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Spanish post from Ciudadano Cero by Jeovany Jimenez Vega

Votación contra el embargo en la ONU: ¿el ocaso de una política?



Por Jeovany Jimenez Vega.



Durante 23 años consecutivos la Asamblea General de la ONU se ha pronunciado, cada vez de forma más mayoritaria, contra el embargo estadounidense a Cuba. Sin dudas se trata de uno de los temas que mayor confrontación de criterios desata, no sólo entre especialistas y politólogos, sino incluso entre los más neófitos “cubanólogos”. Pero si algo a estas alturas puede considerarse una verdad consumada, es que esta política no ha logrado su cometido ni lo hará, porque la aristocracia dirigente de esta isla ha aprendido a burlarse de sus redes y ha demostrado con creces que podría fácilmente convivir con ella durante medio siglo más –sálvenos Dios.



Pero no es gratuito que esta controversial política haya visto desfilar a más de una decena de presidentes norteños sin haber logrado su propósito. Es más, y por ir más allá, no sería desatinado asegurar que en esta novela el barbudo incorregible encontró su lugar afortunado en el casting, perfumándose del héroe romántico que se enfrenta en épica batalla contra el malvado Goliat con un desenfado olímpico, y como el instinto siempre excita simpatías hacia la parte más débil, pues ya sabemos quién quedó como la víctima buena y quién como el victimario en este culebrón –para demostrarlo, 188 de los 193 países de la ONU acaban de corroborar esta perspectiva en una votación prácticamente unánime que volvió a dejar a EE.UU. en una humillante posición.



Pero si algo siempre me ha sorprendido en este asunto es que los tanques pensantes norteamericanos no hayan rectificado el rumbo hace tiempo. Desde que esta tierrita fue convertida en un feudo personal no ha logrado jamás un grado mínimamente decente de autonomía económica: durante 30 años amamantados por Moscú y hoy colgados de las tetas de Caracas, pero nunca autosuficientes y con solvencia como para satisfacer sin lloriquear las necesidades de un pueblo que ya se cansó de argumentos inconciliables con la realidad. Si algo ha quedado clarísimo, es que la perenne caquexia arrastrada por la economía cubana durante las últimas cinco décadas ha sido, sobre todo, generada por las erráticas políticas dictadas –que procede de la “etimología” dictador– desde La Habana por Fidel Castro y luego por su hermano y sucesor en el trono, ahora más empeñado en maquillar al cadáver que en hacer reformas reales y profundas por temor a que se resienta su poder.



Bastaría responderse: ¿de dónde partió la idea de deforestar este país a golpe de buldócer durante los 60 con el propósito de convertir aquellas fincas productoras de nobles maderables y frutales en grandes cantones ganaderos, para que al final quedara todo convertido en herbazales baldíos donde hoy sólo pastan las liebres silvestres? ¿De dónde partió la idea de aquel ilusorio cordón de La Habana? ¿Por iniciativa de quién se lanzó contra el pueblo cubano aquella ofensiva revolucionaria de marzo del 68? ¿Dónde fue concebida aquella zafra de los inalcanzados 10 millones, contra los consejos de los más lúcidos expertos, y que terminó siendo todo un desastre de rentabilidad? ¿Y qué decir del célebre Plan Alimentario de mediados de los 90? ¿Quién le dio el tiro de gracia a la ya maltrecha industria azucarera, a mediados de los 2000, eliminando de golpe la mitad de los centrales azucareros cubanos y hoy nos obliga a importar azúcar a precios records históricos? Hasta donde sé, ninguna de estas “genialidades”, que consumieron prácticamente toda la energía del país en sus respectivos momentos, fue propuesta ni instrumentada desde Washington D.C. Más allá del no desestimable daño que pudo provocar el embargo norteamericano, queda evidenciado que estas políticas estaban a priori condenadas al fracaso desde su propia concepción y siempre la causa fue muy simple: se partía una y otra vez rumbo a la dirección equivocada.



O sea que el tiempo, ese juez último de todo acto humano, dejó demostrado que la ineficiencia del sistema económico cubano es una enfermedad sobre todo endógena, que emana de la obcecación y mediocridad de los dirigentes históricos que continúan anquilosados a los años 60. Pero propongo simplificar aún más las cosas. Si una sola razón bastara para levantar el embargo, sería porque durante medio siglo ha sido el bastión que parapetó cada argumento de Fidel Castro para explicar cómo esta nación, transida durante la primera mitad del pasado siglo por grandes disparidades sociales, pero con una macroeconomía considerada referencia hemisférica en 1959, pudo convertirse en tan poco tiempo en esta caricatura de país que todavía es hoy. Sólo por eso, por desmentirle ante la Historia, valdría la pena terminar con esta saga, para demostrar que transcurrido un lustro, o una década –sálvenos nuevamente Dios– ya libre del embargo, esta nave continuaría varada, como siempre lo ha estado, en medio del reverberante Caribe. Ahora quedaría por ver si, en caso de que finalmente se levantaran las sanciones estadounidenses, el gobierno de La Habana estaría dispuesto a devolverle a su pueblo las libertades políticas que le usurpara hace medio siglo –de libre reunión, de asociación y a la manifestación pacífica– así como las debidas garantías procesales mediante una transparente división de poderes; si dejarán de lanzarse contra todo lo que huela a disidente las hordas de los mítines de repudio y si se nos permitiría un acceso libre y sin censura a Internet, entre otras “nimiedades” que el Señor Bruno Parrilla parece desconocer. Pero eso ya habría que verlo compay!



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