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La familia Loynaz y Cuba

Manuel Díaz MartínezLa editorial Betania ha publicado, en ediciones impresa y digital, el libro La familia Loynaz y Cuba, de Luis García de la Torre, con prólogo del ensayista y profesor cubano radicado en México Alejandro González Acosta. En este libr...

 





Photo caption: Casa en ruinas de los Loynaz. (Cibercuba)



14ymedio,Manuel Díaz Martínez, Las Palmas de Gran Canaria, 21 January 2018 -- La editorial Betania ha publicado, en ediciones impresa y digital, el libro La familia Loynaz y Cuba, de Luis García de la Torre, con prólogo del ensayista y profesor cubano radicado en México Alejandro González Acosta.



En este libro se nos brinda una lúcida y apasionante panorámica de los Loynaz, una de las familias más literarias de la historia de Cuba, desde el padre, Enrique Loynaz del Castillo, General del Ejército Libertador, hasta Dulce María, su hija mayor, y los hermanos de ésta: Enrique, Carlos y Flor.



En su prólogo, Alejandro González Acosta describe este libro como la crónica de la familia Loynaz y también el "homenaje a una forma de ser, de sentir y de estar en Cuba que ya no es y quizá nunca más vuelva a ser".



Luis García de la Torre (La Habana, 1973), poeta y profesor, reside en Santiago de Chile, donde enseña Lengua y Comunicación en la Universidad de Chile. Es autor del poemario Rave Party (2002).



Reproducimos el último capítulo del volumen con permiso del autor.



VI. Flor y Dulce desmontan un feliz año viejo



En Línea y 14 es la casa. Casi ya no está. La ruina y el descascaro roído en malestar es lo que se ve. Y viceversa. La mediocridad de borrar físicamente el predio de una estirpe, en aquel entonces juvenil, que no se dejó tomar, ni joven ahí ni más tarde ya viejo, por los restos de esa otra Habana. Hijos de la más intrépida descendencia latina y mambisa. La casa ajada por la sal y el mal gusto de más de medio siglo. La literatura sin embargo endiosa.



Ahí tomaron una rica limonada muchas figuras de las letras latinoamericanas e hispánicas. Dieron avance de obras cumbres que respectivos países han tomado para sí. Defendiendo a cada hijo y vanagloriándose de que su tierra le haya dado un talento tal.



Sin embargo, hoy, váyase a la Ciudad de La Habana en Cuba, busque el barrio del Vedado, llegue a Línea y 14 y entenderá dos cosas: una, de por qué me es imposible marcar la desidia que socialmente simboliza la casa en este párrafo; y dos, verá cómo esos restos de palacete señorial son la revancha, la respuesta antisistema ante los que aún creen que ahí hubo para ellos algún resarcimiento.



En Calle 19, luego de ser habitada desde el año 1947, y llegado 1959, de 1960 a 1997 se vive un enclaustro voluntario, un enclaustro convencido de que afuera era mejor no mirar, ni personal ni socialmente, lo que ocurría, o lo que se frustraba.



Décadas de violencia social contra la persona, o contra el inmueble, que es lo mismo. Años de silenciamiento en un entorno caracterizado por el talento literario inigualable hasta hoy, y la historia mambisa como no existiría en vida más hasta su muerte. Y 19, que por casi medio siglo todos veían cuando pasaban, bien señorialmente dormida en el descuido y la mugre, desde el 5 de febrero del 2005 funge como centro cultural. Lugar de promoción literaria.



Después de habitar 57 años la casa, es demasiado el compromiso con sus rejas, sus murallas, sus arcos, sus lozas, sus conversaciones, y la estancia entonces llega a ser su habitante y su habitante respira y siente por sus piedras. Se conformaron: uno símbolo del otro, uno raíz y tronco del otro.



Y hoy, esté la casa en mejores condiciones físicas o carcomida, espiritualmente cariada o quimérica, fue tan recio lo que se vivió en ella que se manifestará constante y por siempre en lo sublime de esos linderos, en su historia, en la del Vedado y en la de toda Cuba. Y en la Quinta no cesa la afluencia, es un aire de imaginería. Alquimia, Ruiz de la Tejera, Lichi, Edmundo, Gabo, Birri, Ullmann, Brandauer, Pérez, Titón, Chijona, Daicich, Cumaná y cientos de los creadores más importantes del mundo.



De la herencia de antaño, en la sala, un pequeño medallón que estaba roto y un bargueño ubicado por la parte de la entrada. Después estaba la escalera monumental con una armadura tártara a sus pies. Una armadura de caballero y seis cuadros antiguos. Muy antiguos. Muy borrados por el tiempo. Muy ajados.



Cuando pasabas al vestíbulo, después, pasada la entrada, había aquel enorme San Miguel Arcángel matando a un dragón de bronce. Subías y te encontrabas con un vestíbulo que daba acceso a dos habitaciones con una especie de biblioteca raída. Las habitaciones eran cuartos de huéspedes. En el de la derecha, girando en ciento ochenta grados, una capilla. Era una sensación monumental. La capilla era un salón que te encontrabas con todo lo que habían tenido las iglesias habaneras. Todas las iglesias habaneras. Se había conformado de las iglesias, de los antiguos conventos, de las ventas de Santa Teresa, de Santa Catalina de Siena, de Santa Clara.



Recorrieron todos los lugares de La Habana Vieja durante más de cincuenta años comprando a una señora que se llama Doña María. Una anticuaria española residente en la casa El Ras. Habían hecho una verdadera capilla donde se conservaban angelotes del siglo XVII, cuadros auténticos de imágenes religiosas, exvotos de monjas. Eran cantidades de piezas fabulosas. Estaba organizada hasta con bancos, con reclinatorios. Cosas curiosas.



Antes de llegar Los Sobrevivientes, la casa estaba en ruinas. Existían muchos objetos. Porcelanas, había maravillosas porcelanas rotas, innumerables. Jarrones de alabastros. Esculturas sin cabeza. Eran muchísimas, eran como seis. Antes de subir, después que pasabas el salón, estaban dos habitaciones llenas de tarecos. Y por el pasillo historiador, en el último cuarto, el de Flor. Era impresionante. Una cama neoclásica. Un escaparate. Una coqueta. Una cantidad de papeles realmente asombrosos.



Era el verdadero archivo de Flor. Era un archivo fabuloso. Papeles que estaban en esa habitación junto con el féretro. Féretro de madera antigua. Ella decía que acostumbraba en él a dormir la siesta. Eran más bien bromas. Se sentía con Flor verdaderamente un sentido de que el tiempo no terminaba. Flor era una mujer que tenía muchas cosas que decir. Las decía. Pero no las decía todas. O las decía a medias. O también temía dar alguna interpretación.



Había llevado una vida un poco ligera. Había tentado a la sociedad. Había sido una mujer principal de la sociedad habanera. No había tenido gustos de señora de casa. Sí estilísticos y estéticos. No había conservado la tradición de familia como Dulce María.



El valor que tuvo Flor para enfrentar la vida fue el silencio en que conservó de todo. Se llevó silencios muy grandes, porque lo vivió todo. Sabe Dios todas las profecías que vivió Flor alrededor de todos esos personajes. Y de muchos de los cuales no nos habló. Y que no logramos ahora quizás ni captarlo. Las personas que acudían a la Quinta no tenían la amplitud. Las fiestas eran abiertas y menos distinguidas en cuanto al auditorio y a las personas. En la Quinta entraban gente que no eran del mundo social de ellas. Entraban a divertirse. Con Dulce María era lo contrario.



Las tertulias de Dulce María antes de la revolución, en el 59, están registradas todas en el diario La Marina en la Biblioteca Nacional de Cuba. Están en todas las crónicas sociales. Cuando Dulce María recibía, porque Dulce María por el cargo del esposo, tenía que recibir a toda personalidad ilustre que venía por La Habana, y eran registradas en la Crónica Social Habanera correspondiente. Así que, anterior al 59, Dulce María tuvo un mundo social. Del 46 al 59 ¿a quién no recibió Dulce María en Calle 19?



Pero la gente que iba a 19 no era la gente que iba a Quinta Santa Bárbara. El mundo del arquitecto no era el mundo del connotado, porque Dulce María tenía que cuidar cada diálogo, cada conversación. Existe el álbum de bodas que está publicado en Islas Canarias. El segundo álbum de boda de Dulce María.



En ese álbum aparecen los salones de Dulce María del 57 al 59. Iba asentándose toda la sociedad. Iba por ejemplo Lily Hidalgo de Conill, las Ponce de León, los apellidos ilustres las Montalvo, los Sarrá. Todo un mundo social muy señalado: empresarios, gente de letras, letras Ateneo, letras Chacón y Calvo, letras Artes y Letras, Universidad de Villanueva y de la Universidad de La Habana. Los antiguos apellidos: Aguas Claras, Josefina de Cárdenas, Raúl de Cárdenas y Rosita Jibacoa de Marco.



Eran esos arados. Dulce María dio muchos arados. Porque el ámbito de dar ella como fiestas y goces sociales y estéticos eran producidos por una sensación de ser gente. De atraer hacia su casa todo lo más granado que pasaba por La Habana. O vivía en ella. Pero nunca Flor tuvo la preponderancia social, ni el tacto social de Dulce María. Flor era vista en la sociedad habanera como un bicho raro. Como un objeto inculto. Notorio. Nadie se acercó a Flor.



En las veladas de la Quinta se servía bebida cruda. Eran bien retiradas. No tenían un fin altruista. El matrimonio de Flor duró poco tiempo. Y estas cosas ella las hacía sola, con amigos y algunas amigas que no eran amigos de Dulce María, o no estaban en el ámbito de Dulce María. La relación entre ellas era por momentos tirante. Era dura. Tuvieron épocas sin hablarse.



Era difícil. Dulce se mantenía así por tiempo. En 19 había una nunciatura. Dulce María tenía un sentido funerario para las horas. Para el pasar del tiempo. Había momentos en las conversaciones que estaba muy ausente y que no se podía abordar. No se podía preguntar. Había que escuchar lo que ella quisiera contestar.



Flor tenía la obligación de pasar días en 19 y días en Santa Bárbara. Se temía que producto, no de enajenación, sino producto de la lejanía fuera asaltada la casa. Sucedió en varias ocasiones. No existía ningún custodio. No podía manejar dinero. En muchos momentos personas llegaban con un papelito: "Dulce María dale cinco pesos al portador". Esa era la forma de comunicación económica de Flor. Todo el dinero se concentraba en 19.



Dulce María administraba los gastos mínimos de Santa Bárbara. Había un sentido de patriarcado, o de matriarcado, de Dulce María con respecto a sus hermanos. Flor no era completamente una criatura realizada. Se encontraba aplastada por la presencia de Dulce María. Delante de un retrato muy lindo que había en el comedor de la casa Santa Bárbara, de una Dulce María muy juvenil, Flor tomaba un café. Sentada en un juego de comedor de palisandro grande con doce sillas. En frente también el cuadro El suplicio de Guatimozín, donde estaban además todas las Ediciones Príncipes, tomaba café y sentía mucho temor.



Se había confesado mucho a Dios porque había tenido mucha envidia siempre del talento que Dios le había concedido a Dulce y no a ella. Y además sentía que Dulce sabía hacer todas las cosas y ella no. Dulce María, tenía que haber amado mucho decía. Y le pedía a Dios muchos votos, por el destino de Dulce María y su triunfo. Dulce María tenía que ser eterna. La admiración se sentía como envidia, y le era castigo. Eran métodos de vida completamente distintos. Flor meditaba mucho en el comedor. De esto y lo otro.



Allí tenía sus lecturas preferidas. Libros dedicados por Dulce María. Ídem en su cuarto. Su cuarto y el comedor eran los de mayor estancia. No se sentaba nunca afuera. Tenía cierto temor a ser observada. Aunque era capaz de salir de noche con dos pistolas del General a ver quién estaba en la maleza. Ahí sorprendió a un viejito que después fue su criado. Lo trajo preso a la casa y se hicieron amigos tomando un café.



En su cuarto Flor tenía un lugar de refugio. La cama siempre estaba destendida. Y siempre estaba limpia. Era una mujer limpia. La casa estaba abandonada sí, sin embargo, se veía que la habitaba un ser. Una casa donde hay polvo, donde hay telarañas, pero una casa donde el tiempo transcurre al unísono. Ya no había a nadie en la servidumbre.Estaba sola completamente. El lugar era verdaderamente tenebroso.



Ella se pasaba temporadas en casa de Dulce y se regresaba de nuevo. Había mucha soledad. Tanto igual en 19. Estaban completamente solas. Estaban con una soledad de esas desgarradora. La casa de Santa Bárbara, durante más de 20 años, hasta el 83 que se desmontó, se convertiría en el depósito de objetos. Vendidos baratísimo. Se cedieron muchos al Museo Nacional, a muchísimas instituciones. Regaló la capilla, al Padre Fusiño, para que fuera la capilla de la del parroquial mayor de Sancti Spíritu. El mobiliario de la Quinta había estado antes en Línea.



Muchos de los muebles, y objetos de arte, y la colección de cuadros habían sido objetos que habitaban en Línea. Ese conjunto, esos mobiliarios fueron a parar en su mayoría a la Finca. Como regalo de la familia a Flor. Porque en Línea cada una de ellas tenía una casa. Existía la gran casa de la Quinta del Alemán, por la esquina. Cuando Flor se casó se construyó el pabellón anexo. El pabellón con sentido egipcio. Lo construyó el esposo de Flor, el arquitecto. Allí vivió Flor su amor con él. Después se fueron para la Quinta Santa Bárbara.



Y eran los muebles de Jardín. Jardín se termina de escribir en el año 1935. Existen dos manuscritos de esa novela. Uno que se publicó y otro que no se publicó. Al final termina ella en una página: "he escrito una obra inmortal, 1935". Todo lo que estaba en Jardín, todo lo que estaba en aquellas casas de Línea, aquel conjunto monumental, todo ese mobiliario fue repartido. No mucho fue para la casa de 19. Dulce tenía un sentido de conservar algunas cosas. Pero en su mayoría se trasladó a Santa Bárbara. Santa Bárbara fue como un reducto del recuerdo juvenil de Jardín. A Santa Bárbara va a parar toda la niñez de ellos.



Flor fue una mujer interesante. Daba consejos sanos, muy elegantes. Tenía un sentido del tiempo real. Que el tiempo tiene que hacer el envejecimiento de las cosas. O sea, no se tienen que añejar las cosas, solo el tiempo. Si la polilla coge un libro y lo devora es interesante porque la polilla ha hecho su obra sobre el papel.



La galería de cuadros preciosos que ascendía la escalera. Que eran cuadros realmente interesantísimos y originales casi todos. Eran de pintores de cualquier escuela, lo mismo había de escuela flamenca que escuela española.



Estaban muy raídos. Eran preciosos. Eran de personajes que habían sido conquistadores, y representantes de la nobleza en Cuba. Había uno precioso que era un caballero hidalgo español. Otro también religioso, tenebroso, muy bonito. Eran seis cuadros. Esos cuadros estaban ya en malas condiciones, la tela se había deshilada toda. Pero eran cuadros que habían pertenecido a una rama de la familia y que se habían reunido ahí. Para muchos son los cuadros que estuvieron en Jardín.



No había ningún cuadro de flores, ni de frutas, ni de vida. Eran cuadros muy austeros, muy tristes. No existía profusión de cuadros a no ser de temas tristes. Ella decía que era necesario el añejo de ellos. Que tenían que deteriorarse porque sí. Que las polillas tenían que comer. Que Dulce estaba mal en cuanto a conservarlo todo. Que era imposible conservarlo todo. Que esos cuadros estaban ahí y que se quedarían en la pared. Y efectivamente se quedaron ahí hasta su muerte, muy llenos de polvo.



Flor no quería restaurarlos. Decía que no. Que no era necesario. Que el tiempo tenía que transcurrir. Que tenía que destruirlo de todas maneras. No tenía ningún interés en conservar nada. Nada absolutamente. Tenía que observar el tiempo transcurrir. O sea, era una vida que no quería morir. Ella no quería morir. Su agonía fue muy dura, fue en 19.



Ella no deseaba morir, pero al mismo tiempo quería que todas las cosas fueran reales. Que todo fuera real. Que las cosas tenían que morir y los gusanos comer. Flor tenía ese diálogo fuerte. Estaba en contra de restaurar, de venerar el pasado. Veneraba el pasado pero como vida. Por ejemplo, con la taza de Lorca.



La taza en la vitrina que era de Lorca, de la vajilla de Jardín. Y recordaba cuando iban los dos de madrugada a despertar a algún poeta, o cuando tomaban una limonada debajo de los jardines de la finca. Dulce no quería recordar ni hablar nunca de esos asuntos. Esas veladas que Flor hacía con Lorca de madrugada traían mucha gente. Gente de los muelles que entraban. Lo que Dulce prohibía, Flor callaba. Los enigmas. Los secretos familiares no se podían decir. Los hermanos que tenían una vida más alegre. Por eso Lorca llegaba, saltaba, tocaba el piano, gritaba y reía en aquellos jardines en Línea. A Dulce le molestaba todo aquello.



Santa Bárbara era un palacio abierto desde que tú entrabas. Desde que tú veías el sarcófago y veías a Napoleón en su cuarto. Estaba además San Loynaz. La preciosa imagen del santo San Martín de Loynaz, que fue un mártir en el Japón. Un jesuita. El primer santo de la familia, el patrón de Guipúzcoa. Era el santo que protegía a las familias en el siglo XVII y XVIII en Guipúzcoa. Fue un franciscano martirizado por los japoneses y después canonizado. Es el santo de esa región.



En el año 46 Dulce María fue invitada y escribió La excursión a San Loynaz. La poetisa no era de mucho cuidar su árbol genealógico, sin embargo tenía una veneración por San Loynaz. Y así escribió varias epístolas. Todo esto fue comprado. El museo de Santa Clara se quedó con maravillas. Le compró toda una vida. Ahí se podrían ver unos jarrones con las batallas de Napoleón. Gabriel García Márquez compró la casa para crear la FNCL con muchos de sus muebles. Eran los de Jardín.



El tiempo de después de la revolución no existía. La tecnología para ellas no existía. La revolución se quedó anquilosada. Dulce María era muy amiga de Juan Marinello. Cierta vez le cerraron las puertas de la casa de 19, por E. Decían no se podía tener una casa con dos entradas.



Le escribió a Juan Marinello. William Gattorno llevó personalmente la carta. Juan Marinello fue muy locuaz. Se ocupó del asunto de las Loynaz. Juan Marinello era un verdadero amigo de Dulce María, pese a las distancias políticas. Se sentían unidos por algún ancestro. Desde el punto de vista poético. Desde el respeto profesional. Juan contestó y la ayudó.



Es bonito ya que a pesar que ellas tenían ese nexo, y de que existían esas personalidades afuera, la revolución no entraba en aquel recinto. Por lo que consideraron a Juan Marinello un gran amigo. Él tenía interés por las Loynaz. Claro cuando entrabas en casa de las Loynaz el mundo era de abanicos, de porcelanas, era otro mundo. Cuando triunfa la revolución ellas no querían observar. Se encerraron a vivir y a ver.



Dulce María hizo un corto viaje a los Estados Unidos en el 59. Regresó enseguida y se quedó a ver lo que pasaba. Su esposo viajó. Estuvo ausente 12 años hasta el 72. Regresó a La Habana y en el 74 murió. La hija del General no tiene por qué abandonar el país y fue increpada. Mucha gente, y la revolución, querían que Dulce María se fuera del Vedado porque estorbaba.



Pero tuvo amistades, aunque es un tema delicado. Con Mariblanca Sabas Alomá, mujer muy rígida, muy difícil, pero muy cercanas. De Angelina de Miranda,quien fuera su secretaria y acompañante. Angelina de Miranda era la personificación del amor sagrado. Si existió un amor grande para Dulce María fue la vida consagrada de Angelina de Miranda. No quiere decir con esto que haya existido ningún tipo de roce carnal. Si una dedicación muy bella. Era un amor celestial lo que sentía Angelina de Miranda por Dulce María. Por más de 52 años.



Flor tuvo también amistades. Y con hombres. Tuvo amistad con José Zacarías Tallet, con Regino Pedroso, con Monseñor Gaztelu, como su confesor; con Aldo Martínez Malo, que para ella fue un mecenas porque fue quien logró domesticar a Dulce María, para que Dulce María escribiera Fe de vida. Y la logró tranquilizar en sus últimos años, que fueron años terribles. Los años de ese silencio. Dulce María estuvo a punto de enloquecer en ese silencio terrible. Un silencio que las pisadas, el único eco, era el eco del silencio, y ese silencio la hubiera vuelto loca de no haber aparecido Aldo Martínez Malo, que fue consejero de las dos.



También otros amigos íntimos, contemporáneos a ellas. Pero tan distantes por el éxodo. O tan distantes porque no podían atenderlas, como las habían atendido con anterioridad al 59.



Flor murió en 1985, de 77 años. No envejeció nunca. Siempre se conservó igualita: su cara, sus matices. La misma hasta que se convirtió en una pasita que se destruyó. Se fue secando. Además, no se pintaba. Era muy delgadita. Su forma de vestir muy ligera, vestidos antiguos sin transformar, trajes de chaqueta en verano, colores muy vivos.



Dulce María tenía una prestancia muy grande al vestir. Había conservado las líneas de un cuerpo más interesante. Poseía un cuerpo más esbelto. Y sobre todo tenía una dignidad al vestir que enseguida daba a notar que era una gran dama. Tenía vestidos hechos para ella por Balenciaga y Christian Dior. Con manejo de todas las cosas.



Flor no hacía gala de sus manejos de coquetería femenina. Ninguna de las dos vistió con telas de después del 59, ni zapatos de después del 59. Se vestían de los armarios antiguos. Quedaron varadas en el tiempo. Dulce era realmente bella. Flor era fea. Dulce tenía un magnetismo de belleza enigmático. Era una mujer que habría llamado la atención de estar en una multitud.



La mirada de Flor era profunda y era sincera. Era con dolor. Ella hubiera querido ser una mujer distinta. No se lo permitió la vida ni tampoco ella se lo permitió. Sufría, era una mujer con resignación. Le alegraba la bebida, los diálogos así picarescos, simpáticos, una buena lectura, hablar de poesía, hablar de las novedades.



Las dos estaban más pendientes del mundo, aunque no podían hablar. Los últimos años le interesaron libros, recortes de prensa, acontecimientos culturales. La llegada de Gabriel García Márquez a Cuba. La entrevista con él cuando las visitó. A García Márquez lo leyeron. A su novela fabulosa, y él tuvo muchas atenciones con ella.



Y Dulce María decía que ella era un antecedente porque ella había dado en Jardín un antecedente de lo real maravilloso. Disfrutaba también novedades que eran pasajeras, no eran grandes novedades, eran acontecimientos que se hacían eco. Cuando estuvo Ian Gibson, el famoso historiador de Lorca, en La Habana.



Le hizo una entrevista sobre la homosexualidad del hermano. Fue muy connotado como ella gozó esa entrevista. Gibson se marchó y quedó convencido que no había ocurrido nada con el hermano de Dulce María y Flor. Nada entre él y Lorca. Esto fue publicado en el ABC de Madrid.



Se tuvo una victoria en el diálogo con Gibson. Era un hombre que venía deseoso que Dulce María refrescara su memoria y dijera algunas intimidades. Dulce María lo convenció de que no. Un diálogo muy duro que se publicó en el ABC de Madrid.



Y cuando le imputaron mundialmente que había quemado los manuscritos de El Público y luchó. No lo había quemado, fue Carlos Manuel quien los quemó. Los quemó entre muchos documentos que echó a la hojarasca. Dulce María llamó la atención mucho sobre eso. Después en el 92 fue cuando más llamó la atención en el mundo.



Al final Flor sabía que tenía cáncer. Decía: "esa pelotica que tengo aquí". Y en la cocina, con tres o cuatro papas en una bolsa las tomaba y cuidaba a Dulce: "ahorita voy a hacer un puré de papa que le gusta mucho que le haga porque Dulce está escribiendo y cuando Dulce escribe hay que hacer silencio".



No se sentían un poco distante una de la otra. Se percibía algo que no se podía decir y ella quería decir algo que no se podía entender y fue la despedida. Fueron seis meses de agonía. Flor hacía hincapié en el destino de las cosas. Eran muy afectivas. Eran muy afectivas y estaban muy unidas.



Dulce María no tenía tiempo nada más que para cuidar a su hermana. Estaba cerrada la casa a cal y canto y no había ni ruidos en aquella casa. Dulce no bajaba. Flor ya estaba en las últimas, aquella pelota era inmensa.



Lo había manifestado, anteriormente lo había manifestado, era terrible para Dulce entender que se iba a quedar sola. A la muerte de Flor estaba Dulce muy dolida porque la prensa, y todo el mundo, se había ocupado muy poco de Flor. Ni Gabriel García Márquez ni la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano se habían ocupado. No había habido interés por la figura de Flor. Le quedó mucho. Le quedó mucho resentimiento, afectividades, una vida. Le quedó mucho porque el silencio a veces es tenebroso. A veces se deben decir las cosas. Fue tenebroso el silencio entre ellas dos, por épocas.



A veces es necesario tener franqueza entre las personas. Decirse las cosas para que no queden. Ellas tenían miedo de decirse las cosas cara a cara. Se las decían de una forma mesurada. No se decían toda la verdad. Quedaban momentos muy estentóreos, de dolor, y Dulce a la muerte de Flor, escribió: "yo no sé si soy yo misma o soy la mitad de ella". Hablando sobre el destino de un apellido, de un linaje, de todo, de todo. Estaba verdaderamente temerosa ya. Después vino el Premio Cervantes. Como todos sabemos en el 92, y fue en el 85 la muerte de Flor, siete años para llegar al 92. Dulce fue capaz de soportar los embates de la vida.



Sobre el Premio hay una carta muy interesante, es una carta impublicable sobre el premio: "...usted no tiene que estar triste porque yo no lo estoy, treinta años de silencio y de silenciamiento no es lo mismo, pero a todas luces yo no he luchado el Premio, se ha adjudicado por la grandeza del silencio...".



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