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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Cambiar o no cambiar en Cuba: esa es la cuestión.





Quien desconozca la inagotable capacidad de simulación y cinismo de la dictadura castrista podría encontrar detrás de las recientes palabras del administrador de turno de la finca Birán una sincera llamada a las reformas. Cuando Díaz-Canel, en un admirable rapto de sinceridad, acepta públicamente que “… no podemos seguir haciendo lo mismo en el ámbito de la economía, porque de esa manera no se obtienen los resultados que necesitamos…”, no hace más que confirmar tácitamente algo que han planteado hasta la saciedad, durante décadas, amplios sectores de la sociedad cubana.



Coinciden en esta urgencia tanto el militante comunista que disiente, aún sin desmarcarse de su trinchera, como el opositor más furibundo y frontal; desde el analfabeto funcional que vegeta su día a día en la cola del pan hasta el más afinado economista; desde el más conspicuo jubilado hasta el encumbrado director que choca con los cortafuegos creativos y la comprobadísima ineficacia inherentes a la empresa estatal socialista; todos coinciden, puede asegurarse, excepto la crápula de retrógrados nonagenarios que aún clavan la retranca en el freno del tren.



Aunque discrepen al señalar las causas del desastre -embargo norteamericano vs. bloqueo interno- cada vez aparece más nítida y generalizada la percepción común de que Cuba está obligada a dar un giro radical y profundo en su accionar económico, porque la situación actual es insostenible y en caso de no acometerse cambios serios, sustanciales y definitivos, nos hundiremos, con cada minuto que pase, en una cada vez más abyecta ruina total.



Por supuesto que si en Cuba seguimos haciendo lo que estamos haciendo seguiremos logrando lo que estamos logrando. Es un principio tan antiguo como el hombre, y nada se le añadió en las empolvadas lumbreras del Comité Central. Que el modelo económico soviético jamás se ajustó a nuestra idiosincrasia, y que nunca funcionó, ni funcionará, era algo que sabía con certeza Fidel Castro, como lo sabe muy bien el hoy este apocado Raúl Castro y también, ¿cómo no?, el administrador Díaz-Canel. No funciona si entendemos como tal haber logrado el bienestar del pueblo cubano, pero quien -tal como lo hace el castrismo- lo entienda en el sentido de mantener el control lo más herméticamente posible sin importar consecuencias sociales, económicas, ni morales, entonces hallará que el esquema ha funcionado casi a la perfección. Es una elemental cuestión de puntos de vista.



No funciona ni funcionará por una cuestión de esencia, y esto lo sabe también la cúpula de poder de La Habana en pleno, todos los altos dirigentes del stablishment cubano, todos los históricos que chochando todavía nos joden la vida y todos los generales retirados y en activo. Seis décadas de fracasos y ruina debieron ser suficientes para convencer hasta al más acérrimo defensor del régimen si no fuera por esa calamidad humana llamada fanatismo.



La situación de hoy es, en varios aspectos, más compleja y desesperada que durante el momento más crítico de los 90. En medio de un vacío de autoridad -pues Díaz-Canel carece de carisma y hasta el momento no ha dado ninguna muestra de carácter frente a los “históricos”- y con Venezuela tocando fondo, China y Rusia como aliados estratégicos pero cansados de los timos criollos, y perfumados los de la Plaza de la Robolución con una merecidísima fama de mala paga por estafar a media humanidad.



Hace poco el gobierno cubano volvió a entrar en moratoria de pagos, a pesar de que hace apenas un lustro le fueron condonados decenas de miles de millones de dólares por el Club de París, Rusia, y otros países acreedores tentados por la apertura Obama que puso a la antilla de moda por unos meses. Sólo la deuda arrastrada de la era soviética ascendía a ¡35000 millones de dólares!, de los cuales, recordemos, se condonó el 90% mientras el 10% restante se invirtió en Cuba. Pero ni siquiera este golpe de buena fortuna logró rescatar al castrismo de la ruina y hoy, dejada pasar la oportunidad, ya es tarde: el mundo definitivamente se la pilló, y ahora los estafadores de La Habana no encontrarían financiamiento serio, ni inversores fuertes de capital o crédito de ningún tipo ni siquiera moviendo todos los caracoles de Guanabacoa.



Aunque para los entusiastas en exceso tendría el neocastrismo el mismo antídoto de siempre, mil veces avalado, con una eficacia a toda prueba: la demagogia. Esa arma infalible, la constante de Fidel Castro, le ha demostrado su valía tantas veces que esta vez también podría hacerlo. Porque de nada valdrían los discursos de austeridad si esta no es practicada por todos, y por los castristas primero que nadie. De nada valdrían los anuncios de cambio si nada es respaldado por un cuerpo de leyes vinculantes que garanticen los debidos derechos de esos cientos de miles de emprendedores que desde dentro y fuera de Cuba sólo esperan la oportunidad que siempre les ha sido negada, y si no son derogadas aquellas otras que por décadas han obstaculizado la autonomía operativa y lacerado la confianza en la autoridad y su credibilidad política.



De nada valdrán los anuncios altisonantes mientras no sean respaldados por pruebas inequívocas que devuelvan a todos la imprescindible confianza de que esta vez ningún advenedizo dirigente oportunista, policía político, o juez parcializado tendrán potestad para arruinar a un productor o empresario debido a trasfondos políticos o arbitrariedades de ningún tipo, a sabiendas de que les ampara un justo cuerpo de leyes y mediante juicios imparciales podrían terminar defenestrados o guardados tras las rejas.



De nada valdrán los llamados a elevar la productividad mientras continúen vigentes leyes que faculten a la Fiscalía General, con el contubernio del ominoso DTI, para tocar a la puerta del productor agropecuario que gestiona de sol a sol las tierras ofrecidas en usufructo por el Estado para mostrarle un expediente de 10 cm de alto -donde consta cada ilegalidad en que se vio obligado a incurrir porque así lo dispone un absurdo orden de cosas- y luego decomisarle hasta la ropa que lleva puesta; todo mientras la estatal Empresa Nacional de Acopio continúa abandonando a su suerte cosechas podridas en el campo, y persisten condenas a décadas de prisión por sacrificar una vaca -absurdo sólo explicable cuando se entiende su obvio potencial de chantaje para reclutar delatores al servicio de la Seguridad del Estado.



De nada servirán los reiteradas convocatorias a la inversión extranjera si continúan siendo excluidos del llamado a los cubanos que desde el exilio exigen su genuino derecho a invertir en el país que les vio nacer o vio nacer a sus padres. Es inconcebible que continúen cerradas estas puertas que tanto capital oxigenado pueden inyectar a la nación cubana sólo por marginaciones políticas.



Tampoco sirve de nada aumentar salarios sin respaldo productivo, como no sea para devaluar la moneda y disparar la inflación -ley económica número uno- ni ensayar esta variante de dolarización propuesta ahora en medio de este pasmoso desabastecimiento. Cuba necesita un inaplazable reemerger que no se producirá en ningún caso sin una apertura enérgica y sincera que devuelva a su tejido económico esa esperanza mil veces traicionada.



¿Pero arriba dije cambio…? ¡Horror! Porque siempre habrá quien insista en hallar similitudes entre el cambio ineludible y necesario y el caos total o la apocalipsis zombie, sin duda, porque si alguna palabra siempre ha levantado suspicacias y urticantes recelos en la anquilosada psiquis de la dictadura ha sido precisamente esa. ¡Cambio!, antítesis de estatismo, ese mal endémico tras el cual se parapetaron, en perfecta geometría histórica, Fidel y Raúl Castro, como hasta ahora este Díaz-Canel que cándido redescubre hoy el agua fría.



Esta fatal manía cubana de tender a los extremos y evadir la prudencia de los centros, tal vez nos impida comprender que cuando algo deja de ser socialismo de cuartel no tiene por qué derivar necesariamente en capitalismo salvaje neoliberal, y que existen fórmulas intermedias implementales que también podrían garantizar condiciones más idóneas para un crecimiento productivo sostenido y autónomo, jamás parasitario, manteniendo además las debidas garantías sociales y sin comprometer de ningún modo la soberanía nacional.



Aunque hemos sido engañados tantas veces que ya no soportamos escuchar otra mentira. Jamás hubo en la Historia cubana, antes del castrismo, un des-gobierno que cometiera contra mi pueblo tantos atropellos durante tanto tiempo, que perpetrara una traición tan atroz, ni despreciara a mi pueblo de un modo más visceral. Ahora está en manos de Díaz-Canel demostrar si puede, o quiere, emanciparse del férreo dogmatismo de los ultraconservadores, que ya nada pueden ofrecer, y opta por liberar las fuerzas productivas llamadas a salvar este país y dar sentido a una esperada apertura que, como se puede ver, nunca sería completa si no llega junto a profundas reformas políticas. Queda en sus manos enmendar el inconmensurable daño que se nos ha hecho; cualquier otro camino sería patinar sobre la misma mierda, palabrería barata. Sólo el tiempo dirá si tuvo el coraje de hacerlo o si pasará a la Historia como un cobarde más.



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