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Spanish post from La Carpeta de Iván by Iván García

Cuba y Estados Unidos regresan a las trincheras

Cuba y Estados Unidos regresan a las trincheras



Retorna un nuevo remake de la Guerra Fría para ambas naciones. Esta vez en versión 2.0. Habrá que ver el alcance de la contienda o si en la nueva batalla diplomática se utilizarán solo fintas, faroles y balas de fogueo.



Con Donald Trump, impredecible e histrión, y un autócrata como Raúl Castro, eterno conspirador, nunca todo está escrito.



La génesis del diferendo entre Cuba y Estados Unidos es como una vieja historia de amor salpicada de resentimientos, desavenencias y una abierta admiración ciudadana por su modo de vida consumista y de oportunidades.



A partir de enero de 1959 el diferendo entre La Habana y Washington tuvo un barniz ideológico. El barbudo Fidel Castro apostó por el comunismo en las narices del Tío Sam. Se alió a la extinta URSS y tuvo la osadía política de confiscar propiedades de compañías estadounidenses y emplazar armas nucleares apuntando a Miami y Nueva York.



Las diferentes administraciones estadounidenses, desde Eisenhower a Bush hijo, replicó con embargo, aislamiento en el contexto internacional y subversión para derrocar a la dictadura castrista.



Cambiaron los tiempos, pero no la intención. La Cuba de Castro, totalitaria, que no respeta los derechos humanos civiles y políticos y reprime a los que piensan diferente, no es un socio agradable para la Casa Blanca.



Pero en el arte de la política conviven los dobles raseros. Las monarquías del Golfo Pérsifo,y países asiáticos como China y Vietnam también ejercen el poder saltándose olímpicamente la democracia moderna, pero por diversas razones son aliados de Estados Unidos o tienen un estatus de nación favorecida aprobada por su Congreso.



Para Estados Unidos, Cuba es diferente. Una dictadura caprichosa, arrogante y lesiva a los preceptos de carácter universal. Lleva razón Washington en el concepto, pero no en la solución.



Cincuenta y cinco años de guerra diplomática, económica y financiera, convoyado con una subversión más o menos sutil, apoyando a la disidencia, libre información, negocios privados y el uso de internet sin censura no dio resultados.



El régimen verde olivo sigue ahí. ¿Qué hacer? ¿Continuar con la ceguera política, declararle la guerra al empobrecido vecino o tratar de coexistir pacíficamente?



El mayor error de Washington es que no existe un modelo efectivo para desmontar por control remoto dictaduras o gobiernos adversarios. La Casa Blanca constantemente se dispara a los pies.



El embargo es un instrumento más publicitario para el régimen de Castro que efectivo para Estados Unidos, porque la junta militar que controla el 90 por ciento de la economía insular, puede hacer negocios con el resto del mundo.



Incluso el carácter global de las economías modernas impide hacer efectivo un embargo total. En el caso de Cuba, ese embargo tiene más agujeros que un queso. En las tiendas por moneda dura se venden electrodomésticos de patentes Made in USA, cigarrillos estadounidenses y la omnipresente Coca Cola.



Aquéllos que han abogado por una mano dura con la autocracia cubana, en la práctica sus teorías no han sido efectivas. Tampoco, ya me dirán, ha funcionado la distensión de Obama.



Tienen razón. La naturaleza de una dictadura no se va a desmoronar por plantarle un Caballo de Troya. Pero entran en pánico, comienzan las dudas entre los funcionarios del Partido, al conquistar el apoyo de un segmento amplio de ciudadanos. Y, lo que es más importante para la geopolítica estadounidense, de cara a la galería internacional aumenta la aprobación de su gestión.



El discurso de Obama en La Habana, hablando de sus valores democráticos y mirándole a los ojos a un grupo de arrugados mandarines criollos, tuvo más eficacia que una bomba de neutrones.



Un sector amplio de cubanos reconoce que sus problemas comienzan en el Palacio de la Revolución. Desde el desastre económico, la miseria socializada, las penurias cotidianas hasta la falta de futuro.



Penalizar el bolsillo de la dictadura no ha servido. En Cuba, para que lo sepa Trump, todas las empresas y negocios donde circulan montos millonarios de divisas pertenecen al gobierno.



Y todo el dinero que se recibe por concepto de remesas, de una u otra forma, va a parar a las arcas estatales. Las prohibiciones entonces solo afectan al pueblo. Estoy convencido que si algo no le falta a los autócratas cubanos son ceros en sus cuentas bancarias secretas.



Donald Trump, como otros políticos y congresistas estadounidenses, analizan el panorama cubano a vuelo de pluma.



Estados Unidos puede gastar millones en apoyo a la disidencia interna (el 96% del dinero se queda organizaciones anticastristas radicadas en la Florida), armar campañas internacionales e imponer multas millonarias a diferentes bancos extranjeros para sancionar sus transacciones con la dictadura caribeña, pero obvian un paso: los opositores, que se suponen sean los encargados locales de encabezar y sostener la batalla pacífica en pro de la democracia en la Isla están fallando.



Por diversas razones. Que van de la feroz represión a su proverbial incapacidad de convocar siquiera a 500 personas en una plaza pública.



Entiendo la frustración de los compatriotas en la diáspora. Yo también la he sufrido. Hace catorce años que no veo a mi madre, mi hermana y mi sobrina que en el contexto de la Primavera Negra de 2003 se vieron forzadas a marcharse a Suiza.



Se han utilizado diferentes estrategias y la autocracia isleña no cede. Por su propia voluntad no va a cambiar. Regresar a la trincheras es su estado natural. Donde mejor se mueven. Y el pretexto perfecto para venderse como víctimas.



El auténtico bloqueo, ya se sabe, es el del gobierno a sus ciudadanos que impiden con leyes y normativas acumular capital, que las pequeñas empresas privadas puedan hacer negocios con compañías extranjeras, acceder a créditos foráneos o importar mercancías legalmente.



Las trabas anacrónicas a la libre importación de bienes desde el extranjero lo limita el régimen con absurdos aranceles y prohibiciones.



Pero los cubanos que apostamos por la democracia auténtica, no por una caricatura, tenemos que comprender que las soluciones a nuestros problemas debemos hallarla nosotros.



Cuba es un asunto de los cubanos donde quiera que residan. Hace falta que nos lo creyéramos.



Iván García



Diario Las Américas, 18 de junio de 2017.



Foto: Tomada de Cartas desde Cuba.



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