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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Elecciones en Cuba y Venezuela: paralelismos obligados



Hace varios años fueron lanzadas Candidatos por el Cambio y Otro18, plataformas opositoras cubanas cuya estrategia ha sido presentar candidatos independientes en el actual proceso de “elecciones” pues, según su razonamiento, ciertos reductos de la Ley Electoral vigente serían amparo suficiente para posicionar decenas de voces disidentes en los diferentes niveles de los Órganos del Poder Popular.



Mientras este sector de nuestra oposición política avanzaba en su iniciativa, el mundo y los cubanos fuimos testigos de la heroica resistencia cívica mantenida durante más de tres meses en toda Venezuela. Millones de ciudadanos volcados a las calles en protestas masivas contra la dictadura Madurocastrista; más de 100 muertes violentas y miles de heridos; jóvenes apaleados con saña por los perros de Miraflores, miles de detenciones arbitrarias y cientos de procesos penales instituidos por tribunales militares contra prisioneros civiles.



También fue de admirar la valerosa postura de la Fiscal General Luisa Ortega, con un despliegue ético de altos quilates al desmarcarse del absolutismo cuando el Tribunal Supremo Electoral quiso usurpar las facultades del Legislativo, zarpazo frustrado entonces, en buena medida, gracias a la postura vertical del Ministerio Público; elocuentísimo ejemplo de vergüenza, valentía y pudor profesional.



Todo este doloroso legado del muy valiente pueblo venezolano no bastó, sin embargo, para impedir la sucia jugada de la prostituyente, recurso golpista ilegítimo asumido por Maduro por consejo de La Habana que terminó por apagar temporalmente las protestas.



El mundo presenció en Venezuela un guion que a los cubanos se nos hizo rápidamente familiar, un libreto que para no descompadrar realidades, incluyó un auténtico mitin de repudio a la mismísima sede del Parlamento venezolano –con Brigadas de Respuesta Rápida y todo, al más puro estilo de la Sección 21 de la Seguridad Cubana– mientras las mal llamadas “fuerzas del orden” abrían de par en par las verjas de seguridad.



Venezuela ha constituido para el castrismo, en el terreno de la represión política, un laboratorio análogo a lo que en su momento fue la guerra de Angola en el terreno militar. Allí se han enriquecido los manuales represivos de la dictadura castrista, que ha ganado inestimable experiencia sobre el terreno en el uso de métodos represivos a gran escala, y de tácticas de contención no utilizadas aún en Cuba precisamente porque a mi pueblo seis décadas de adoctrinamiento y terror le han enervado el civismo.



Por eso cada derrota del pueblo venezolano también es, por inevitable extensión, una derrota para el pueblo cubano.



Y si toda experiencia sufrida en la hermana nación es extrapolable a la realidad cubana entonces, a la luz de los hechos, cuando Cuba ya ha avanzado el proceso de postulación de candidatos a nivel de circunscripción –primer y decisivo paso a las Asambleas Municipales del P.P.– cabe preguntarse si realmente merece la pena jugar a las elecciones contra una dictadura como la castrista pero bajo sus propias reglas.



Preguntémonos ¿en qué han derivado hasta ahora las candidaturas opositoras en la práctica? ¿Cómo reaccionó el sistema represivo sobre el terreno? ¿Cuántos candidatos opositores han logrado sortear las innumerables trampas de la mafia político-militar cubana?



Pongamos el asunto en contexto, sin azúcar y en blanco y negro: aquí estamos ante una inmisericordia absoluta, capaz de las posturas más viles y que no dudará en emplearse a fondo para mantener incólume su poder; ante una crápula que ha bruñido su inmoralidad y su doblez bajo todas las situaciones posibles. Es un engendro sin bandera, incapaz de guardar lealtades, ni siquiera respetuoso de sus propias leyes y que trueca a su antojo del modo más impúdico y arbitrario las reglas del juego. Estos infames son el hampa capaz de las más ruines vilezas, de ellos no cabe esperarse el más elemental gesto de respeto o modulación moral. Mirar una realidad tan cruda a través del prisma alucinante de las esperanzas infundadas sería un acto de proverbial ingenuidad.



Toda elección democrática se sustenta en el derecho de cada ser humano a elegir según las normas de la civilidad a sus gobernantes, pero sobre todo –y en este punto esencial estriba nuestro obstáculo insalvable frente a la dictadura– debe estar respaldada en la confianza. Se trata, sobre todas las cosas, de un acto de fe, algo implanteable cuando de engendros como estos se habla.



Si en Venezuela hemos visto el daño de la metástasis, sólo deduzcamos la virulencia del tumor primario que nos pudre La Habana. Ante un engendro tan hipócrita, consolidado y hostil como el cubano jamás valdrán las medias tintas. Es utópico aspirar a que la oposición burle cada obstáculo interpuesto ad libitum por la Seguridad del Estado y el Partido Comunista, sin ningún tipo de respaldo legal, siempre expuesta al fraude impune y a toda la hiel que se le volcará encima sin posibilidad de réplica, a la deriva en medio de una indefensión absoluta contra un régimen que prepara el escenario a su antojo y lo mismo cita a los electores con solo una hora de anticipación, “casualmente” el día que el candidato opositor viaja fuera de provincia, que lo detienen bajo cualquier pretexto para liberarlo justo terminada la reunión de vecinos.



Pero supongamos que algún opositor lograra vencer a nivel de circunscripción: ¿tendría su gestión algún alcance más allá de su barrio? Nunca. Sería una voz perdida entre miles, ahogada en las angustiosas menudencias del burocratismo, y terminaría igual repartiendo ventanas de zinc o reparando tejados, pero siempre apartado de los verdaderos centros decisores, y por lo tanto con ningún recurso a su alcance capaz de tambalear los cimientos del poder.



Obsérvese, además, una agravante arista del asunto: ese opositor elegido, aun con nulo poder ejecutivo, incluso legitimaría del modo más insulso el cinismo gubernamental, cuyos papagayos podrían pregonar su caso como prueba de que en la isla, en efecto, pueden presentarse a elecciones “libres” todos los cubanos, y al final, haciendo cuentas del balance entre el descomunal esfuerzo –con su obligatorio desgaste en términos de tiempo, energía y riesgos asumidos– y los pírricos resultados prácticos logrados por la oposición, estaríamos ante una empresa nada rentable en términos políticos.



No olvidemos, además, que en Cuba no gobierna el Poder Popular, sino el Partido Comunista. En caso de que algún suertudo opositor sea elegido en su circunscripción, para algo están ahí, siempre vigilantes, las ofensivas Comisiones de Candidatura del PCC a nivel municipal, provincial y nacional, velando para que ningún inoportuno pase al siguiente nivel de gubernatura: siempre bastará con la llamada telefónica del Primer Secretario del Partido Comunista para dar por sepultado el asunto.



Por todo esto debemos mirarnos en el espejo venezolano para confirmar que el castrofascismo desconoce límites, y que si hoy en ambos lados del Caribe nos mana la misma sangre es porque nos oprimen exactamente los mismos verdugos. Plantearse una batalla electoral ante un competidor tal sucio y desleal como este es simplemente invertir en quimeras, y consentir en ser la parte más triste de esta denigrante farsa. La praxis gansteril de la dictadura jamás consentirá semejante desafío. El problema cubano tiene solución, pero no pasará nunca por jugar este humillante juego de los verdugos de la patria.



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