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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

15 de noviembre: crónica de una guerra anunciada.









Pocos días nos separan del día D, pero hace ya varias semanas que cada cubano sabe con bastante certeza cómo y dónde pasará este 15 de noviembre: si se dedicará a regar sus margaritas y a tragarse el bodrio de Humbertico en Cubavisión, o si por variar –sólo por humanamente variar– escuchará esa profunda voz que desde su conciencia le impone desafiar el miedo y lanzarse a la calle contra la hidra de mil cabezas.



A diferencia de otras, la convocatoria de Archipiélago no fue lanzada desde el extranjero por algún emigrado a salvo de las tonfas represivas, sino desde La Habana y otras provincias cubanas por jóvenes que asumen in situ ese tremendo riesgo. Esta vez el llamado no fue desoído, sino que halló resonancia dentro y fuera de Cuba hasta movilizar a miles de emigrados que en más de medio centenar de ciudades que ese día respaldarán la iniciativa en varios continentes. Sintiéndose desafiado, el régimen desenvainó la espada y empleó a fondo su maquinaria de propaganda, de coacción y terror ante lo cual Archipiélago, con admirable hidalguía, no ha retrocedido y mantiene en firme su propuesta con lo cual la suerte queda echada.



Cuando el sol supere el horizonte el próximo lunes sobre esta isla vallada por el castrismo lo hará sobre uno de tres escenarios excluyentes, de los cuales considero el primero como el más probable: unas 24 o 48 horas previas a la protesta ETECSA habrá perpetrado su apagón digital de rigor –debida a cierta “inesperada” rotura provocada por alguna tormenta solar, sin duda– que sumado a selectivos cortes a líneas telefónicas clave incomunicará a los diferentes focos de insubordinación. Ya para ese momento habrían sido detenidos y/o confinados en su domicilio, los principales organizadores de la marcha y “espontáneamente” organizadas las turbas de matones y guaracheros sacadas de cuanto cuartel o academia militar pueda sumarse a la comparsa convocada por las autoridades “culturales” para llenar las calles justo ese lunes –¿qué mejor día para festejos que un lunes?– con toda esa sabrosura revolucionaria que tanto tipifica los momentos de mayor nerviosismo del régimen.



El segundo escenario sería algo menos probable: de algún modo los organizadores, habrían previsto el primer escenario, logrado evadir a los represores y salido a la calle sin ser detenidos en la primera esquina por la policía política. Como sabrían de antemano que estarían incomunicados habrían acordado un accionar autónomo que no precisara retroalimentación entre las partes y cada cual procedería según un protocolo previamente acordado, del cual con mucha probabilidad estarían también enterados sus represores, lo que disminuiría sensiblemente las posibilidades de éxito. En ambos casos se producirían varios focos de protesta, pero la falta de coordinación pasaría rápida factura con un saldo neto de decenas de nuevos presos.



El más improbable de todos –me duele decirlo– sería el tercer escenario, algo más épico: el pueblo cubano, conocedor de sus derechos y dispuesto a defenderlos con uñas y dientes, definitivamente hastiado de la brutal e injustificada pobreza a que le somete el tardocastrismo, respalda masivamente la convocatoria; no cede a cuanta amenaza hayan lanzado los esbirros y superada la confusión del primer momento resiste con arrojo en las calles; contra todo pronóstico la riada escapa al control del régimen, supera esta vez al 11 de julio y tras la primera acometida de las hordas represivas los barrios se atrincheran, resisten durante días que se vuelven semanas y meses; la protesta evoluciona a resistencia organizada que llega a paralizar el país hasta hacerlo ingobernable; los oligarcas del castrismo pierden rápidamente el apoyo de gran parte de la oficialidad del ejército consciente de los atropellos cometidos contra su pueblo y que desaprueba, se insubordinan las primeras unidades, rápidamente otras secundan el levantamiento, se agudiza la situación y sólo entonces el mundo toma en serio el problema cubano; se pronuncian todos los grandes organismos internacionales y se hace universal la repulsa al castrismo, se produce un aislamiento diplomático total de La Habana y se suman cada vez más tropas regulares al levantamiento hasta que son tomadas las principales plazas; es cuando el clan castro y sus secuaces pretenden huir pero son detenidos y entregados a la justicia popular; una junta cívico militar conforma el gobierno de transición y eclosiona en Cuba la nación libre.



Si bien éste sería el final feliz soñado por todos será mejor que nos pellizquen y despertemos, pues con las autocracias tan consolidadas como el castrismo las cosas no funcionan de ese modo. Demasiado tiempo, recursos y malévolos manuales ha invertido la dictadura cubana para cristalizarse como para ser desmoronada con un par de sacudidas. Ingenuo sería esperar que el 15 de noviembre el número de cubanos que salgan a las calles supere al del 11 de julio, después de la impunidad con que fueran masacrados ante los ojos del mundo los derechos de millones, después de aquellos miles de detenidos y apaleados y del más de medio millar de presos cuyas condenas llegan a superar el cuarto de siglo.



Si esta dictadura conoce tan bien nuestros miedos, es porque ha sido su paciente jardinera: los ha sembrado uno a uno y con fría saña los ha fertilizado, se ha cebado en ellos y en ellos deposita toda su esperanza. Hoy el castrismo cosecha los frutos del terror que fermentó en nuestro cerebro y demasiado cruenta se nos antoja la siega como para extirpar de golpe el enraizado mal. Es en momentos como este que pagamos, como pueblo, el caro precio tributado a los tiranos cada vez que por inercia militamos en sus filas, cuando otorgamos por apatía un voto, cuando desfilamos algún 1 de mayo o agitamos inocentes banderillas algún “glorioso” 26 de julio; cada vez que salimos a una misión de trabajo al extranjero a sabiendas de que legitimaríamos su cínico discurso; cuando guardamos cómplice silencio frente a un colega avasallado, a un opositor injustamente condenado, al decente vecino que con dignidad resistió aquel mitin de repudio. Cuando esto sucedía, cubano que ahora sufres, no hacíamos otra cosa que expedir una patente de corso a los tiranos y cavar nuestra propia tumba.



La temeridad vale tanto como valen las razones que la lanzan, incluso la ira vale, pero lo que sí de nada sirve es la ingenuidad de suponer que el castrismo está agotado cuando cuenta aún con amplios recursos al alcance de su mano –paralizantes hilos desde los cuales reactivar temores condicionados– en momentos en que el mundo democrático parece haber dado la espalda a nuestro drama. De ahí que este engendro puesto a dedo burle aún con sorprendente éxito las normas de la decencia y en los podios mundiales permisivos con regímenes análogos se llegue al colmo de reservarse a La Habana un cómodo asiento en el Consejo de Derechos Humanos de la indiferente ONU que no se entera de nada.



Amplia polémica ha generado la convocatoria de Archipiélago entre quienes la apoyan y quienes optan, de momento, por tácticas más conservadoras. Los primeros responden a una razón irrebatible: padecemos una situación económica y social insostenible en un país colapsado no sólo bajo una emergencia sanitaria sino, sobre todo, debido a décadas de ineptitud gubernamental que anquilosan todo nuestro tejido productivo; Cuba es un país paralizado por el mismo retrógrado discurso de plaza sitiada donde la pobreza y la desesperanza han alcanzado niveles insondables. Así pues, a estos valientes le basta con este pliego de justificadísimas razones para lanzarse a una protesta a la cual, dicho sea de paso, les asiste el derecho legítimamente refrendado en la Constitución vigente.



Quienes en cambio discrepan sobre le prudencia del lance lo hacen también desde una lógica irrebatible: sin garantías logísticas y sin una organización previa nucleada alrededor de líderes visibles que convoquen al pueblo desde presupuestos claros y creíbles, con metas alcanzables y al amparo de un apoyo exterior mínimamente efectivo de la diáspora cubana y de la comunidad internacional, será extremadamente difícil poner a la dictadura en una situación tan comprometida como para arrancarle concesiones perdurables o en última instancia sacarle del poder.



No son estos menos valientes ni peores patriotas que aquellos, no –en lo personal me consta– sino que hablan desde la certeza que otorga la experiencia de haber sufrido en carne propia la consecuencia de errores que hoy intuyen en esta nueva llamada; no hacen más que alertar para que no se repitan pifias de modo que todo termine redundando en beneficios para el régimen y en frustración popular que dinamite, más que fomente, la fe en convocatorias futuras. La reiteración de llamadas frustradas sería fatal en términos de condicionamiento negativo pues generaría un predecible desgaste que empantanaría la psiquis social. El régimen lo sabe y sobre esa cuerda pulsará sus mejores notas, a sabiendas de que no podría embridar a un pueblo desbocado y antes apostará por agotar nuestra capacidad de resistencia –algo también previsto por esta oposición “escéptica” que en estos días no ha temido hacer de aguafiestas.



La evidencia incontestable de los hechos apoya este enfoque de trasfondo estratégico sin duda correcto. De poco han servido, en términos prácticos, las temerarias salidas de la UNPACU durante varios lustros o el activismo de otros grupos como el Frente Antitotalitario Unido (FANTU), como de poco sirvieron las múltiples iniciativas de Estado de Sats o la ejemplar resistencia de las Damas de Blanco una vez consumada su indiscutible victoria en 2010, entre otros ejemplos loables, y hasta inspiradores, pero que guardan todos algo en común: ninguno ha logrado erosionar al régimen en sus más profundos cimientos. De todo esto se extrae una certeza: cualquier iniciativa o estrategia opositora en Cuba parece condenada al fracaso mientras no se logre suficiente poder de convocatoria como para que a su llamado se paralice el país en una huelga general indefinida o algo de análogo alcance.



No es censurable la valentía, o incluso la temeridad, cuando el guerrero parte a la batalla armado de razones, pero de poco sirven incluso las más justas cuando se lanza a una larga guerra desde falsos presupuestos, desconociendo la envergadura real del desafío, o desde la infundada ingenuidad de subestimar los medios y la crueldad del enemigo, si no se logra tener una visión realista de conjunto o cuando, con suprema ingenuidad, se espere dialogar con una contraparte que no ha enterrado jamás el hacha de la guerra. Ojalá que el martes 16 de noviembre por fin lo hayamos aprendido.





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