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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

La Habana: ciudad de lo irreal “maravilloso”.



Por Jeovany Jimenez Vega.



Jean-Paul de la Fuente, directivo de New7Wonders, la fundación suiza que organiza el concurso por Internet sobre las siete ciudades más maravillosas del mundo, se encuentra de visita en la capital cubana. Recibido por Marta Hernández Romero, presidenta de la Asamblea Provincial del Poder Popular de La Habana, y Eusebio Leal Spengler, historiador de la ciudad, ya De la Fuente adquiere, desde su llegada, el perfil típico del turista que a vuelo de pájaro no puede percibir hasta qué insospechado punto se hace difícil para el habanero promedio vivir en su amada ciudad.



No logro entender de qué modo alguien que conozca mínimamente la dinámica de funcionamiento de la capital cubana pudiera proponerla para siquiera concursar por un predio semejante, y mucho menos de qué inexplicable manera terminó por colarse en la recta final junto a ciudades como Barcelona, Chicago, Londres o Ciudad México. De ahí se presume que todas estas personas que votaron por mantener a la ciudad de La Giraldilla entre las últimas aspirantes al selecto grupo de maravillas urbanas tienen algo en común: ninguna vive en una barriada del Cerro, en un solar de Centro Habana o en Marianao a las márgenes del Quibú, con un salario de 20 dólares mensuales para sostén de toda su prole; ni sufrió viendo a su niño babearse ante el juguete inaccesible; ni sabe lo que es una libreta de des-abastecimiento, ni se preguntó a las cinco de la tarde ¿qué coño comemos hoy? ante la despensa vacía; ni soportó nunca una cola de varias horas para comprar picadillo semidescompuesto; nunca viajó colgado de la puerta de un camellomastodonte en horario pico; ni ha estado ¡durante décadas! cargando agua a cubos hasta un cuarto piso o pagando a 100 pesos la pipa por indolencia de los funcionarios pertinentes; no se ha visto obligado a vivir “temporalmente” en un albergue ¡durante 15 o 20 años! después de quedarse en la calle tras uno de esos derrumbes tan habituales en esta ciudad semidestruida.



Aunque los entusiastas pudieran alegar que tal selección se basa en los índices de salud y educación que son la base de los criterios de un engañoso muy alto Índice de Desarrollo Humano –que nos sitúa paradójicamente por delante de potencias económicas regionales como Argentina, Uruguay, Venezuela, México y Brasil– habría que ver si mantendrían su entusiasmo en caso de visitar un consultorio médico vacío –por demás en pésimas condiciones estructurales– porque su médico fue enviado por el gobierno a una misión de trabajo en el extranjero o porque decidió no ejercer más pues como taxista vive bastante mejor; o cuando visite un hospital y encuentre repetidas esas mismas condiciones estructurales desastrosas una y otra vez y donde laboran médicos y otros profesionales bajo un dramático nivel de frustración personal, algo perfectamente extrapolable al sector de la educación –la otra carta de triunfo ostentada por el Gobierno cubano– que durante la década del 2000 tocó fondo después del fracasado megaexperimento de Fidel Castro que lo llevó a la ruina.





Resulta que La Habana, así como el resto de la realidad que vivimos los cubanos dentro de la isla, es de una complejidad tan grotesca en ocasiones y tan sutil en otras, que se hace de muy difícil entendimiento para el que llega, se toma un Daiquirí y luego regresa al confort de su rutina, como seguramente lo hará el señor De la Fuente, sin alcanzar a inferir siquiera cuán profundamente disfuncional puede llegar a ser esta ciudad que ahora le muestran desde los pulcros balcones del Ministerio de Turismo. Y no hablo sólo del pésimo estado de nuestra red de carreteras, con sus antológicos baches eternos y alcantarillas tupidas; ni de la ausencia generalizada de cestos de basura que propicia la suciedad en las calles; ni de los solares yermos o de los edificios en ruinas. Se trata, más allá de todo eso, de algo más grave y profundo: se trata de la incapacidad del gobierno cubano para resolverlo todo, de su falta de voluntad política para abrirnos al mundo; de los precios abusivos que establece y de la dualidad monetaria que mantiene; de las abusivas restricciones aduanales que prohíben la entrada de mercancías que nos aliviarían la vida y de su opresiva reticencia a todo cuanto propicie nuestra prosperidad personal; a su absurda negativa a permitirnos comprar un auto a precios mínimamente decentes, por ejemplo, para mantener La Habana aún plagada de autos desvencijados de la primera mitad del siglo pasado; de su sistemática prohibición a permitirnos acceder a ese mismo Internet que hoy usa De la Fuente para auspiciar su concurso y que nos veta a los millones de cubanos que habitamos en Cuba –y que sí vivimos al margen del Quibú, comemos picadillo de soya descompuesto, viajamos en transportes rudimentarios y no accedemos a Internet– nuestro legítimo derecho a colgar palabras como estas en su sitio.



En fin, que aquí habría también que considerar todas esas “pequeñas cosas” que sumadas son las que terminan convirtiendo una ciudad en un lugar “maravilloso” o asfixiante para los humanos que la habiten. Y hasta aquí para nada he mencionado el miedo, ese etéreo habitante de todas las ciudades de Cuba, y que es una de sus más hirientes aristas: el miedo a ser anulado por un poder omnímodo que todo lo fiscaliza y domina –tan bien conocido por cada opositor o disidente; ese omnipresente miedo cuya naturaleza intangible lo hace imposible de incluir entre los parámetros considerados en este flamante concurso de la suiza New7Wonders.





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