que en nuestro país se han logrado avances sociales, pero es también una realidad más grande que el Pico Turquino que la salud y la educación públicas son de pésima calidad; y tampoco totalmente gratis. Si usted le paga a un médico, durante años, un sueldo equivalente a 25 dólares, le está cobrando la salud y la educación ―con lo que le deja de pagar― a niveles del primer mundo. Ni hablar de la falta de respeto por la propiedad privada: si no se tienen derechos sobre su casa, por ejemplo, si no la puede vender o alquilar, ¿es suya? Pero no quiero desviarme del tema inicial).



Las restricciones a la libertad de expresión comenzaron desde el mismo 1959, sencillamente porque Fidel Castro ―como lo demuestran sus actos y los testimonios de combatientes y colaboradores cercanos a él durante toda su vida― está incapacitado para soportar y respetar una opinión distinta a la suya. La carta de Martí a Gómez podía haber sido escrita para él, de punta a cabo. Fidel se ha encargado de cambiar, alterar, mutilar y tergiversar la historia de acuerdo a sus intereses. Se dice ―me aseguran que está documentado y publicado fuera de Cuba― que lo de los veinte mil muertos durante la lucha contra Batista fue un error tipográfico (en vez de “dos mil” pusieron “veinte mil”. Y a él le encantó el error); su autodefensa durante el juicio que se le celebró después del fallido ataque al Cuartel Moncada no duró más de diez minutos, según narran testigos presenciales que no se han atrevido a hacer esta afirmación en público; la versión de la muerte de Camilo Cienfuegos es cuestionada por muchos, pues resulta muy raro que jamás se encontraran ni rastros de la avioneta; a Ochoa y a los de la Guardia se les acusó de narcotraficantes que actuaban “por cuenta propia”, cuando todo el mundo sabía (y sabe) que en Cuba era (y es) imposible que se gestionaran y ejecutaran ese tipo de actividades sin que estuvieran autorizadas o, al menos, fueran conocidas, por “la más alta dirigencia del país”, o sea, por el Comandante en Jefe. “Disfrutamos de un presente luminoso, nos aguarda un futuro de éxitos pero tenemos un pasado, sin dudas, incierto” afirman que dijo, en una ocasión, Gorbachov, y Fidel parece ser un maestro en eso de ajustar la historia a sus intereses.



Desde el mismo 1959 se clausuraron los periódicos más importantes del país y se comenzó a aplicar una censura inflexible, siempre con el pretexto del derecho de la Revolución a defenderse. Las famosas “Palabras a los intelectuales” (1961) que se presentan por el gobierno como prueba de democracia y libertad no pueden ser, sin dudas, más claras: “dentro de la Revolución todo; contra la Revolución nada”. ¿Quién fija los límites, cuáles son? ¿Por qué no se puede estar contra la Revolución? ¿Esas palabras no equivalen a decir “estás conmigo o estás contra mí”?



La política cultural quedó fijada, entonces, a partir de ese discurso (la rigidez política se acentuaría en la década del setenta con la celebración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura en1971, la entrada de Cuba en el Consejo de Ayuda Económica, en 1972, y la celebración del Primer Congreso del Partido Comunista, en 1975). Se “estalinizó” la cultura, con sus fatales copias de lo peor del realismo socialista (no olvidar la UMAP, 1964-1969, antecedente siniestro de lo que sería la cacería de brujas a intelectuales y artistas homosexuales y, en general, a las “personas diferentes”: el pensamiento libre y no repetitivo, se castigó severamente). Fue una década difícil, no un “quinquenio gris”, como algunos lo definen. Y una década que se multiplicó, con sus altas y bajas, hasta nuestros días. Es cierto que han variado las formas, se toleran actitudes que antes se perseguían pero, como dijo Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismo”. “The times, they are a’changin”, diría Bob Dylan: hubo que adaptarse, tuvieron que “cambiarlo todo para que todo siga igual” (El Gatopardo).



Se ha recordado mucho en estos días el daño que hicieron Pavón, Quesada y Serguera en la cultura nacional. Pero no se puede olvidar que en este caso, como en todo, ellos no fueron los ideólogos de esa política sino sus ejecutores. La política la ha trazado siempre Fidel Castro, desde cómo cuándo y dónde se siembra el café, o se riegan los plátanos, o se hacen o deshacen planes de estudios, etc. Fidel y su leal hermano Raúl. Pavón, Quesada y Serguera eran “hombres de Raúl”, que cumplían lo establecido por el Partido, o sea, por los hermanos Castro. Fueron, no obstante, ejecutores con iniciativas, y acabaron “con la quinta y con los mangos” cuando, quizás, sólo se quería que se acabara con una de las dos cosas, habría que preguntarles.



Las cicatrices que dejó el Consejo Nacional de Cultura, dirigido por esos funestos personajes no se cerraron; la herida estaba a flor de piel. Al ver surgir del pasado a esos fantasmas, “hombres de Raúl”, en estos momentos, los que sufrieron en carne propia sus desmanes y los que los supieron por cuentos (porque se ha escrito muy poco y mal sobre esta época) se espantaron. “¿Volverán las oscuras tiñosas?”, se preguntaron. Y comenzó el intercambio de cartas.



Creo que los intelectuales que viven en Cuba y que han criticado, sin miedo a represalias, lo que sucedió, han sido honestos y valientes. No creo que lo hagan, como dicen algunos, para defender sus privilegios. Pienso que son personas que fueron muy lastimadas y hacen bien en hablar, recordar y alertar sobre el peligro que significaría un regreso al pasado. Es verdad que no han criticado otras cosas, mucho más graves, como fue el fusilamiento de tres jóvenes que no habían matado a nadie y que ni siquiera tuvieron un juicio decente. Es cierto que han callado y que han tolerado lo intolerable. Pero también es cierto que en este país, se diga lo que se diga, hay un sistema represivo muy bien instrumentado y, aunque “ellos los de entonces ya no son los mismos”, quien se decida a criticar abiertamente el sistema o a cuestionarse las decisiones de “la más alta dirigencia del país”, corre el riesgo de perder su trabajo, ir a prisión o, en el mejor de los casos, pasar a una especie de limbo, o sea, dejarán de publicarse sus libros, de hacerse sus películas, de grabar discos; perderá cualquier oportunidad de viajar, de realizarse como artista y como ser humano. No desaparece físicamente pero, sencillamente, deja de existir.



El discurso oficial se ha empeñado, ya hace unos cuantos años, en demostrar que son tolerantes, que ya no hay censura, que hay nuevos espacios abiertos al debate y a la crítica. Sí y no. Como siempre, las verdades a medias son peores que las mentiras. Se han publicado escritores que viven en el extranjero, es cierto, pero son escritores no conflictivos para el gobierno, poco o nada críticos; sus novelas no tocan ni rozan asuntos “delicados”. Otro método es publicar un libro algo incómodo, hacer su presentación y, después, lo desaparecen de las librerías, jamás se reseña: silencio total. Es como si no existiera. Con los artistas que viven fuera del país también se aplican otras técnicas. Por ejemplo, el cubano Eliseo Alberto se ganó el primer Premio Alfaguara de novela, compartido con el nicaragüense Sergio Ramírez: en Cuba se dio la noticia de que Ramírez había ganado el premio pero jamás mencionaron al autor de Informe contra mí mismo, ¿por qué, si no hay censura, no se dio la noticia? La vocación necrológica es una de las más refinadas: muere un escritor, de los innombrables, en el exilio y, en pocos meses, se editan sus obras (no todas…) en Cuba, a no ser que, como Cabrera Infante o Reinaldo Arenas, hubieran dejado por escrito su deseo de no ser publicados en su país mientras estuviera el gobierno actual en el poder. Y no sólo los difuntos del exilio, también los difuntos residentes en el país, mantenidos a oscuras, regresan, “resurrectos y gloriosos”, a las librerías nacionales y se hacen concursos y eventos con sus nombres. Las acusaciones a la revista Encuentro, desde el inicio, de ser financiada por la CIA (porque recibe fondos de la NED), no es más que el resultado de una política intolerante ante la crítica. Nadie acusa a García Márquez de ser agente de la CIA y, sin embargo, su fundación de periodismo en Colombia es financiada, entre otras instituciones, por la NED. Pero a los escritores del patio se les ha prohibido colaborar con Encuentro, bajo amenazas serias.



El gobierno tiene múltiples formas de ejercer el chantaje y la represión: otorga ayudas financieras a escritores y artistas que fluctúan entre 100 y 40 pesos convertibles al mes; se reparten cestas con pavo, quesos, latería variada y vino en fin de año y, también, por cumpleaños y otras fechas señaladas; el insultante mecanismo de permisos de entrada y salida al país, algo que muchos extranjeros no conocen ni entienden, es una carta que el gobierno se guarda para otorgarlo o no, según el comportamiento de la persona: “Si te portas bien, te dejo viajar; si no, aquí te quedas”. Me gustaría saber qué dirían o harían todos esos intelectuales de izquierdas, la mayoría excelentes personas, si se les aplicara algo así en sus países. Pero los cubanitos sí pueden aguantar eso, ellos están acostumbrados y, en definitiva, el objetivo final es tan sublime, el enfrentamiento con los Estados Unidos es tan necesario para el mundo, que no importa que se sacrifiquen los isleños, medio siglo, no es tanto; y mientras, nosotros aquí seguimos informados de todo, leemos todos los periódicos que queremos, criticamos cada vez que se nos antoja, viajamos por el mundo explicando las maravillas de la Cuba de Fidel y de lo sacrificados y heroicos que son los cubanos. ¿No les parece que hay algo podrido… por algún lado?



Igualmente me parece injusta la posición de algunos intelectuales residentes fuera de Cuba que piden y exigen un nivel de crítica más osado, cuando todos ellos saben muy bien que la crítica al sistema o al gobierno es absolutamente imposible. O posible, si asumes que te esperarán largas condenas de cárcel, como le sucedió a Raúl Rivero y a todas las personas que han tenido el coraje de decir, abiertamente, lo que piensan. No creo que los cubanos sean cobardes, como tampoco pienso que los rusos, búlgaros, polacos, húngaros, lo fueron. El socialismo tiene maneras sutiles y, también, bárbaras, para acallar las conciencias. El miedo se mete en el cuerpo y se convierte en parte de uno mismo.



No es posible abarcar todos los aspectos de este problema, sería muy largo. Pienso, para concluir, varias cosas:

  1. que el debate surgido a partir de la presencia televisiva de Pavón-Serguera-Quesada ha puesto de manifiesto la necesidad que se tiene en este país de hablar las cosas, de decirlas con su nombre, de cuestionarse asuntos y decisiones.
  2. que sería muy importante que, a partir de lo sucedido, se convocara a una discusión seria y abierta sobre todos los temas que se deseen y que se pudiera criticar todo, sin el miedo de ser acusados de traidores.
  3. que en ese debate pudieran participar todos los intelectuales cubanos ―vivan donde vivan y piensen lo que piensen― y extranjeros que así lo deseasen.
  4. que se elimine el permiso de entrada y salida al país en el que uno nació pues esa medida no es más que un chantaje y una violación de los derechos humanos, que limita la capacidad de libertad y libre elección del individuo.
  5. que se erradiquen las ayudas económicas y la concesión de otros privilegios, migajas otorgadas con el fin de mantener un silencio cómplice; que se sustituyan “las ayudas” por salarios decentes que le permitan a todo el mundo vivir con decoro y sin angustias. Este no sería un reclamo sólo de los artistas e intelectuales, pues esos mecanismos de “estímulos financieros” se aplican en otras esferas productivas. (Durante muchos años se nos dijo que “la base económica define la superestructura”. El gobierno siempre le ha temido a la independencia económica porque sabe muy bien que la independencia económica permite y facilita la libertad de pensamiento).
  6. que exista un verdadero y libre acceso a Internet, a canales televisivos extranjeros, a periódicos y revistas; que las personas puedan, realmente, sacar sus propias conclusiones y no a través de mesas redondas, noticieros y periódicos que filtran y manipulan toda la información y entregan la parte que les parece políticamente correcta. Es cierto que en este casi medio siglo de historia se han logrado avances tremendos en la educación del pueblo, se eliminó el analfabetismo, se han creado escuelas y universidades: “no te digo cree sino lee”, dijo Fidel; que se pueda leer todo y sea la propia persona y no un funcionario el que decida qué es saludable o no, ideológicamente.
  7. que se elimine la censura en el radio y la televisión; que exista un medio público alternativo donde se puedan expresar criterios diferentes, contrarios, polémicos.
  8. que no sea un pecado cuestionarse, no sólo la política cultural, sino también la política en educación, salud pública, etc.
  9. que no se acuse de estar “trabajando para el enemigo”, como acaba de afirmarse en la “Declaración del Secretariado de la UNEAC”, o de tener una “agenda anexionista”, a la persona que exprese puntos de vista opuestos a los del gobierno o, simplemente, distintos.
  10. que todo, absolutamente todo, pueda ser reversible; que las “Palabras a los intelectuales” se lean como un documento histórico y no como un texto sagrado.
  11. que el monólogo actual, denso y envejecido, pueda sustituirse por un verdadero y constructivo diálogo nacional.
  12. que se escuchen otras voces; que las votaciones en la Asamblea Nacional sean verdaderamente libres, que existan votos a favor y en contra y no una unanimidad sospechosa.
  13. que, finalmente, “el ente más infeliz” tenga todos los derechos y libertades, que pueda equivocarse sin miedo, que cuestione los dogmas, que sea oído y respetado.


Quizás pido demasiado. ¿Solicitará la UNEAC a los escritores que han manifestado sus criterios en este debate que aprueben su documento? ¿Habrá que firmar nuevas cartas? La declaración que la UNEAC acaba de distribuir por el correo electrónico utiliza un lenguaje anquilosado y reconocible: es el mismo de siempre, el mismo de los setenta. Ojalá me equivoque.



Octavio Miranda



La Habana



17 de enero del 2007



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