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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

El estólido performance de Cristina Escobar ante Díaz-Canel.







Los discursos prefabricados, como el de Cristina Escobar ante el puesto a dedo el pasado 19 de agosto –transmitido de forma diferida y prudentemente editado por la TV cubana– siempre destilan la misma falsedad: discurren los minutos y sólo escuchas babosadas que circundan los bordes de la herida sin dirigirse nunca al centro de la llaga, siempre evadiendo con mucha cautela ideas y palabras claves. Es precisamente ese el signo patognomónico que los distingue y denuncia como vulgares bufonadas, por eso escuchábamos a esta flamante “comunicadora social” decir “gobierno” en lugar de régimen, por ejemplo, o usar el eufemístico “construcción de omisiones” para referirse a la atroz censura impuesta desde siempre por el castrismo –¡con lo simple que habría sido llamar al pan, pan, y a la dictadura, dictadura!



Fue patético el alarde de temeridad de una señorita Escobar convocando a criticar “…a camisa quitada…” para acto seguido irse ella misma por las ramas y no llamar a las cosas por su verdadero nombre. Aunque hubo otros discursos, el de la Escobar concentra varias perlitas, por ejemplo cuando reconoció que en la Cuba del castrismo “…cualquiera manda sobre la prensa…” y que los dirigentes del Partido Comunista son quienes siempre han estado “…decidiendo cómo se cuentan las cosas…”. Dicho en menos palabras: reconoció que la prensa oficial cubana tiene como misión última lavar los trapos sucios de políticos demagogos, capaces de mentir –¡sacrílego decirlo en este país de dirigentes impolutos!– y en última instancia fomentar esa “…mentalidad de plaza sitiada…”, ese perpetuo sostén de la praxis represiva del régimen tristemente desplegada en toda su crueldad durante un histórico 11 de julio que, según reconoce la Escobar, su fatua prensa olímpicamente dejó pasar de largo.



Sabrá la señorita Escobar que si su periodismo de pandereta no salió a cubrir el 11 de julio fue porque prefirió plegarse a sus amos y dar la espalda al pueblo justo cuando más lo necesitaba. En el minuto exacto en que sus “periodistas” aceptaban con total naturalidad custodiar el edificio del ICRT de un hipotético asalto que nunca se produjo –pues la violencia nunca la inició el pueblo– otro edificio mucho más basto llamado Nación Cubana se estremecía bajo la sacudida telúrica de su pueblo a lo largo de todo este país en ruinas. Por eso cuando esos “profesionales de la comunicación”, haciendo gala de proverbial cobardía, escondieron la cabeza en el agujero para no reportar las inéditas protestas con que el pueblo demostraba su desprecio a los tiranos, traicionaban así la esencia misma de su profesión y renunciaban a la oportunidad de su vida para vindicarse después de tanta deslealtad.



Pero nadie puede negar nuestro legítimo derecho a la defensa, por eso allí donde no se atrevió a llegar la prensa oficial sí llegó el reportaje del pueblo que plasmó su inestimable testimonio en miles de fotos y videos que verifican tanto la energía de aquel mar de pueblo como la brutalidad que se le opuso para sofocar su grito. Por eso indignan tanto las edulcoraciones de esta cándida señora cuando llama “…imágenes nefastas…” –otro eufemismo para evitar decir bestial represión– a la perturbadora realidad: el desgarrador grito de impotencia y dolor de un pueblo que oponía sólo razones y puños desnudos a la brutalidad desatada por las hordas. Pero cuando más bajo cayó en su cinismo esta camaleónica diva fue cuando pretendió, en el colmo de su inescrúpulo, arropar como héroes a los cobardes que con tal saña apalearon impunemente, patearon, torturaron y encarcelaron a decenas de miles de semiadolescentes aquel memorable 11 de julio.



Escandaliza tanto servilismo. Cuando incluso aquellos que deben, en teoría, denunciar y fustigar a los culpables de la masacre optan por la complicidad al ofrecerse como bufones en la farsa, se confirman definitivamente un par de certezas: que el Día de la Dignidad Nacional fue para la Historia de Cuba el punto de no retorno que cerró a cal y canto cualquier posibilidad de auténtico diálogo con la dictadura, y que en su lucha por la libertad nuestro pueblo sólo podrá contar con el único periodismo auténtico de la Cuba de hoy, el Periodismo independiente, el que todos los días se juega la piel, la libertad y la vida en la calle bregando contra viento y marea, en desleal batalla, para que la verdad emerja contra las difamaciones de estos lamebotas de circo cuyos rostros el pueblo recordará mañana.



Esta grotesca puesta en escena evidenció el antagonismo irreconciliable entre los derechos de mi pueblo y los sucios intereses de la dictadura; deja al fin demostrado que el stablishment de La Habana sólo acepta “dialogar” cuando selecciona a conveniencia a sus interlocutores, decide a su antojo qué temas y hasta qué punto pueden ser tratados, siempre según sus propios términos y mientras no se cuestione su posición de poder. Valga esta lección como definitiva para todos los advenedizos “dialogueros” de última hora que dentro y fuera de Cuba todavía suspiran por cosecharle utópicas peras al olmo del castrismo.





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