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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Yunior García y Archipiélago: entre el mesianismo y la pared.









A Yunior García Aguilera le llovieron cáusticas críticas una vez confirmada su salida hacia España. Estas mordaces acusaciones encuentran su fundamento, creo yo, en ese condicionamiento mental impuesto por décadas de castrismo según el cual toda salida del país será, por fuerza, potencialmente definitiva. En un país donde cientos de miles, cuando no millones, han salido para jamás volver, semejante razonamiento implica para muchos la infundada conclusión de que su viaje a España significó un abandono irreversible del ruedo político cubano, aun cuando él mismo ha aclarado que viajó con visa de turismo, que no ha solicitado asilo y explícitamente insiste en su intención de regresar a casa.



¿Que el joven de Archipiélago no se quedó en Cuba para jugársela y es un cobarde por eso? Descontando que se vio absolutamente impedido de hacerlo por el cerco policial, una buena pregunta para ti que le juzgas sería: ¿has acompañado acaso a las Dama de Blanco o a la UNPACU en alguna de sus temeridades cuando en esas mismas calles han desafiado a la dictadura? Es cierto, Yunior no se inmoló frente a su casa contra aquella turba para cumplir su palabra, pero otra vez te preguntaría: ¿acaso has presenciado, o sido víctima tú cubano que juzgas, de algún acto de repudio? ¿Acaso sabes lo que se siente?, ¿saliste acaso en defensa de tu buen vecino opositor, gente decente, contra la chusma para compartir su represalia como quien comparte una buena taza de café amargo? Si la respuesta a esas preguntas es un presumible no, entonces te sugiero que aprendas a ser más tardo a la hora de juzgar decisiones ajenas.



Al escuchar la admirable claridad de Yunior del convincente discurso, el acertado modo en que hurgó en las llagas que más le duelen a la dictadura en su conferencia de prensa ofrecida en Madrid, he terminado preguntándome si su activismo no será definitivamente más útil a Cuba haciendo estas demoledoras denuncias -amplificadas por este inusitado enfoque mediático recuperado después del relativo olvido que siguió al 11 de julio- que silenciado tras las rejas del castrismo. Al respecto me asaltan pocas dudas, aunque sí merece comentario aparte su punto de vista con relación al bloqueo norteamericano a La Habana: el levantamiento del embargo no redundaría en mayor bienestar para el pueblo de Cuba porque el embargo no es la causa de su pobreza, sino el castrismo. Si se levantan las sanciones sólo sucedería que los ladrones robarían más y los policías irían mejor armados, nada más. En este punto me considero irreductible.



La batalla plateada por Archipiélago no forma parte de una guerra nueva. De ningún modo la oposición política contra el castrismo nació hace poco en San Isidro, ni el pasado 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura: esta ha sido una larga lucha que parte desde 1985 con el núcleo de Concilio Cubano, y ha conocido una larga estela de atrocidades que las voces más notables de estas emergentes plataformas, Archipiélago incluida, parecen desconocer cuando en sus intervenciones olímpicamente omiten los más relevantes nombres de militantes u organizaciones opositoras que durante décadas se han dejado la piel en las calles y las prisiones de Cuba -algo que puede ser leído como un acto de pueril arrogancia, pero también como una malsana intencionalidad de desplazar la atención mediática hacia las frecuencias del dial menos hostiles al régimen- todo lo cual levanta justificadas suspicacias, sobre todo cuando esos mismos dialogueros, tan deliberadamente distanciados de esta oposición más frontal, luego defienden con presunta candidez el levantamiento de sanciones al castrismo.



A una semana del 15 de noviembre sólo queda extraer lecciones y hacer un balance desapasionado de costos y beneficios. Partamos del criterio de que cuando alguien hace una convocatoria que alcanza una resonancia como esta debe estar también dispuesto a asumir las consecuencias de su acto. Opino que una vez lanzado un grito de guerra sólo se debe regresar de la batalla con el escudo o sobre el escudo; mis convicciones me imponen que una vez quemadas las naves deben arder a bordo Sansón con todos los filisteos porque una guerra, cuando es auténtica, debe ser lanzada de modo irreversible y total o no ser lanzada. Antes de desafiar a un totalitarismo de corte estalinista como el castrismo debes calibrar bien al monstruo a que te enfrentas; debes saber que cuando te interpones en la línea de un tren será el demoledor impacto de un tren lo que te golpeará y nunca un ramo de flores blancas.



¿Una ganancia absoluta del 15N?: haber confirmado que con el castrismo las posibilidades de un diálogo auténtico están sepultadas a cal y canto. Hoy la credibilidad política del castrismo se revuelca con mínimos históricos en el lodazal del descrédito y si el 11J fue su definitivo plebiscito de desaprobación el puntillazo que le faltaba era este 15N.



Sin embargo, cuando veo a Yunior llamando a desmontar el mito romántico del barbudo justiciero que desde las tribunas de la izquierda desfasada tanto daña todavía a millones de cubanos, a la vez que enfatiza que no aspira a convertirse en una idealizada estatua de bronce, me remito otra vez al meollo del problema cubano: ese maldito mesianismo, nuestra constante necesidad de un salvador que llegue a lomos de un glorioso caballo blanco a servirnos en bandeja de plata la libertad de Cuba, como si los cubanos mereciéramos ese providencial giro del destino.



Debe ser que después de tanta cartilla de racionamiento terminamos creyendo que la libertad nos llegará, también gratuita, por cósmica predestinación, de ahí que una vez elegido el candidato de turno enseguida descarguemos sobre sus hombros un peso que en realidad pertenece a todos, lo cual estará siempre, por principio, destinado al fracaso. Nadie puede con semejante carga. No culpemos a Yunior García de que el castrismo haya sobrevivido al 15N contra la voluntad del pueblo cubano, como tampoco debemos hacerlo con el próximo elegido sólo porque nuestra desidia o nuestra cobardía así lo determinen.



La verdadera solución del problema cubano pasa por asumir nuestra responsabilidad común, y llegará sólo cuando como pueblo cobremos madura conciencia de nuestro deber cívico para con la patria, asumiendo entre todos los pertinentes riesgos y pagando de antemano, en su precio justo, cada libertad conquistada.



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