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Consenso en la polémica intelectual

"El estado de ira exaltada”, suscitado por las apariciones televisivas de Armando Quesada, Jorge Serguera y Luis Pavón Tamayo, tres funcionarios vinculados a la política anticultural aplicada en Cuba a partir de 1971, ha devenido debate y reflexión por parte de un nutrido grupo de intelectuales. No hay casualidad; los insultos y reflexiones manifiestos tienen como fundamento, además de las innumerables víctimas de la “parametración”, las palabras de Fidel Castro -dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada- convertidas en política cultural, así como la ausencia del auténtico ejercicio de debates de ideas y la consiguiente falta de entrenamiento en esos menesteres. Como expresión de un fenómeno de reflexión y debate, los hechos discutidos en este extenso intercambio de e-mails se inscriben en la razón de ser de la Revista Digital Consenso, por lo cual nos sentimos en el deber de ofrecer nuestros propios criterios al calor de tantas (y todas) las cuestiones que se exponen.



Como era lógico, el ataque –que inicialmente se dirigiera contra tres funcionarios de la cultura- tomó, en el contexto político de incertidumbres que vive Cuba y por la larga duración de éstos y otros muchos silencios, rumbos que alcanzaron hasta a los máximos responsables de tan funesta política. Al margen de unos u otros desenfrenos, reflejo de la elevada presión acumulada, los más atinados apuntaron hacia la esencia del problema: el método bautizado como pavonato, cuyas causas y consecuencias continúan presentes, como lo evidencian, entre otros, el caso de Antonio José Ponte. No obstante, una vez desahogadas las pasiones, el debate debe tener como objetivo central el bien de la Nación, que es el bien de todos. Se requiere, por tanto, de un análisis mesurado e incluyente que propicie un cambio esencial de la cultura cubana, que implica a su vez, un cambio de nuestra sociedad; un cambio en el que tienen que participar todos sin exclusión: víctimas y victimarios, gobernantes y gobernados, los de dentro y los de fuera de la Isla, testigos y enterados. Un cambio que abarque desde la élite cultural hasta la deteriorada economía doméstica.



Todos debemos aportar argumentos que tiendan puentes de encuentro. Por ello, cualquier intento de paralizar el debate, de encasillarlo o de limitarlo, debe ser rechazado. El debate, ausente hasta ahora, es una manifestación de cultura y la cultura es condición indispensable para vivir a la altura de los tiempos, como expresara Ortega y Gasset. La esencia de las cuestiones que se discuten por estos días en lo que algunos han dado en llamar “guerrita de los e-mails”, no radica en los tres programas televisivos, sino en asuntos raigales de la nación cubana cuya connotación es más profunda de lo que pareciera a primera vista. Es por eso que cualquier intento por detener el debate apunta a reafirmar aquel nocivo principio que sostiene que la política cultural represiva es irreversible.



Hoy el tiempo de compartir indignaciones pertenece al pasado, porque de lo que se trata ahora es de derribar la posibilidad de mantener los métodos que afectaron y afectan a la cultura y a la sociedad cubana en general. Por otra parte, insistir a estas alturas en las parametradas expresiones acerca de supuestos intelectuales “al servicio del enemigo”,o que las opiniones críticas de algunos de ellos responden a una “agenda anexionista” constituye en sí mismo un intento de conservar la parametración.



Los problemas que han afectado y continúan afectando a los intelectuales, son los mismos que laceran, afectan y limitan de una u otra forma al resto de la sociedad. Por ello en los procesos de cambio corresponde un lugar a todos los cubanos, intelectuales o no, revolucionarios o no; porque revolución y cambio no son sinónimos: la revolución supone una transformación violenta y radical que trae inevitablemente consigo grandes perjuicios para una significativa parte de los que se sumergen –voluntaria o involuntariamente- en su espiral. El cambio, más general, es un proceso inseparable de la dignidad humana, del amor, de la solidaridad, de la ética, de la libertad y de la reconciliación sobre la base de los mínimos que nos unen, que son asuntos de todos, aunque en la búsqueda de soluciones la intelectualidad tiene un papel determinante, porque constituye la conciencia crítica de la nación. En ese sentido, la vía de los “emilios”, con la que cuenta una parte de los intelectuales cubanos para el actual intercambio de ideas, demuestra que los otros medios les están vedados y que por tanto deben también ponerse en función de una necesidad tan vital para la salud de la sociedad cubana: el desarrollo de espacios que propicien la libre expresión del pensamiento plural.



La primera condición de la cultura –cultivo de lo humano en el hombre, modo en que una sociedad crea y recrea valores para satisfacer sus necesidades materiales y espirituales– radica en la libertad. Cuando ésta es suprimida o limitada, con independencia de las razones esgrimidas, se afecta la vida de millones de personas y constituye, por tanto, un crimen de lesa cultura. En Cuba, las carencias institucionales y éticas, las restricciones a los derechos y libertades, la intolerancia, las exclusiones, y la violencia física y verbal, condicionaron un marco propicio para atentar contra la dignidad humana. En nombre de esa dignidad mancillada se impone democratizar la cultura y los hechos que están ocurriendo son síntomas de que el tiempo de espera para tal empresa se agotó.



Para los cubanos, los derechos a participar como sujetos en los procesos culturales, políticos y económicos del país; a pensar, expresar y difundir libremente las ideas; a asociarnos con nuestros semejantes de forma autónoma; a salir y entrar al país sin necesidad de permisos; a decidir y participar en el tipo de educación que deseamos para nuestros hijos; a vivir decorosamente de nuestros salarios; a acceder libremente a la información y a la comunicación con el resto del mundo, son, entre otras, importantes aspiraciones que esperan por su materialización. El actual debate suscitado entre los intelectuales cubanos de todas las “orillas” indica que esas necesidades pendientes no pueden continuar en la lista de espera.



El retroceso jurídico-cultural que representan las limitaciones a la pluralidad política y a los derechos civiles contenidos en la actual Constitución –lapidariamente declarada irrevocable– debe ser revertido. La ley contra el “diversionismo ideológico” debe ser abolida. La ética, que en Cuba ha sido históricamente una conducta de minorías, requiere de su conversión en conducta generalizada como cimiento de la realización personal y social. Se impone, por tanto, un rearme ético que debe y tiene que estar presente desde la política hasta la cultura, desde las relaciones personales hasta las relaciones públicas, desde las acciones prácticas hasta el lenguaje civilizado, y eso es imposible sin la libre participación de la intelectualidad y de todo el pueblo.



La pluralidad, expresión de la diversidad que nos caracteriza, está ausente en el debate de la Cuba de hoy. La exclusión y el desconocimiento del diferente han llegado al punto de intentar la realización de un proyecto social –parafraseando al cantautor Pedro Luis Ferrer– con una sola verdad y un único pensamiento. Cuba es plural por naturaleza; reconocerlo y facilitar su manifestación es responsabilidad de los gobernantes y es deber de todos. La discusión de la intolerancia a la diferencia debe llegar, como bien expresara uno de los participantes en la polémica, hasta incluir el debate acerca de la diferencia en opiniones políticas. Así de abarcador debe ser un debate intelectual serio y responsable sobre la cultura. Consenso lamenta además que, por omisión de la prensa oficial, el pueblo cubano permanezca ignorante de este debate.



Teniendo en cuenta las razones expresadas, la Revista Digital Consenso, fundada en diciembre de 2004 como espacio autónomo de reflexión y debate del pensamiento progresista cubano, para examinar y discutir nuestra realidad, sin temor a la verdad ni a las consecuencias de decirla, convoca a todos los interesados, incluso aquellos que no estén de acuerdo con nosotros, a expresar libremente sus criterios en nuestra página y a encauzar el actual debate hacia las cuestiones básicas: ¿Qué país somos? ¿Qué país queremos para nosotros y para nuestros hijos? ¿Qué nos corresponde hacer para lograrlo?



Consejo de Redacción
Revista Digital Consenso



Miriam Celaya González
Dimas Castellanos Martí
Marta Cortizas Jiménez
Rogelio Fabio Hurtado
Eugenio Leal García
José Prats Sariol
María Cristina Herrera
Byron Miguel



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