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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Donald Trump unchained.





El coronavirus ha sacado de control a Donald Trump. Es evidente que el presidente no calibró el tsunami que se le venía encima, y por eso a principios de la pandemia se le oía brabuconear, casi jaranear, con aquello de que para pascuas esperaba “…las iglesias llenas a rebosar“. Pero lo más desconcertante de su desenfoque es que a estas alturas, a pesar de la evidencia, aún no parece pillársela. Poco le dicen los más de 2400000 infectados y 169000 fallecidos a nivel mundial, ni los más de 700000 infectados y 42000 muertes que ya ha cobrado dentro de EE.UU. la epidemia. Nada ha bastado para disuadir al cowboy, que insiste en regresar a la “normalidad” a un país donde, según aseguró el pasado martes 14 de abril, ya “…ha pasado el pico de nuevos casos“, a pesar de que sólo un par de días después el mal cobrara, en una sola jornada, un récord de 4491 vidas estadounidenses.



Es evidente que el presidente no está siendo bien asesorado. Quien desde ese país asegure hoy, aún implícitamente, que la tormenta va quedando atrás cuando todavía aumentan los contagios y las muertes, no está calculando con objetividad la gravedad del drama. Sólo entre el anuncio de la reapertura por Trump el pasado 16 de abril y la confección de este post el Covid-19 mató en EE.UU. a alrededor de 10000 personas, a pesar de lo cual este newyorquino duro y de pura cepa no dejó de atacar a quienes desde posiciones más sensatas apuestan por mantener las medidas de confinamiento en los estados que lo ameriten.



El pistolero desenfundó en Twitter contra todo lo que se opuso a la reapertura. “Libérate Michigan!…”, y así igual con Minnesota y Virginia, y como si fuera poco les atizaba a hacer uso de la Segunda Enmienda que otorga derecho a portar y usar armas de fuego, apenas horas después de varias protestas contra el confinamiento en Michigan, Ohio y Carolina del Norte, cuando esta es la única estrategia válida mientras no se disponga de una vacuna efectiva y precisamente en un país con tan larga tradición en tiroteos y masacres de civiles.



Pero el pueblo de EE.UU. hoy tiene ante sí un peligro quizás mayor que el coronavirus. Aunque no todos se aperciban podemos estar ante un parteaguas histórico cuando vemos a Trump, unchained, perder los estribos ante la nación y asegurar amenazante ante sus gobernadores en pleno que “…Cuando alguien es Presidente de los Estados Unidos la autoridad es total… y así es como debe ser“. Aunque al día siguiente intentó matizar su discurso fueron aquellas palabras desde el corazón, y no estas moduladas por quienes después le advirtieron del exceso, las que dibujan de cuerpo entero la faceta despótica del actual presidente.



El despropósito encontró un inmediato rechazo. La congresista republicana Wyoming Liz Cheney, hija del exvicepresidente, enseguida replicó vía Twitter: “…no tiene poder absoluto…”, para luego recordar que la 10ma Enmienda establece que “…los poderes no delegados a los EE.UU. por la Constitución, ni prohibidos a los estados, están reservados a los estados o al pueblo“. Aunque ninguna reprimenda mejor que la de Andrew Cuomo, Gobernador de New York, cuando de forma lapidaria sentenció ante CNN que “…El presidente no tiene autoridad total. Tenemos una Constitución. Nosotros no tenemos rey.”



Sin embargo no debemos olvidar que el presidente acaba de salir airoso de un proceso de impeachment y por lo mismo se siente seguro y empoderado. Ya hemos asistido a lo más cercano que podríamos estar en norteamérica a una purga estalinista, si tomamos en cuenta los funcionarios recién defenestrados por él, muchos de los cuales testificaron en su contra. Una larga lista que incluye entre lo más reciente a nombres como Michael K. Atkinson, ex-Inspector General de los Servicios de Inteligencia; John Rood, Subsecretario de Defensa de Política del Pentágono (invitado gentilmente a dimitir); Teniente Coronel Alexander Vindman, Experto en Ucrania del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca, entre otros muchos.



Es ante crisis como esta cuando los pueblos deben atizar mejor sus sentidos porque la bestia, aunque parezca dormida, acecha y lanzará el zarpazo al menor descuido. De ejemplos está llena la Historia. Llámense Mussolini, Hitler, Stalin, Ceausescu, Somoza, Stroessner, Pinochet, Mao, Castro o la dinastía Kim, compartían todos en común la máxima absolutista de Luis XIV, “El Estado soy yo”, y en su enajenación segaron decenas de millones de vidas humanas durante el Siglo XX; la misma filosofía que sostiene hoy regímenes en Cuba, Nicaragua y Venezuela.



¿Que estamos en pleno Siglo XXI y USA es un país tan grande, con una democracia tan sólida y unas libertades tan bien garantizadas, con una división de poderes a toda prueba? Pues para degenerar en tiranía, por más inaudito que pueda parecer, a este, como a otros pueblos y en otros momentos, le bastaría con esa confusa mezcla de idolatría, miedo y desesperanza que le bastó a la Italia de los años 20, a la Alemania de los 30 o a la Cuba de los 60 para deponer, poco a poco, los derechos de todos en manos de una casta agazapada que luego se cristalizó en análogas dictaduras. Remember people la Patriotic Act, dictada por Bush junior, por no ir más lejos.



Todo dictador, desde la antigüedad, se parapetó en una “necesidad” general inaplazable, en una determinada urgencia y obró inexorablemente en nombre del pueblo. Jamás dictador alguno ha reconocido su codicia y sus ansias de poder, sino que su praxis siempre ha supuesto un presunto bien para pueblos incautos y demasiado crédulos que terminaron por cavar la tumba de su democracia, fraguaron su propia esclavitud y cuando intentaron reaccionar fue demasiado tarde porque la dictadura, como ladrón en la noche, había acaparado ya todo el poder, aniquilado todas las instituciones y secuestrado sus derechos. Lo sé de primera mano porque siendo cubano he comprobado, con dolor propio, la vieja sentencia de que quien desestime las lecciones de la Historia terminará condenado a repetirla.



Empujar a la calle a millones de personas en el país más golpeado por el Covid-19 a nivel mundial cuando la pandemia todavía puede repuntar, es una inexcusable irresponsabilidad de la administración Trump. Más que cuestionable, podría ser tomado como un acto de prevaricación cuando se falta de ese modo a la obligación que como gobernante tiene de proteger a su pueblo. Es deber de un líder asumir sin titubear las decisiones más difíciles y acertar en ellas, decir a su pueblo la verdad por dolorosa que sea, no agazajarle con mentiras piadosas, hacer concesiones al vulgo, ni edulcorar discursos con verdades a medias. Alguien con el botón nuclear al alcance de la mano debería mostrar más autocontrol y humildad para vadear la crisis y no, por facilismo político, ceder a la avaricia empresarial o al prurito popular. Pero al sheriff parece no importarle, y las playas de Florida reabrieron justo al día siguiente de batir un nuevo récord de contagios, y continuaron las protestas contra el confinamiento estimuladas, sin duda, por la arenga de su comandante en jefe.



Las consecuencias de esta precipitada decisión no tardarán en llegar: en pocas semanas se puede producir allí un alza exponencial de contagios y un aumento vertiginoso de las muertes, a lo que seguiría en pocos días el colapso de todos sus sistemas de salud con pérdidas económicas finales consiguientemente mayores que las que se habrían sufrido de haberse asumido a tiempo, y mantenido con prudencia, las actuales medidas de contención, algo que parece no estar siendo advertido por el equipo del presidente.



Ningún país está preparado para una crisis sanitaria y social de semejante envergadura, sin excepciones. Ojalá en EE.UU., como en otros países que se han tomado la crisis con demasiada ligereza, se impongan pronto la cordura y el sentido común. De no ser así, y ante la predecible demora en alistarse una vacuna -única solución a la vista- la epidemia puede terminar por cobrarle al pueblo estadounidense muchas más vidas, y en menos tiempo, que todas las guerras del siglo pasado juntas. Debería reflexionar sobre ello este sheriff fuera de serie. Un país como EE.UU. no se gobierna como se administra una corporación. Eso es algo que el Señor Trump debió saber al hospedarse en la Casa Blanca.



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