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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Las deudas del castrismo: crónica de una estafa anunciada.





Aunque muy larga es la saga de engaños del castrismo, un par de noticias recientes son muy ilustrativas sobre su naturaleza inmoral: Argentina, en medio de inútiles esfuerzos, ha reclamado a La Habana 1300 millones de dólares adeudados por el gobierno de Fidel Castro desde 1973, mientras España acaba de frenar, por impagos, la condonación de otra deuda de 160 millones de euros reestructurada en 2015 bajo el gobierno de Mariano Rajoy. Entre los momentos en que ambas deudas fueron contraídas hubieron de transcurrir varias décadas, sin embargo durante ese prolongado rango de tiempo, comprobaremos como se mantuvo intacta algo que ha sido una constante en la evolución del castrismo: su archidemostrada capacidad para faltar a la palabra empeñada.



Que el régimen de los Castro siempre fue, es y será un sistema parasitario es una evidencia lapidaria. Ahí quedaron 30 años de financiamiento soviético dilapidado, y más de dos décadas de subsidios chavomaduristas malversados, para demostrarlo. Medio siglo de privilegios, de turbias gratuidades, de acuerdos favorecedores y pactos tras bambalinas sin que se hayan traducido de algún modo en términos de prosperidad para mi pueblo, ni hayan sido invertido semejante capital en la infraestructura del país de los edificios en ruinas, de los almendrones y el racionamiento eterno, avalan esta mala fama. Millones de cubanos son diarios testigos de que sólo ruina se ha acumulado a pesar estas “generosas” regalías.



Sin embargo, si algo no le ha faltado al castrismo en su insana historia de parasitismo obligado ha sido la suerte, porque hasta ahora cada vez que los Castro se vieron con el agua al cuello el destino, con algún golpe de timón, vino a salvarle los huevos. Extinta la era soviética, tras el sofocón de los 90 llegó Hugo Chávez para canjear petróleo por esclavos -en lo que ha sido quizás una de las mayores y la más duradera operación de lavado de dinero de la era contemporánea. Luego, muerto el líder y Venezuela en picada bajo la garra de Maduro, llega Obama y se abre de piernas, con lo cual Cuba se puso de moda por unos meses, tiempo suficiente para que los listillos de La Habana pactaran una jugosísima cadena de condonaciones.



Porque en cuanto Obama sonó la campana del bingo todos pensaron que Cuba se abriría por fin a los inversores, olieron la oportunidad fantasmal y se abalanzaron salivando tras el espejismo hasta morder el anzuelo. De repente aquella maratón de imprudentes olvidadizos decidió perdonar los antiguos desagravios: el Club de París condonaba una deuda de 8484 millones de dólares en intereses -comprometiéndose La Habana a pagar los 2364 millones restantes durante los siguientes 18 años- y mientras México olvidaba 487 millones de dólares de deuda petrolera asumida 15 años antes, Uruguay le perdonaba la menudencia de 50 millones, en tanto la España de los Meliá condonaba casi 1500 millones de euros, mientras un astuto Japón, más cauto, aceptaba perdonar dos tercios de su deuda -una propinita de 1.17 millones.



Un par de precedentes, nada desdeñables, aún retumbaban en los estrados: sólo en 2011 China le había perdonado a Cuba ¡6000 millones de dólares! adeudados en préstamos, y en 2014 Rusia había renegociado su histórica deuda, contraída por La Habana bajo la égida soviética, que oficialmente ascendía a 35000 millones de dólares, y tras condonar ¡el 90% del total! convenió que el restante 10% -unos 3500 millones- ¡sería invertido en Cuba! ¡Vaya suerte la de esta gente de Birán! ¡Ah!… lo que Raúl Castro concedió a cambio de tan generoso trato ¿…? ya eso es harina de otro costal. Luego pasó el tiempo y pasó un águila por el mar, pero lo que nunca pasó fue la ineficiencia de ese régimen impuesto al pueblo cubano, las ominosas consecuencias de la desastrosa gestión de su gobierno indolente y corrupto y la ruina que todo ello genera.



Todos estos hechos y antecedentes han contribuido a que la profundísima crisis “coyuntural” atravesada hoy por Cuba sea acaso más penosa, más profunda aún y con peores pronósticos, que aquel eufemístico Período Especial del Fidel Castro de la primera mitad de los 90. Aunque son muchos los elementos que nos apoyarían al considerar ambos períodos como diferentes etapas de una crisis ininterrumpida que ya abarca tres décadas, y descontando, con muy buena fe, algún lustro de los 80 -salvedad sin la cual dicha crisis se habría perpetuado durante los últimos 60 años- cabría destacar varios elementos que otorgan algunos rasgos distintivos a la crisis actual.



En este momento, a un evidente vacío de liderazgo debido a la falta de capacidad y nulo carisma de Díaz-Canel -sometido al control que desde la sombra aún ejercen, apoyados por la línea más dura, los herederos del clan Castro- habría que añadir el agravante de que ya el mundo se la pilló con los truhanes de La Habana. Una vez caídos en la trampa ya quedaron todos definitivamente aleccionados sobre la verdadera catadura de estos jodedores criollos, por eso hoy por hoy -exceptuados el subsidio venezolano y las limosnas rusas o chinas obviamente condicionadas- será en extremo difícil que alguien se atreva a otorgar nuevos préstamos a una economía medieval de fuerzas productivas paralizadas, en continua e inequívoca involución, regida por cleptómanos, corruptos y gobernantes que huelen a estafa por todos sus costados, sin mercados demasiado atractivos y con una legislación que parece diseñada a medida para espantar inversionistas.



Si a estas graves limitaciones, inherentes al régimen, se suman los nubarrones que oscurecen su horizonte norte y le recuerdan que la administración Trump sigue decidida a apretar los bornes, comprendemos por qué el tardocastrismo -puesto además ante un pueblo cada vez más agitado y molesto- se está viendo el trillo cada vez más color de hormiga. Esa encomiable saga de robos, estafas y escamoteos acumulada por estos pillos a lo largo de seis décadas deberían bastar para que nadie ponga en duda su mala fe, pero también además de un costo moral tiene un irreparable costo en credibilidad perdida, y la dictadura de un modo u otro pagará por ello, dictadura que haciendo gala indiscriminada de su vocación, a la hora de estafar no distingue entre países ricos del mundo capitalista desarrollado y hermanos pobres del tercer mundo.



Sólo cuando reflexionamos sobre estas millonarias e inmerecidas condonaciones, a pesar de lo cual el castrismo no deja más que la destrucción del país como legado, con una infraestructura anclada al siglo XIX y un pueblo más pobre y desgraciado que nunca, nos percatamos de cuán insondable ha sido el mal que nos ha provocado esta abominación.



Pero ya a nadie más podrán engañar los malhechores con sus lágrimas de cocodrilo. Como definitivo antídoto bastaría recordarles -como una estimación apenas de la envergadura del desastre- que sólo durante un reciente trienio entre México, Japón, China y Rusia eximieron a La Habana del pago de 40.000 millones de dólares -una suma que representa ¡el 50%! de su PIB actual- y comprobar que tampoco esto sirvió de nada. Frente a esta evidencia nos invade la absoluta certeza de que la Historia de ningún modo podrá absorber a semejantes truhanes, sino que al final los condenará como lo que realmente fueron: unos auténticos ladrones que defalcaron hasta la saciedad el tesoro público de la nación de todos los cubanos.



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