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Spanish post from Mermelada by Fernando Dámaso

El general del Capitolio

El general Gerardo Machado Morales, al asumir el cargo como quinto Presidente de la República, restauró la continuidad de los generales-presidentes, brevemente interrumpida por el mandato anterior del Dr. Alfredo Zayas. Ocupó la alta magistratura durante dos periodos consecutivos, no pudiendo concluir el último, entre el 20 de mayo de 1925 y el 12 de agosto de 1933. Aunque no se erigieron estatuas ni monumentos a su memoria, excepto algún que otro busto y la denominación oficial con su apellido de alguna avenida o calle, que fueron destruidos y sustituidas las denominaciones después del término abrupto de su segundo mandato, indirectamente dejó dos monumentos importantes, que han resistido el paso del tiempo: la Carretera Central y el Capitolio Nacional.



En su primer periodo de gobierno llevó como Vicepresidente al señor Carlos de la Rosa y, al asumir el poder, hizo que el Congreso de la República aprobara una Ley de Obras Públicas, que lo facultaba para llevar a cabo el vasto plan de edificaciones y carreteras que había prometido durante su campaña electoral, bajo el lema de “agua, caminos y escuelas”. Para su ejecución exitosa contó con el talento, el profesionalismo y el dinamismo de su Secretario de Obras Públicas, el doctor Carlos Miguel de Céspedes, conocido popularmente como “El Dinámico”. Sus más importantes logros fueron: la construcción de la Carretera Central, que enlazó pueblos y ciudades a todo lo largo del país y permitió la comunicación y el desarrollo económico de extensas zonas, considerada como una de las siete maravillas de la ingeniería cubana, aún en uso actualmente, nunca superada dada su elevada calidad constructiva; la del Capitolio Nacional, como sede del Poder Legislativo; la de la Universidad de La Habana, con su elevada escalinata de ochenta y ocho escalones; la del Parque de La Fraternidad, del Paseo del Prado, de la Avenida del Palacio Presidencial y de la plaza y monumento a las víctimas del Maine; la construcción del acueducto y del alcantarillado de las ciudades de Pinar del Río, Trinidad y Santiago de Cuba; la pavimentación de las calles de las ciudades de Santa Clara y Camagüey; las edificaciones públicas en Matanzas, Santa Clara, Jovellanos y otros lugares y la organización de un eficiente servicio de limpieza diaria de la ciudad de La Habana. Aparte de a las edificaciones y construcciones, dedicó también su atención a mejorar las costumbres públicas, depurar los tribunales, aumentar las escuelas primarias elementales, creando además las escuelas superiores, las de Comercio, la Escuela Técnica Industrial de varones y a reformar los Planes de Estudio, mejorar las comunicaciones, la sanidad y la hacienda pública y a diversificar la producción del país, desarrollando la agricultura y la industria, así como estableciendo aranceles ventajosos, tratados de comercio y logrando la estabilización de la industria azucarera.



Los éxitos alcanzados en las múltiples actividades emprendidas, le ganaron al gobierno y a sus más cercanos colaboradores, el aplauso y la simpatía de gran parte de la población, lo cual propició el absurdo endiosamiento del gobernante, haciendo que éste no prestara la atención debida a la solución de algunas de las principales insatisfacciones de la ciudadanía, como eran: la necesidad de aplicar métodos honestos y democráticos de gobierno, ajenos al favoritismo, al peculado y la dictadura, así como eliminar la corrupción política, donde los tres partidos existentes (Liberal, Conservador y Popular) aplicaban el denominado “cooperativismo político”, que consistía en no hacer oposición al régimen y vivir en contubernio con él, dividiéndose las prebendas. Esta situación antidemocrática, le permitió prorrogar sus poderes y, en 1928, modificar la Constitución, elevando a seis años el periodo presidencial y de los representantes, a doce el de los senadores, cuyo número aumentó de 24 a 36, suprimir la vicepresidencia, crear en La Habana un Distrito Central en sustitución de la alcaldía y prohibir la reelección presidencial, aunque no aplicable a él en ese momento.



Todas estas arbitrariedades acumuladas de carácter dictatorial, más su gobierno de mano dura, generaron una gran oposición, en la cual participaron personalidades honestas, estudiantes, obreros y el pueblo en general, que poco a poco se fue sumando, a la cual respondió el gobierno con prepotencia y represión, incluyendo continuas violaciones de los derechos ciudadanos, detenciones arbitrarias, golpizas y hasta asesinatos políticos. La agitación política, que durante los días en que se realizó la Sexta Conferencia Internacional Americana en La Habana, a la cual acudieron los Ministros de Relaciones Exteriores de las repúblicas americanas y el Presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, quien fue huésped de Machado, se mantuvo en un compás de espera, se desencadenó al terminar ésta, con la decisión del general de presentarse como “candidato único” de los tres partidos a la elección presidencial, en la cual salió electo, algo que desagradó aún más a la opinión pública. A la tensa situación política existente y a la intransigencia gubernamental de facilitar una solución, se sumó la desastrosa situación económica que obligó al Gobierno, a partir de enero de 1930, a rebajar los sueldos de los funcionarios y empleados del Estado, acompañado esto posteriormente por un estancamiento de los negocios y del comercio, donde escaseaba el trabajo, produciéndose una depresión económica que alcanzó su grado máximo a mediados de 1933.



Los estudiantes universitarios y de los institutos, durante estos años, incrementaron la lucha frontal contra el régimen. Anteriormente se habían producido los alzamientos del general Mario García Menocal y del coronel Carlos Mendieta, de Antonio Guiteras en Oriente y de Blas Hernández en Las Villas, así como el desembarco de la expedición del ingeniero Carlos Hevia y Sergio Carbó por Gibara que, aunque no tuvieron éxito, agregaron leña al fuego, entablándose una lucha violenta entre la oposición y el Gobierno, materializada en una ola de terror que había venido creciendo y que ya abarcaba a ambos bandos, incrementada con la constitución del ABC como organización clandestina para la lucha contra el régimen. Esta situación hizo que el Presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Rooselvet, decidiera enviar a Cuba como embajador de ese país a Benjamín Sumner Welles, un experimentado diplomático en asuntos latinoamericanos, quien debería actuar como mediador entre la oposición y el Gobierno. Acordada la mediación entre ambas partes, ésta se dilató demasiado y, el 5 de agosto, estalló una huelga general, lanzándose a las calles la población el día 7, al recibir la falsa noticia de que el Gobierno de Machado había caído. La represión fue violenta por parte de las fuerzas gubernamentales, produciéndose muchos muertos y heridos, lo que obligó al Ejército a retirarle el apoyo que hasta entonces le había brindado, conminándolo el día 11 a renunciar “a fin de salvar a Cuba de la intervención extranjera”. Sin fuerzas militares que lo apoyaran, Machado se vio obligado a abandonar el país. Al conocerse la noticia de su huída, ahora sí confirmada, la población tomó las calles y se desataron numerosos disturbios, destrucción de propiedades, incendios, ajustes de cuentas y otros actos violentos a lo largo y ancho de la isla, contra las personas vinculadas al régimen. En evitación de un vacío de poder, la presidencia la asumió por breves horas el general Alberto Herrera, quien había sido Jefe del Ejército y fungía entonces como Secretario de Guerra y Marina, y había sido el militar que exigió a Machado la renuncia, el cual fue reemplazado, también por breve tiempo, por el doctor Carlos Manuel de Céspedes, quien representaba a los estudiantes y otros revolucionarios.



El general Gerardo Machado aparece en la historia de Cuba como una figura contradictoria, detestable para la mayoría de los historiadores. Si bien es verdad que durante sus últimos años de gobierno, mostró sus peores características como político y como persona, prohibiendo la libertad de pensamiento y su expresión pública, entronizando la violencia y la represión y llegando hasta el asesinato político, como forma de enfrentar a quienes no acataran sus deseos, olvidando el diálogo como forma civilizada de resolver las contradicciones, también es verdad que fue combatido con la misma saña y violencia por sus opositores, mediante atentados, sabotajes y otras actividades, que hoy recibirían el calificativo de actos terroristas. A pesar de ello, durante su presidencia, además de ejecutarse algunas de las más importantes obras ingenieras y de arquitectura en toda la historia de Cuba, incluyendo hasta nuestros días, las cuales disfrutamos los cubanos y nos enorgullecen, también dedicó importantes esfuerzos a la educación, a la salud, al desarrollo económico del país y a su industrialización. Su figura, dejando de lado los esquemas, las palabras y los juicios que, en un momento de ira, algunas personalidades emitieron -y que tanto les gusta a las autoridades repetir- no puede verse sólo en blanco o en negro, sino que hay que valorarla en todos sus matices, colocando en una balanza todo lo negativo y todo lo positivo. Sólo así es posible ser justos.



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