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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

¿Existen los cubanos apolíticos?







Siempre me ha parecido mentira que haya cubanos apolíticos. Cuando escucho a un coterráneo decir dentro de la isla o en el exilio que la política no es lo suyo, y con enviar su remesita o garantizar el plato de comida a su familia en Cuba dan por establecido el orden universal, no puedo evitar una especie de náusea que me sacude el estómago. Siempre intento disimularlo, si le tengo delante, e incluso llego a evadir el tema en los foros de Internet, porque puesto frente al tema cuanta palabra me viene a colación llega frisando la ofensa.



La vida me ha enseñado a no juzgar con ligereza; de cierta edad a esta fecha mis vivencias me persuadieron de mil maneras –a veces bien cruentas– de que a fin de cuentas cada cual tendrá sus razones para conducirse de un modo u otro, pero sobre todo he llegado a la sabia conclusión de que no soy Dios para juzgar a nadie; pero aun así no logro controlar la náusea. Sinceramente no creo que bajo una realidad tan polarizada como la cubana, en la que se vive bajo el más despótico absolutismo, se pueda vegetar de modo que no te importe si cuatro viejos chochos y su grupo de sátrapas decida todo sobre tu vida.



Podría creer que un sueco, un neerlandés o algún que otro suizo pueda no interesarse en la política, pero cuando eres cubano y unos tipejos impresentables elegidos a dedo para gobernar deciden por ti qué puedes o no comer –y por consiguiente qué cagarás– y si hoy tendrás o no jabón para asearte aquello o papel higiénico para limpiarte lo otro, si puedes o no vender los aguacates de tu patio o traer a casa cuatro pescados, cuál música pasan o no en tu emisora, qué libro lees, qué puedes o no opinar en tu muro de Facebook o si podrás o no entrar y salir de tu propio país; en fin, cuando vives en un país donde absolutamente todo lo que suceda en tu vida suele ser decidido por cuatro ladrones a los que poco o nada le importas, entonces me sobrevienen serias dudas de que algo así pueda no importarte.



Sería más elegante, cubano que callas, sencillamente reconocer que tienes miedo. No hay nada malo en sentir miedo: es la emoción más básica y necesaria, no en balde la primera codificada en la vida, y aunque siempre excusaré al miedo jamás entenderé la cobardía, porque el primero es un comprensible reflejo vital, pero en cambio la segunda debe ser asumida y entendida como una filosofía de vida que puede llegar a aniquilar la dignidad humana.



¡Pero es tan vergonzoso reconocerse cobarde! De ahí que ese cubano que se dice apolítico en realidad paga a la dictadura su tributo de miedo mientras se cobija en su parcelita de egoísmo, agazapado en las miserias humanas de su zona de confort; convertido en no-persona renuncia a su amor propio y ya sin dignidad que defender reduce el mundo a un plato de lentejas, como si bastara con comer y cagar para que la vida mereciera la pena. No existe, en esencia, diferencia alguna entre este existir vegetativo y la rutina apenas orgánica de un cerdo o de un insecto.



Ignoro cómo lo logran, pero no son pocos los que ni siquiera se preocupan por cientos de jóvenes que desde el 11 de julio cumplen viles condenas en cárceles cubanas –después de todo, a fin y al cabo ¡no son familia suya!… o que poco les importa la entrada en vigor de un decretazo como el 35, entre otras joyitas del tardocastrismo. No, simplemente no creo posible insensibilidad semejante, todo en mí se resiste a aceptar que baste con beber la Coca Cola del olvido para bregar así por la vida; sería como escuchar de una mujer afgana que no se entera del regreso de los talibanes y que la reinstalación del fundamentalismo le resbala. ¡No, algo así no es ética ni prácticamente posible!



Por eso me muerdo la lengua ante esos insensibles lances de mediocridad humana, pero en cambio se me cura el alma cuando escucho a jóvenes como Yordenis Ugás –cubano plenamente realizado, consagrado en el deporte y que ya entró a la Historia del boxeo profesional mundial independientemente del resultado de su próximo combate con el astro Pacquiao– que no olvida a su gente brava y en la cima de su carrera dedica el combate de su vida al humilde pueblo cubano que lucha por su libertad. Poco importa lo que para el deporte suceda este sábado en Las Vegas: ¡ya Cuba eligió a su campeón y premió a su hijo, llena de orgullo, con el cinturón de la dignidad!



Ejemplos así me conmueven, me devuelven la fe en el género humano y no pueden menos que llenarme de orgullo. No puede dejar de contrastarse con el payaso de César La Cruz, erigido en testaferro del castrismo durante su final en Tokyo: un miserable de pandereta que traicionó a su pueblo cuando pretendió legitimar a unos asesinos que apenas días antes habían masacrado a su propio pueblo, a los mismos oportunistas que un día no lejano lo desecharán como trapo de cocina cuando deje de serles útil, como sucedió antes con cientos de campeones nuestros que hoy mueren de hambre en Cuba, pasada la gloria, abandonados.



Definitivamente no existen cubanos apolíticos: sólo existen cubanos dignos, dispuestos a poner su granito de arena y a pagar por ello su precio justo, como existen cobardes que prefieren callarse por miedo lo que piensan y simulan que no se enteran del insondable abismo en que se hunde la tierra que les vio nacer, eso es todo; no hay aquí más vuelta de hoja. Cubano que esto lees, debes elegir en cuál de estos dos únicos bandos vivirás tu vida, no hay alternativa posible; no bajo una barbarie como el castrismo. Si te ofende lo que digo ya no me importa –serán los resabios de la edad, o acaso la resaca del 11 de julio, no sé; ¿pero sabes?… ¡tampoco es que me preocupe demasiado!





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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega