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Spanish post from Mermelada by Fernando Dámaso

Entre “raíces”

Los aborígenes cubanos, siboneyes y taínos, se encontraban en un etapa de desarrollo muy primitiva de la civilización en el momento de la conquista, y apenas dejaron huellas importantes en la identidad nacional.



En 1492 llegaron los colonizadores españoles, estableciendo las “raíces primigenias”, con sus costumbres, idioma y cultura, sembrando las primeras semillas de lo que, con el paso del tiempo, sería la identidad nacional.



Se considera que en 1502 (una década después) se introdujeron los primeros esclavos africanos en Cuba, en reemplazo de la mermada mano de obra aborigen. Los esclavos africanos ocuparon, en la escala social, una situación inferior a la de los aborígenes. Es en esta época donde aparece la denominada “raíz africana” en nuestra aún no formada nacionalidad, aunque su influencia es bastante pobre, ya que se limitaba al espacio de los barracones, donde se hacinaban los esclavos, sin otra influencia trascendental en la vida de la colonia.



Con el paso de los años, las originales “raíces españolas” se permean con las africanas, chinas y de otros emigrantes venidos a la Isla, conformando el “ajiaco cultural” del que hablara Don Fernando Ortiz, pero debe tenerse presente que, como en todo buen “ajiaco”, la “proteína” la aportaron las “raíces españolas” y las “viandas” las africanas y de otras nacionalidades.



En el crisol de la las luchas por la independencia se unieron descendientes de españoles (la mayoría), de africanos, de chinos y de otras nacionalidades, dando surgimiento y desarrollo a la identidad nacional.



En el Censo de 1953, el último realizado durante la República, el 72,8% de los habitantes de la Isla correspondía a la población blanca, el 14,5% a la mestiza (mezcla de blancos y negros), el 12,4% a la negra y el 0,3 a la amarilla (china). En este escenario, la religiosidad mayoritaria era la cristiana, preferentemente la católica con más del 70%, y la minoritaria la de las religiones africanas y de otro tipo. Hoy estos porcientos han variado, pero aún se mantiene la supremacía blanca y la religiosidad cristiana en forma de sincretismo.



Durante los años de la República y, en muchos de los del socialismo, la población negra y mestiza fue discriminada, principalmente en lo relacionado con sus creencias religiosas y la práctica de las mismas, hasta que, más por conveniencias políticas que por sentido de justicia, dejaron de constituir una impedimenta para pertenecer a determinadas organizaciones políticas y ocupar algunos cargos oficiales. Esto potenció el auge de la cultura africana, principalmente en la música, los bailes y las artes plásticas, así como la masiva “iniciación de santos y santas”: en el caso de los nacionales, por esnobismo, y en el de los extranjeros, por exotismo tropical. Debe señalarse que, alrededor de esto último, se ha desarrollado un lucrativo negocio, con precios que oscilan entre los dos mil y cinco mil CUC, para lograr la “iniciación” por los “babalawos”.



Esto no significa que no hayan existido ni que existan creadores artísticos talentosos, que profesan estas religiones y defienden sus “raíces africanas” en sus obras. Sin embargo, abundan también los mercaderes, que han hecho de lo “africano” la materia prima para obtener abundantes y fáciles ganancias.



La potenciación oficialista de las “raíces africanas”, en detrimento de las “españolas”, siempre ha respondido a conveniencias políticas, así como para anteponerlas a la mayoritaria religión católica, menos adicta al sistema económico, político y social implantado en el país. De ahí su proliferación nacional, obviando que la mayoría de los cubanos siempre han cantado habaneras, sones, boleros, guarachas y otras canciones, y no cantos africanos, y que han bailado zapateo, vals, contradanza, danzón, mambo, chachachá, pilón y otros bailes, y no bailes africanos. Estos últimos, en uno y otro caso, han quedado relegados a grupos folklóricos o étnicos muy específicos en algunas regiones del país.



Resulta llamativo que, cuando miles de cubanos, a finales de los años noventa del pasado siglo, decidieron hacerse de una ciudadanía extranjera, optaran por la española y no por la de ningún país africano. Tampoco a nuestras afrocubanas (afrocubanos) les interesa contraer nupcias con ciudadanos africanos, sino que prefieren españoles, europeos, norteamericanos y hasta latinoamericanos.



Parece que las “raíces africanas”, a pesar de su imposición por las autoridades y sus edecanes, no han podido suplantar a las “raíces españolas” y lo que ellas representan para los cubanos, independientemente del color de su piel.



Los aborígenes cubanos, siboneyes y taínos, se encontraban en un etapa de desarrollo muy primitiva de la civilización en el momento de la conquista, y apenas dejaron huellas importantes en la identidad nacional.



En 1492 llegaron los colonizadores españoles, estableciendo las “raíces primigenias”, con sus costumbres, idioma y cultura, sembrando las primeras semillas de lo que, con el paso del tiempo, sería la identidad nacional.



Se considera que en 1502 (una década después) se introdujeron los primeros esclavos africanos en Cuba, en reemplazo de la mermada mano de obra aborigen. Los esclavos africanos ocuparon, en la escala social, una situación inferior a la de los aborígenes. Es en esta época donde aparece la denominada “raíz africana” en nuestra aún no formada nacionalidad, aunque su influencia es bastante pobre, ya que se limitaba al espacio de los barracones, donde se hacinaban los esclavos, sin otra influencia trascendental en la vida de la colonia.



Con el paso de los años, las originales “raíces españolas” se permean con las africanas, chinas y de otros emigrantes venidos a la Isla, conformando el “ajiaco cultural” del que hablara Don Fernando Ortiz, pero debe tenerse presente que, como en todo buen “ajiaco”, la “proteína” la aportaron las “raíces españolas” y las “viandas” las africanas y de otras nacionalidades.



En el crisol de la las luchas por la independencia se unieron descendientes de españoles (la mayoría), de africanos, de chinos y de otras nacionalidades, dando surgimiento y desarrollo a la identidad nacional.



En el Censo de 1953, el último realizado durante la República, el 72,8% de los habitantes de la Isla correspondía a la población blanca, el 14,5% a la mestiza (mezcla de blancos y negros), el 12,4% a la negra y el 0,3 a la amarilla (china). En este escenario, la religiosidad mayoritaria era la cristiana, preferentemente la católica con más del 70%, y la minoritaria la de las religiones africanas y de otro tipo. Hoy estos porcientos han variado, pero aún se mantiene la supremacía blanca y la religiosidad cristiana en forma de sincretismo.



Durante los años de la República y, en muchos de los del socialismo, la población negra y mestiza fue discriminada, principalmente en lo relacionado con sus creencias religiosas y la práctica de las mismas, hasta que, más por conveniencias políticas que por sentido de justicia, dejaron de constituir una impedimenta para pertenecer a determinadas organizaciones políticas y ocupar algunos cargos oficiales. Esto potenció el auge de la cultura africana, principalmente en la música, los bailes y las artes plásticas, así como la masiva “iniciación de santos y santas”: en el caso de los nacionales, por esnobismo, y en el de los extranjeros, por exotismo tropical. Debe señalarse que, alrededor de esto último, se ha desarrollado un lucrativo negocio, con precios que oscilan entre los dos mil y cinco mil CUC, para lograr la “iniciación” por los “babalawos”.



Esto no significa que no hayan existido ni que existan creadores artísticos talentosos, que profesan estas religiones y defienden sus “raíces africanas” en sus obras. Sin embargo, abundan también los mercaderes, que han hecho de lo “africano” la materia prima para obtener abundantes y fáciles ganancias.



La potenciación oficialista de las “raíces africanas”, en detrimento de las “españolas”, siempre ha respondido a conveniencias políticas, así como para anteponerlas a la mayoritaria religión católica, menos adicta al sistema económico, político y social implantado en el país. De ahí su proliferación nacional, obviando que la mayoría de los cubanos siempre han cantado habaneras, sones, boleros, guarachas y otras canciones, y no cantos africanos, y que han bailado zapateo, vals, contradanza, danzón, mambo, chachachá, pilón y otros bailes, y no bailes africanos. Estos últimos, en uno y otro caso, han quedado relegados a grupos folklóricos o étnicos muy específicos en algunas regiones del país.



Resulta llamativo que, cuando miles de cubanos, a finales de los años noventa del pasado siglo, decidieron hacerse de una ciudadanía extranjera, optaran por la española y no por la de ningún país africano. Tampoco a nuestras afrocubanas (afrocubanos) les interesa contraer nupcias con ciudadanos africanos, sino que prefieren españoles, europeos, norteamericanos y hasta latinoamericanos.



Parece que las “raíces africanas”, a pesar de su imposición por las autoridades y sus edecanes, no han podido suplantar a las “raíces españolas” y lo que ellas representan para los cubanos, independientemente del color de su piel.



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