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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Propagación del coronavirus en Cuba: factores a favor y en contra.





En el caso cubano ¿qué factores influirán a favor o en contra de la propagación de la actual pandemia de coronavirus? Respuesta sujeta a múltiples variables en cualquier país, y no debe ser el nuestro la excepción. Las normas de desplazamiento que la globalización impone hace que ningún país del Siglo XXI permanezca inmune a la penetración de la plaga, pero en nuestro caso confluyen circunstancias que cualquier análisis estará obligado a tener en cuenta.



Entre las condiciones llamadas a ralentizar y/o detener el avance de esta pandemia dentro de Cuba debemos citar su Sistema Nacional de Salud unificado en todo el país, lo cual favorece una toma rápida y centralizada de decisiones a ser ejecutadas con la necesaria celeridad, así como una retroalimentación operativa de las estadísticas epidemiológicas en tiempo real. La existencia de un único Sistema de Educación pública ya posibilitó a las autoridades posponer temporalmente el curso escolar; medida bien orientada pero contra la que conspira el escaso acceso telemático del alumnado debido a nuestra limitadísima penetración de Internet.



En este sentido será igualmente esencial mantener el cierre de todas las fronteras, el estricto cumplimiento de la cuarentena en los cubanos que regresan del extranjero y la limitación al mínimo posible de los movimientos interprovinciales, todo esto potenciado por la concurrencia de un sistema político de matiz autoritario y de una población condicionada a obedecer después de seis décadas de absolutismo, lo cual debería facilitar, al menos en teoría, cualquier medida de confinamiento masivo, así como el cierre de todas las empresas que el Estado, como dueño absoluto, estime necesario.



En cuanto a los factores favorecedores de la propagación del Covid-19, el primero a citar, paradójicamente, se deriva de la que debería ser nuestra principal fortaleza, el Sistema Nacional de Salud, pero en este caso en lo tocante al deterioro atroz de su infraestructura hospitalaria, algo constatable en prácticamente todos los centros asistenciales de un país que durante seis décadas he enarbolado como bandera propagandística una “excelencia” que no es tal, debido a la desidia administrativa acumulada en todos sus niveles.



No hablo aquí de carencia de equipamiento avanzado; hablo de policlínicas y hospitales semiderruidos, hablo de consultorios improvisados en antiguos puestos del agro, cuyas condiciones, bajo otras latitudes, bastarían para clausurarlos por insalubridad, desprovistos de agua corriente, acondicionados apenas con una pintada de cal viva, mal iluminados y peor ventilados. Hablo de la escasez o falta absoluta de insumos, desde reactivos de laboratorio hasta una larguísima lista de medicamentos cuya ausencia en nuestras farmacias ya se ha vuelto endémica.



A todo esto debemos sumar la insatisfacción de un personal sanitario con múltiples frustraciones profesionales, diezmado por el constante éxodo de colegas, ya sea hacia las Misiones Médicas oficiales o bien emigrados, que somete a quienes permanecen trabajando en Cuba a una penosa sobrecarga de trabajo no retribuido, profesionales cuyo altruismo y elevadísima calidad humana -de lo cual tengo una absoluta constancia- han sido muy mal correspondidos por un sistema que los irrespeta con un salario miserable, por no hablar ya de la previsible escasez de los más básicos medios de protección, imprescindibles ante la crisis que se avecina, y que someterá al personal sanitario a una situación de riesgo desmesuradamente alta.



Es lógicamente predecible que este vulnerable sistema colapse en caso de que la situación epidemiológica se desborde, como ha sucedido en decenas de países donde ya el Covid-19 provocó, de modo global, cientos de miles de infectados y amenaza con cobrar decenas, si no cientos de miles de muertes -cientos de ellas registradas ya entre el personal médico- incluso en el primer mundo y ante sistemas sanitarios más organizados y suficientes que el nuestro.



A estas ineludibles condiciones objetivas y subjetivas de nuestra infraestructura sanitaria deben añadirse las actuales condiciones económicas y sociales del país. Atraviesa Cuba un momento muy crítico de desabastecimiento de alimentos y demás productos básicos -bautizado con eufemismo por Díaz-Canel como “período coyuntural”- sólo comparable con la etapa más triste del “período especial” bajo Fidel Castro durante los 90. Esta perenne y brutal carestía obligará al 90 % de los cubanos a someterse al muy real y altamente probable riesgo de contagio en las constantes, caóticas y tumultuosas colas para comprar desde un trozo de pollo congelado, hasta un rollo de papel higiénico o cualquier otro producto de nuestro Vía Crucis diario.



En un país donde hace más de 30 años no se concibe la idea de salir de compras de una vez, se presenta así este desabastecimiento generalizado como la oportunidad de oro del Covid-19, para hacer de las suyas a todo lo ancho de la isla, marcando de primero en cada cola y llevándose por delante a muchos abuelitos, sus típicos protagonistas. En un país donde predomina la economía informal y el mercado negro impone el ritmo, ese 90 % de las familias seguirá saliendo cada día para resolver su diario plato de comida, no porque esto se haya agudizado con el coronavirus, sino porque ha sido así durante los últimos 60 años.



Bajo tales circunstancias será difícil persuadir a la población sobre una certeza impuesta por la experiencia a nivel mundial: la inevitavilidad del confinamiento masivo como única medida efectiva hasta el momento para controlar la epidemia. Y todo esto en medio de la perenne y muy lamentable situación de la vivienda -hoy por hoy uno de los problemas más graves del país- que impone el hacinamiento forzoso de 3 o 4 generaciones bajo el mismo techo, algo llamado, sin duda, a insidir como factor clave de diseminación del virus.



Ya Cuba ha reportado oficialmente más de medio centenar de casos, y los modelos estadísticos pronostican para el Covid-19 un patrón de diseminación exponencial, por lo que se debe prever un rápido incremento en su incidencia durante las próximas 2 a 3 semanas, con un pico epidemiológico que nadie puede determinar aún según lo observado en países como Italia, España o Estados Unidos.



Una baja percepción de riesgo entre la población, favorecida en buena medida por el discurso trivializado de las autoridades de La Habana, conspira contra la seguridad de todos, sobre todo ahora, cuando más efectivo sería adoptar las más estrictas medidas de contención, cuando aún no se ha generalizado el incendio y puede evitarse aun que se extienda al resto del bosque. Porque si bien no se debe ser gratuitamente alarmista, mucho peor y más absurdo sería la inoportuna confianza ante un peligro inminente. Prever es la palabra de orden. Este es el momento de aplicar las medidas de confinamiento masivo, al menos en la capital del país y en cada municipio donde se confirmen casos de Covid-19. Más valdrá temprano que tarde: la experiencia respalda esta estrategia como el único modo de detener el mal.



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