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Spanish post from Cruzar las alambradas by Luis Felipe Rojas

¿Hasta cuándo?



Foto/Luis Felipe Rojas



La madre espera en el lobby del hospital. Afuera hay un frío de los mil demonios, bastante inusual para las altas temperaturas que azotan el Oriente cubano. El muchacho roza los veintidós años, se metió a separar a sus amigos en una bronca callejera y cuando llegó la policía dio bastonazos y patadas de todos colores. El llevó la peor parte. Uno de sus amigos me fue a buscar porque lo habían convencido para que me contara los detalles. La madre cerró todo diálogo a cal y canto para protegerle. De nada sirvieron mis explicaciones sobre sus derechos. No valieron mis argumentos de que por los menos fuera a denunciar el hecho a alguna instancia. Ella se volvería a su casa, ‘de todos modos en este país nada funciona… y piérdete de aquí, no me molestes más, me dijo.



Hace apenas tres días fui abordado en la vía pública por un Oficial Honorario (OH) de la Seguridad del Estado. Su intención era que me quedara en casa, así le ahorraba estar detrás de mí por varias horas. Como respondí citándole mis derechos ciudadanos, desenfundó su carné de tres letras azules (DSE) para amenazar, estaba claro que no era a mí, sino a los transeúntes. A pesar de la discusión acalorada y sus alardes de buscarme una patrulla nadie respondió, nadie se inmutó. Cuando dije bien alto que las calles son del pueblo y no de los revolucionarios, ese tramo quedó solitario. Es cierto que no sufrí el repudio, pero la gente anda ensimismada dentro de su bolsa de alimentos y supongo que no tiene tiempo para estas minucias, verdad?



Instituciones como la Fiscalía Militar, los tribunales en las tres instancias (municipal, provincial y nacional) y las oficinas de Atención a la Ciudadanía esquivan una y otra vez las quejas contra los funcionarios del orden y sólo en contadas ocasiones, después de violaciones muy evidentes, la Contra Inteligencia Militar les pasa factura. Estos organismos obsoletos han ayudado en parte a que la propia gente común se ponga a sí mismos la mordaza. Como nadie vela por sus derechos, pues desconfían de todo, caen en la abulia generalizada y terminan cediéndoles el terreno a sus propios verdugos. Solo después de ver la cara adusta del presentador de turno en la televisión, anunciando, como una engañifa más, una que otra defenestración, la gente alcanza a ver que las instituciones públicas cubanas están también para velar por algunas cosas, por los intereses de algunos ciudadanos y para que sean respetados algunos derechos.



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