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Mensaje de Eva

Bueno que hablemos distintas generaciones.

De sobra sabes mi posición y compromiso con la construcción de fórmulas de convivencia más tolerantes y libres, donde quiera que sea, y en este caso con nuestra sociedad.



Felicito como saludable, por conflictivo y doloroso que sea, cualquier proceso de auto reconocimiento, de memoria y justicia histórica, y este comienzo de debate inusual me tiene esperanzada, aún cuando todavía no sé bien a qué. Lo cierto es que tampoco he vivido muchos hechos históricos cubanos, pero los que he vivido me han hecho sentir que la trascendencia de unos y otros pesa sobre todos los que habitamos esta isla, de cualquier sector, origen y generación, aunque de diferente manera.



Más aún cuando son hechos y procesos que no tiene el reconocimiento debido, y no se les hace saldo ni justicia. Y ahí veo el peor de los problemas.



¿Hasta qué punto no estamos permeados de actitudes intolerantes e incluso represoras, como artistas, como comunicadores, como educadores, o como ciudadanos, si hemos tomado y tomamos como "normales" o al menos no públicamente y abiertamente reprochables, las políticas y modos institucionales represores, antidemocráticos y pervertidos?



Lamentablemente yo, fuera de todo quinquenio gris y del entendimiento mínimo de sus consecuencias, he sufrido como muchos la cultura de la intolerancia, la censura, el hostigamiento y otras aberraciones desde instituciones y desde personas con diferentes cargos institucionales.



Las instituciones están formadas de personas y no creo en la impunidad ni en la inmunidad, aunque sí en el reconocimiento de errores y su posible subsanación. Me parece bochornoso que algunos ejecutores de tamañas injusticias se amparen en que debían seguir la corriente. En un país que enarbola oficialmente el compromiso ético sin darle en la mayoría de las veces el verdadero contenido, debemos reconocer que la alternativa a la intolerancia existe y se puede ejercer, ya no como denunciantes, lo cuál en momentos puede significar mártires, pero al menos con la abstención en procesos que no compartimos y su declaración personal consecuente, tenga el precio que tenga.



Por eso señalo que en multitud de ocasiones he visto ejercer abusos de poder, intrigas represoras y otras actitudes claramente fascistas a personas con responsabilidades institucionales o ínfulas arribistas, que paradójicamente intentaban o se creían (todo parece posible de justificar) "alternativos", con proyecciones estéticas aparentemente progresistas y libertarias. También a revolucionarios autoproclamados sin pacto posible, que acto seguido y después de arrasar cabezas en nombre de su particular visión del deber revolucionario, han aprovechado el “faster” y en otras latitudes han creído ponerse públicamente al otro lado (cuando evidentemente nunca estuvieron al nuestro, al de todos sin discriminaciones ni exclusiones).



En mi caso particular cada intento de debatir estas actitudes ha encontrado actitudes ciegas y revanchistas que se amparaban en un chovinismo atroz e incluso en aún más intolerancia en este caso del tipo “tú no tienes derecho a opinar porque eres nacida en otro país, tú puedes quitarle el pié a esto cuando quieras, así que si no te gusta te vas y no critiques, ¿acaso tu país de origen no tiene problemas?…”. Me ha tocado comprender, pero “no e’facil”.



Poca gente sabe, pero entre ellos te cuento, que mis posiciones personales con este país han alcanzado cuotas de gran implicación y, lamentablemente también en muchas ocasiones, graves problemas. Y que me siento ciudadana cubana, con nacionalidad o sin ella, y no por bailar casino, vivir obsesionada con el motor de agua o tomar caldosa en espera del 28 de septiembre. Y por supuesto ciudadana del mundo.



Cuántas veces hemos discutido que no hay una sola identidad cubana, predibujada y excluyente, como no hay una sola manera de ser revolucionario, por más que tantas frases célebres nos puedan inspirar nuestra propia construcción ética. Al fin y a grandísimos rasgos, cubano es lo que se hace en Cuba y ya, y revolucionario es lo que revoluciona para el progreso humano, y no lo que se estanca o retrocede, etc.



Pero es que este despotismo ilustrado que hoy nos habla de masificación de la educación y la cultura, es evidente que no nos da la mayoría de edad, y piensa, critica y decide por nosotros y a nuestro bien, igual que decide qué debemos consumir y con qué olla cocinar.



Sí, yo soy, a pesar del perjuicio a mi bolsillo y economía familiar, de las que me he negado a constreñirme en dudosos juicios y esquemas institucionales, entre otros el de “evaluarme” artísticamente. No me ha hecho falta tu llamado.



Simplemente respondió a mi justa rebeldía ante tantos esquematismos y exclusiones, frente a una medida que considero en estos momentos obsoleta en la forma que existe. Mi currículo, prestigio y méritos fueron altamente reconocidos en tiempos pasados a conveniencia de las instituciones, y sin embargo ahora que intento lograr algunas difíciles cuotas de independencia artística y pedagógica, me es obligado pasar pruebas elitistas que no responden al resultado y eficacia real de mi trabajo.



Increíble. También respondo a otra cierta rebeldía a las estructuras burguesas y prejuiciados del colectivo artístico (en este caso escénico), en el que somos demandantes de libertades y a la vez represores. Y en esto es mayor mi preocupación. He ido desvinculándome en lo posible, con altas dosis de soledad, de cuanto institucionalismo he podido y, cierto que las posibilidades se estrechan, a veces a puntos desoladores, pero mijo, se respira mejor. Cómo no.



También decidí hacer más consciente, en mi vida privada, pedagógica y artística, mi irreverencia y enarbolar el sentido del humor como herramienta de análisis, autocrítica, tolerancia, debate y… consuelo. Qué dificil.



Nos reímos del que se cae con la cáscara de plátano, pero no soportamos un asomo de risa ante nuestras propias caídas, aún cuando sea risa sana, que ayuda a mitigar el dolor en el culo golpeado. Así que decidí seguir riéndome de mí misma, ya que tanto tropiezo, y por supuesto sonreír con casi todo lo que caiga (la irreverencia es altamente censurada también). Sobre todo ahora que tengo un hijo en edad escolar y que vivo a través de él la práctica del adoctrinamiento frente a la educación, de la instrucción y dogmatismo frente a la tolerancia y el pensamiento crítico, del verticalismo y la pasividad frente a la participación, pienso ¿no es este el camino más fácil y transitado de la parametración que ahora denunciamos? ¿Hasta dónde no hemos sido y somos educados, en el mejor de los casos casi insensiblemente, para ser reprimidos y represores? ¿Por qué no alimentamos la palabra cultura en todas sus dimensiones, más allá de los ejecutores profesionales y de las elites, y hablamos de cultura de convivencia, de cultura familiar, cultura vecinal, barrial, comunitaria, cultura de la participación y cuánto apellido se nos ocurra como significante en nuestras vidas? ¿Podremos comenzar el difícil proceso de reconocernos sujetos activos o pasivos de una educación intolerante y para la intolerancia, tendremos voluntad y capacidades para reconocer cada proceso personal y grupal en los que hemos sido y tal vez seamos aún verdugos y víctimas a cualquier escala?



Tienes razón la parametración ha estado y está en nuestras vidas aún, como ciudadanos y no solo como intelectuales y artistas. Y mucho me temo que el proceso de limpieza será largo. Yo tengo la creencia que debemos vigilarnos diariamente nuestras tendencias pasivas e intolerantes, cada uno a sí mismo, como lavarse la cara al despertar.



Consideramos lo unánime, a veces lo mayoritario, pero aún nos queda mucho para aceptar la posibilidad de respeto y consideración a las minorías y a la diversidad.



Excusas ha habido y hay miles para no enfrentarlo, para justificar y justificarnos, para retrasar el proceso democrático de cura. Los escachados hemos sido y somos muchos, algunos no tan notorios o públicos, quizás todos; y no faltamos entre ellos los que queremos vivir comprometidos con el progreso, la libertad y la lucha revolucionaria, tome la forma y camino que tome y exija el momento, nuestro momento. Aún más paradojas.



Todos estamos implicados, solo queda querer asumirlo.



Tampoco estoy segura que la implicación tenga la única forma de la sana irreverencia y el llamamiento a desobediencia que propones: la renuncia a los privilegios y ataduras de las membresías. No podemos ser absolutos, aunque no rechazo la idea. Sin embargo me parece muy positivo el cuestionamiento personal de hasta qué punto colaboramos al carácter discriminatorio y exclusivista con la posesión de carné y la aceptación casi ciega a disciplinas que solo privadamente y a veces criticamos. En los mejores casos hay personas que aprovechan algunos de los citados privilegios y otros, para en lo posible compartir y extender sus beneficios a los no afortunados. También sé que no es suficiente.



Es cierto que necesitamos urgentemente, ahora que se defiende más o menos públicamente la necesaria memoria histórica unida a su aún más necesaria justicia, fórmulas claras de conciencia e insumisión. El debate debe ir apuntando no solo a destruir, sino a construir opciones, respuestas e incluso soluciones.



Por ello felicito, tu propuesta a la espera que estimule la búsqueda de caminos.



Porque el camino o los caminos, por donde quiera que pasen van a ser largos, así que mejor, esta vez, que nos acompañe el respeto, la entrañable tolerancia y el amplio sentido del humor.



Ojalá pasemos de “cambiar el mundo” en sesiones de compartidera de amigos y traguito en mano (que no están mal y debemos continuar, pero además de estrechar lazos de amistad y concierto, nos recolocan en la pasividad y dejan algo de amargor en las resacas), al intercambio de propuestas y consecución de acuerdos.



- ¿Qué bolá asere, cómo estás?



- Ahí, en la luchita.



Lucha común esta vez.



Arrieros somos y en el camino nos encontramos.



Besos,



Eva



PD : que, mira tú, me encanta compartir esto con amigos y allegados, aquellos que han compartido tus palabras a través de Roxana y poco más, pero, para que veas el nivel de mi paranoia (no infundada), precisamente no me atrevo mucho a compartir con tanta grande figura que afortunadamente hoy vemos que toma parte en el debate. No tengo premios nacionales ni gran reconocimiento público. Y es que no es la primera vez (ni la décima) que personas con todos esos méritos me han cortado las alas (o han intentado más que lo posible, aunque yo al fin haya volado y vuelo), al igual que a tantos otros, algunas de ellas aparentemente y contradictoriamente defensoras de la libre creatividad y opinión, con la “acusación” de no ser figura de prestigio. Y es que parece ser requisito básico y si ne qua non el tener prestigio avalado para poder opinar, debatir, levantar tesis aunque sea de café en mano, y aún más el exponer intentos o frutos creativos. O tienes licenciaturas, doctorados y premios o no critiques. Ya te digo: todos estamos contaminados.



Yo también: Reconozco, lo que me queda es mucha paranoia, pero no estoy pa mucho disgusto. Soy o intento ser muchas cosas, “me creo cosas”, pero la que más me creo y merece toda atención y derecho es la de ser ciudadana común.



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