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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Carta de un ciudadano cubano a Díaz-Canel.





No, Señor Administrador, Cuba no necesita hacer las paces con los Estados Unidos de Norteamérica para salir adelante, porque el futuro de este país no puede ser supeditado a la relación con ningún gobierno extranjero, sino que pasa por mantener una relación fluida e interactiva con la mayor cantidad posible de socios comerciales, mediante una economía dinámica genuinamente abierta al mundo, y en lo político tan independiente como naturalmente lo sugiere su condición de archipiélago, al margen de cualquier subordinación o chantaje.



Tal vez al pronunciar esta sentencia en su subconsciente reverberaban largas décadas bajo una dependencia absoluta de economías foráneas -llámese hoy chavomadurismo venezolano, como ayer estalinismo soviético– durante las cuales la naturaleza satelital inherente al régimen de La Habana hilvanó una ininterrumpida línea de parasitismo, sin la cual el engendro cubano habría colapsado en pocos años hundido por la indiscutible mediocridad de su arquitecto en jefe.



Sin embargo Cuba no necesita a pesar de todo, ni necesitará Señor, que la dictadura que Usted hoy regenta normalice sus relaciones con Estados Unidos. Cuba sólo precisa, y esto sí ingentemente, que quienes de un modo tan brutal la desgobiernan decidan normalizar las relaciones con su propio pueblo, y para ello no será necesario mirar al norte en busca de concertaciones con Washington, ni al sur para rapiñar el petróleo de Caracas; como tampoco al oeste remoto de Mao, ni al este postperestroiko de los nuevos zares. A Cuba le bastaría, para salir del abismo, con gozar de un pleno Estado de Derecho.



Bajo un auténtico Estado de Derecho los cubanos podrían agruparse bajo diferentes partidos, que desde su pluralidad propondrían disímiles salidas a los gravísimos problemas generados por la anquilosis de los octogenarios históricos, y podrían fundirse sobre bases sólidas los pilares de una democracia participativa. Esto generaría una pujante sociedad civil que conminaría a sus gobernantes a rendir cuentas por sus actos con seriedad y no como hasta ahora, erigidos en juez y parte. Pero como esto sería poco probable en términos prácticos, aquí le ofrezco, Señor Administrador, otra salida que como verá no implica la renuncia de su Gobierno, sino que sólo mejoraría el nivel de vida de mi pueblo.



Para esto bastaría con liberar el mercado interno, crear las condiciones legales que generen un clima contractual de confianza entre productores de todo tipo y de garantía para el fruto de sus esfuerzos; otorgar a todos estos productores y empresas privadas y familiares la necesaria personalidad jurídica que les permita gestionar con autonomía real su propio mercadeo dentro y fuera de Cuba, sin las interferencias que hasta hoy la atenazan, así como crear un sistema fiscal que garantice una tributación justa, universal y organizada de la cual nadie estaría exento.



Se debe autorizar y estimular sin cortapisas, e incluso priorizar sobre todas las demás, una inversión a gran escala de nuestros emigrados, algo completamente coherente con su derecho natural como cubanos, aunque también se debe abrir el país sin temor -previo rediseño del marco legal y siempre velando por los intereses de la nación- a la imprescindible inversión extranjera, pero sobre bases realistas y no bajo las leoninas reglas impuestas bajo la actual Ley 118.



Bajo normas sociales más civilizadas cualquier individuo, haciendo uso de una libertad de opinión real, podría denunciar cualquier abuso ante una prensa libre o iniciar un debido proceso judicial contra cualquier autoridad que transgreda sus derechos. Todo esto crearía condiciones idóneas para que en poco tiempo prospere nuestra mediana y gran empresa privada, tras lo cual en pocos años, nadie lo dude, se dispararían nuestros índices de desarrollo para bien de todos, y no para beneficio exclusivo de una rancia casta de neoburgueses. Pero esta nueva Cuba no florecerá mientras no cedan terreno los déspotas que hoy controlan los resortes del poder político, quienes perpetúan una autocracia cristalizada según el esquema mental del caracterópata que hace 60 años traicionó al pueblo, y esto, Señor, es un paso al cual no están dispuestos los dueños del garito.



Tal como se presenta la coyuntura, cualquier solución verdadera al problema cubano debe incluir que esa nomenclatura histórica que aún lastra nuestro avance abdique definitivamente de sus funciones y se dedique mejor a criar jutías, cediendo paso a un gobierno renovado sinceramente reformista, que piense en grande como país y no como secta política.



Por eso puede Usted, Señor Administrador, comenzar por pedirle a sus patrones que de una vez por todas se aparten del camino de este pueblo que los detesta, y verá como en el transcurso de una sola generación el nuestro se convertiría en un país irreconocible, de economía próspera y pujante, porque muy grandes son nuestras ansias de libertad, limitadas no tanto por el embargo que desde afuera se granjeara el discurso litigante de Fidel Castro, como por el bloqueo interno que Usted recién acaba de reconocer como quien descubre el agua fría.



Aunque, por abreviar, bastaría que su gobierno, Señor Administrador, ratificara los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y los de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que por camaleónica cobardía engavetara Raúl Castro una vez firmados hace más de una década, lo cual implicaría, por supuesto, su obligatorio carácter vinculante con la Ley vigente, de modo que tomen cause efectivo para millones de cubanos todos esos humanos derechos.



Señor Administrador, cuando dejemos de ver fantasmas detrás de cada cepa de plátanos otro gallo cantará. ¡Apartemos a los dictadores y veríamos con orgullo como el mundo hablaría en pocos años del milagro cubano! Pero que esto suceda nunca dependerá de normalizar relaciones con el Gobierno de Estados Unidos, sino de la exacta medida en que el Gobierno tardocastrista que hoy Usted tan dócilmente gestiona abandone su praxis de matón de barrio, deje de comportarse como un Estado policial totalitario y decida coexistir en paz con su propio pueblo.



En fin, y dicho en menos palabras, comience por replantear desde los cimientos toda la estrategia política y económica del país para romper con este inmovilismo atroz y propicie condiciones que permitan emprender entre todos los hijos de la patria, desde dentro y fuera de la isla y sin distinción de credos políticos, el impostergable camino hacia el desarrollo de la nación cubana.



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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega